El mito de la vida eterna o el deseo de ser Highlander

Este artículo fue redactado y avalado por psicólogo Marcelo Rodríguez Ceberio
15 julio, 2019
La inmortalidad y la búsqueda de la longevidad son preocupaciones que han acompañado a la humanidad durante varios períodos de la historia. Ahora bien, ¿se siguen manteniendo en la actualidad?

El envejecimiento es un proceso natural que puede definirse como el conjunto de cambios que sucede en los sistemas biológicos de los seres vivos como consecuencia del paso del tiempo. Se trata de una cuestión que ha preocupado mucho a los seres humanos, los cuales se han enfocado en la búsqueda de la vida eterna a lo largo de los años.

La manifestación de los cambios morfológicos y funcionales, tanto en el plano fisiológico, bioquímico y psicológico, van en dirección al deterioro y permiten identificar el envejecimiento en los seres humanos.

En la actualidad, las personas ancianas viven más, pero para muchas el precio de ese continuar existiendo es la enfermedad, la discapacidad y consecuentemente, la dependencia con el entorno…

A continuación, analizamos el desarrollo del proceso de envejecimiento desde sus inicios hasta nuestros días.

Mujer mayor mirando una ventana

La búsqueda de la vida eterna

En diversos períodos de la historia, se observa que el ser humano posee dos preocupaciones que subyacen a todo: por un lado, la inmortalidad o la vida eterna y, por otro, la búsqueda de la longevidad.

No en vano, las diferentes religiones, desde el politeísmo greco-romano cuyo atributo principal es la inmortalidad de sus dioses hasta la misma religión católica, ofrecen al hombre la posibilidad de alcanzar la vida eterna mediante un estricto cumplimiento de los mandamientos, mientras que en otros campos como la alquimia y la magia, buscaron denodadamente la fuente de la vida o crear el elixir de la juventud.

Estos mitos de la perpetua juventud se conservan en las sociedades actuales. Ciertos vestigios se observan en el uso de cremas que la publicidad se encarga de remarcar (antiage), el consumo de vitamina C, dietas especiales, programas de ejercicio físico intensivo, cirugías estéticas y tratamientos termales, entre otros. Todos ellos forman parte de los métodos que se proponen para mejorar la vitalidad y la longevidad.

En la Grecia antigua fue el mismo Galeno quien diferenciaba a los Gerontes de los Presbytas, identificando a estos últimos con la etapa de la decrepitud. Es en Grecia donde se produce el reconocimiento social del anciano, se establecen también las primeras prescripciones sobre su cuidado y se crean los métodos capaces de prevenir los deterioros que genera el envejecimiento.

Así, el comienzo de la vejez se determinaba en los 50 años, edad impensable para los tiempos actuales, y se asociaba a la vejez con la clase dominante o privilegiada. Se infiere así, que las clases bajas (como los esclavos) se hallaban severamente perjudicadas en términos de higiene, enfermedades y alimentación, ingredientes que no aseguran la posibilidad de una larga vida.

En la Edad Media, San Agustín describió a la vejez como una edad de estabilidad en las emociones, mientras que Santo Tomás de Aquino se situaba en la tradición aristotélica, asumiendo la idea de la vejez como una etapa de decadencia.

Estas y otras tendencias que tienen su origen en el pensamiento griego y romano son heredadas también por el Renacimiento, la cultura Barroca, la Ilustración y finalmente son transmitidas al pensamiento del siglo XIX y de ahí llegan hasta la actualidad.

El estudio científico de la vejez en sus aspectos psicológicos hizo su aparición en el siglo XIX, integrando al envejecimiento como parte de la psicología del desarrollo.

La psicología de la vejez se fundó a partir de la finalización de la II Guerra Mundial, momento en el que se comenzaron a aplicar conocimientos para resolver los problemas de los ancianos y la creación de institutos para su internación. Además, se empezaron a explorar habilidades intelectuales como la memoria y el aprendizaje, el proceso de adaptación en la vejez y su relación con el nivel de actividad y satisfacción en  la vida.

Algunas concepciones de la ancianidad

Civilizaciones antiguas, como la India o la China, dedicaron gran atención a este tema de la longevidad, de la misma forma lo hicieron más tarde griegos y romanos.

En Oriente, ser anciano es un prestigio; mientras que, por ejemplo, las culturas esquimales someten a las personas ancianas incapacitadas al ostracismo, la soledad y la muerte. Por otra parte, las mujeres comanches que han entrado en el período de la menopausia tienen el acceso a todo lo que les estaba vetado como mujeres procreantes. Son similares a los Shamanes que obtienen poder mediante los sueños.

El proceso de envejecer es construido de manera ambigua: el viejo es fuente de respeto y valoración por un lado y, por otro, es factor de la marginación, expresada mediante el rechazo. En numerosas sociedades y tribus se observa este tipo de actitud.

Entre los Dinka, en el sur de Sudán, algunos ancianos notables y que tuvieron una función importante en la sociedad son enterrados vivos bajo el corolario de numerosos rituales. Entre los Shilluks de Nilo Blanco, los jefes ancianos son matados al primer síntoma de debilidad. Los Koryak de Siberia del Norte, durante complejos ceremoniales, matan a los viejos en presencia de todo el pueblo. Mientras que los Chukchee, los estrangulan con un anillo en medio de una gran fiesta en la que se bebe, se canta y se baila al son del tambor.

En una situación intermedia, se hallan las sociedades tribales, en las que los ancianos gozan de autoridad y prestigio y profesan una magia pública en beneficio de la comunidad. Este poder convierte al viejo en un funcionario de relevancia que capitaliza los negocios públicos.

En las civilizaciones clásicas como Grecia y Roma, el geronte tenía una función pública y solo él poseía el acceso a las altas magistraturas: Consejo de ancianos en Esparta, el Consejo o Bulé en Atenas y el Senado en Roma.

¿Expectativas de vida?

Hoy, lejos nos hallamos de las viejas concepciones del privilegio de ser anciano y venerar la excelsitud de su sabiduría. Existe una multiplicidad de factores (las condiciones de vida, alimentación, tipos de trabajo, higiene) que influyen en el deterioro orgánico del ser humano.

A pesar de todos estos factores que atentan contra la longevidad, la historia del ser humano se vio signada por la preocupación alrededor de la finitud o, más exactamente, por alcanzar la inmortalidad, esa vida eterna tan soñada.

Estar siempre joven, ha sido un leiv motiv perseguido por la humanidad, del que hace gala el mito de la fuente de la eterna juventud. La alquimia o la magia fueron artes que bregaban por encontrar los secretos mediante conjuros y rituales, fórmulas que combinaban los elementos más exóticos en pos de alcanzar una longevidad eterna. Aunque más bien se trata de una juventud eterna, sin achaques ni sufrimientos por invalidez.

Los relatos bíblicos señalan que en una remota y supuesta época sin guerras ni enfermedades, se concibieron longevidades como la de Adán de 930 años, Matusalén 969, o Noé 950.

A lo largo del imperio Romano, las expectativas de vida oscilaban alrededor de los 25 años, mientras que en los siglos medievales, fruto de una higiene deficiente y una vida tosca plagada de guerras, se envejecía a los 30. Durante el siglo XIX, a los 30 años las mujeres ya eran consideradas viejas y a comienzos del siglo XX, la esperanza de vida promediaba los 47 años.

Mujer mayor feliz pensando en la vida eterna

En este siglo, los límites de vida aumentaron progresivamente, por ejemplo, en 1930 la media para los varones no sobrepasaba los 60 años, en 1940 llegaba hasta los 63 años y en 1970 superaba los 70 años. Actualmente, la esperanza de vida en el mundo ronda desde los 51,4 años (países africanos) hasta acercarse a los 90 años (países europeos –con España a la cabeza-, norteamericanos y asiáticos como Japón).

Más allá del contexto, desde el punto de vista biológico, durante el proceso de envejecimiento ocurren cambios progresivos en las células, los tejidos, los órganos y en el organismo en su totalidad. Es ley de la naturaleza que todas las cosas vivas cambien con el tiempo, tanto en estructura como en función.

El envejecimiento empieza con la concepción y termina con la muerte, es decir, uno envejece desde que nace. A partir de la mitad de la vida, por así decirlo, el deterioro músculo-esquelético, cardiovascular, endocrinológico, cerebral, progresa a un ritmo acelerado.

Sin embargo, la vejez es un estado de máxima sabiduría: la sabiduría de la experiencia. Esto sugiere entender una vejez activa, creativa, luchadora, en pos de la vida. Quien se estanca, ha envejecido, es decir, se envejece porque se permite que el tiempo corra por encima de la persona sin aprovechar este tiempo de la manera más productiva.

Muchos ancianos se postran a esperar la muerte sin razón alguna, solamente por entender que la vejez es sinónimo de muerte. Esta es una pobre imagen que corroe el sentido positivo de haber arribado a esa altura del camino de la vida. Pero, hoy os aseguro: ¡hay una nueva vejez!