El trastorno de conversión y la «belle indiference»

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Alicia Escaño Hidalgo
26 febrero, 2019
El trastorno de conversión nos muestra la conexión entre mente y cuerpo. Ahora bien, lo que más llama la atención de este trastorno es la escasa preocupación del paciente por los síntomas que experimenta.

A veces el cerebro puede llegar a provocar reacciones increíbles a nivel psicológico, casi salidas de una película de ciencia ficción. El trastorno por conversión o como ha sido rebautizado en DSM5 trastorno de síntomas neurológicos funcionales es un ejemplo de ello.

El trastorno conversivo es una muestra perfecta de cómo cuerpo y mente están conectados en un alto grado. Es un desorden funcional, pero que se manifiesta a nivel físico, como si se tratase de una enfermedad orgánica, aunque no hay nada que lo justifique.

Los hoy conocidos como trastornos por síntomas somáticos provienen de un conjunto de trastornos derivados del concepto de neurosis histérica. Fue Briquet, en el siglo XIX, el primero en poner cierto orden a la clasificación de la histeria, limitándose a una clasificación empírica de los síntomas.

Actualmente conocemos la conversión como sintomatología en la cual funciones corporales, ya sea completamente o bien por áreas de las mismas, dejan de operar o se ven seriamente impedidas. Esto sucede sin existencia de daño somático ni como parte de un trastorno facticio.

Es importante no confundir los trastornos somatomorfos, como la conversión, con las enfermedades psicosomáticas. En estas últimas sí que encontramos una base o proceso patofisiológico conocido en el que los factores psicológicos se relacionan con el inicio o el curso del trastorno.

Charcot, encontró que un gran número de mujeres presentaban una serie de síntomas sin base orgánica demostrable. Así, atribuyó a una naturaleza de origen psicológico a todos estos síntomas, llamándolos conversión histérica.

Mujer con afonía por trastorno de conversión

Características clínicas del trastorno de conversión

Como hemos comentado, el trastorno por conversión se caracteriza básicamente por la pérdida de alguna función corporal. En este sentido, podemos encontrarnos con pacientes que de repente se quedan ciegos de un ojo, afónicos, con parálisis de algún miembro o incluso con dolores intensos de cabeza.

Estos últimos se han venido a denominar «clavo histérico». Tras una exploración médica, no encontramos absolutamente nada que lo explique. ¿A qué es debido entonces?

Al igual que ocurre con su compañero de clasificación, el trastorno de somatización, la conversión suele darse en personalidades histriónicas. Una personalidad histriónica es aquella con una marcada tendencia a la sugestionabilidad, la superficialidad, la labilidad emocional, la dependencia y el egocentrismo. No obstante, este tipo de personalidad sigue siendo mucho más marcada en el trastorno por somatización.

Lo que sí es sumamente característico del trastorno por conversión es la llamada belle indifference. Se trata de la escasa preocupación que el paciente siente por los síntomas que está experimentando.

Imagina que un día te despiertas con el brazo paralizado. Lo más seguro es que te preocuparas mucho, te analizaras, visitaras al médico y te pusieras un tanto ansioso por lo que te puede estar ocurriendo.

Eso es lo normal. Sin embargo, esto no ocurre en los pacientes con trastorno de conversión, los cuales se muestran imperturbables ante su aparente desgracia. Algo similar a lo que ocurre en el síndrome de Anton, en el que el paciente se queda ciego, pero confabula afirmando que ve perfectamente. Aun no sabemos a ciencia cierta por qué tiene lugar esta bella indiferencia, pero lo cierto es que es muy llamativa. 

Otra característica clara del trastorno de conversión es la relación con factores psicológicos y sobre todo, con el estrés. Existe una relación temporal clara entre el evento estresante al que se enfrentó el paciente y el comienzo de los síntomas conversivos.

Los síntomas varían notablemente, por lo que constituye un cuadro muy heterogéneo. Los más comunes son la ceguera, la sordera, la parálisis, la afonía y la pérdida de sensibilidad total o parcial, sin apoyo alguno en la evidencia médica.

El inicio del trastorno es común en la adolescencia y principio de la edad adulta (10-35 años). También puede darse en la etapa infantil y en concreto, en los menores de 10 años, los síntomas se limitan a alteraciones de la marcha y convulsiones.

Es más frecuente en el sexo femenino. Un peor pronóstico lo presentan los pacientes con estatus socioeconómico bajo, menor sofisticación psicológica o menor educación, así como mujeres menores de 40 años que proceden del ámbito rural. La depresión es un desorden con el que sostiene gran comorbilidad, aunque suele estar enmascarada.

La remisión por lo general sucede de forma espontánea en pocos días, con o sin tratamiento, aunque, evidentemente, el tratamiento acelerará el proceso. Si la persona vuelve a enfrentarse a un estresor, lo más normal es que reaparezca la sintomatología. Es por ello por lo que podemos hablar de un trastorno crónico.

Chica con dolor de cabeza

Explicación de la conversión y tratamiento

El DSM ha explicado lo que significa el síntoma propio del trastorno de conversión en torno a dos mecanismos: la ganancia primaria, es decir, mantener fuera de la conciencia un conflicto o una necesidad interna y la ganancia secundaria o evitar una actividad que es nociva para el sujeto u obtener el apoyo que de otra forma no lograría.

En cuanto a la ganancia primaria, este trastorno, se asocia con frecuencia a experiencias traumáticas, estrés excesivo, abusos sexuales y físicos.

Parece ser que en la mayoría de los casos el estrés excesivo es el precipitante proximal de que se desencadene el trastorno. En ocasiones, las dolencias se relacionan muy estrechamente con el problema al que estuvieron expuestos. Por ejemplo, hay pacientes que sienten dolor en una parte del cuerpo que vieron cómo fue dañada en otra persona en un accidente.

Sobre la ganancia secundaria, cabe decir que como ocurre en otros muchos trastornos, el paciente, aunque de forma inconsciente, puede obtener refuerzo con su problemática. La atención, los cuidados o el abandono de actividades como el trabajo, en algunas personas puede constituir una ganancia que perpetúa el problema. Esto ocurre porque en otras circunstancias esa atención no la habrían recibido por lo que no es más que otra manera de demandar afecto.

En cuanto al tratamiento, aunque como hemos comentado, suele desaparecer de forma espontánea, no está de más acelerar el proceso con terapia psicológica. De esta manera intentaremos resolver la causa estresante que originó el problema.

Los indicadores de buen pronóstico son: factor estresante identificable, buen funcionamiento premórbido, inicio brusco, ausencia de otros trastornos mentales o físicos, ausencia de procesos legales y breve duración de la sintomatología.

Desde la terapia cognitivo-conductual se utiliza el entrenamiento en reducción de la ansiedad y afrontamiento del estrés ayudado por técnicas como la hipnosis o la relajación. También la terapia psicodinámica aporta mejoras al respecto y se orienta a la resolución de conflictos intrapsíquicos subyacentes.

  • Belloch, A., Sandín, B. y Ramos, F (2008). Manual de psicopatología. Volúmenes I y II. McGraw-Hill.Madrid
  • American Psychiatric Association (APA) (2014): Manual de Diagnóstico y Estadísitico de los Trastornos Mentales, DSM5. Editorial Médica Panamericana. Madrid.