Emociones encarceladas

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 12 julio, 2016
Gema Sánchez Cuevas · 20 julio, 2015

En determinados momentos de nuestras vidas puede que nos encontremos bloqueados a nivel emocional y no sepamos expresar aquello que sentimos. Incluso puede que seamos incapaces de identificar nuestro estado de ánimo y que lo percibamos como un fantasma del que ni siquiera podemos determinar su silueta.

La cuestión es que por diferentes motivos, en algún momento nuestras emociones se encuentran encapsuladas. Como si estuvieran encerradas en una jaula, resistiéndose a salir, mientras van generando un gran malestar en nuestro interior, teniendo influencia tanto en nuestro cuerpo como en las relaciones con los demás.

“Cada uno de nosotros es su propio clima, determina el color del cielo dentro del universo emocional en el que habita”

-Fulton J. Sheen-

Reprimir las emociones nos aleja de nosotros

Quizás te has pasado meses deambulando en la tristeza sin poder ponerle lágrimas, exteriorizarla o compartirla. Puede que hayas sentido impotencia por alguna situación que creías injusta pero te lo has callado, no has sabido identificar tu rabia por algún desengaño, no manifestaste lo contento que estabas por temor a no hacer daño o simplemente has tenido la sensación de que no sabías como te sentías, qué deseabas o hacia donde te dirigías…

Mujer con los labios rojos

¿No te ha ocurrido alguna vez? Piénsalo por un momento… Te guardaste lo que sentías y abrazaste un veneno igual que la persona que guarda codiciosamente un tesoro.

Sea cual sea la situación o la experiencia vivida, no has sabido o no has podido expresarte totalmente, has reprimido tus emociones. Estas se encontraban encapsuladas, es decir, bloqueadas y acumulándose en tu interior.

Guardar las emociones va generando peso conformando una carga emocional peligrosa y difícil de soportar, teniendo en ocasiones, repercusiones en nuestro cuerpo.

Reprimir las emociones como forma de vida

Si dejamos de saber y experimentar lo que sentimos, ya sea de manera consciente o inconsciente, dejamos de estar conectados a nosotros mismos.

Las emociones son necesarias y útiles. Es muy importante darse permiso para sentirlas, manifestarlas es un privilegio; pues son el puente para conocernos y saber qué necesitamos.

Lo que ocurre es que en la mayoría de las ocasiones se nos ha enseñado desde pequeños a reprimirlas, considerándolas como peligrosas y por eso vemos como normal negarlas o controlarlas. Así, vamos aprendiendo desde nuestra infancia a dejar de experimentar nuestras emociones y enviarlas a nuestra inconsciencia.

Las emociones si no se expresan no se superan, permaneciendo de alguna manera en nuestro interior, invadiéndonos.

El problema es que las emociones encapsuladas pueden llegar a convertirse en una forma de ser o de afrontar la vida, estableciéndose con total normalidad en el adulto el bloqueo emocional como una medida de protección para no sentir tanto dolor.

Así, vamos soportando cargas con una gran cantidad de dolor no reconocido y no descargado, bloqueando nuestras necesidades reales y sustituyéndolas por necesidades falsas. No permitiéndonos crecer ni evolucionar, limitándonos.

De esta manera, nos desconectamos de lo que sentimos y no somos responsables de ello, haciendo oídos sordos de nuestra voz interior, viviendo en automático y por encima.

Sumérgete en lo que sientes

Aunque puede que el sentir nos dé miedo, que nos cueste expresar lo que nos sucede en el plano afectivo o que no queramos atravesar el dolor, resulta fundamental para sanar poder hacerlo. El problema viene como ya hemos dicho, cuando guardamos o reprimimos aquello que sentimos, cuando no reconocemos nuestras heridas y vivimos anestesiados como si estuviésemos dormidos.

Cuando negamos nuestras emociones, también nos negamos a nosotros mismos la posibilidad de conocernos.

mujer al lado de una media luna

No está mal de vez en cuando y sobre todo ante situaciones de especial importancia para nosotros preguntarnos qué sentimos y reflexionar durante unos minutos con total sinceridad sobre aquello que experimentamos. Pruébalo, detente y pregúntate cómo te sientes. Hazte un chequeo y conecta contigo, a pesar del dolor, a pesar de la incertidumbre. No tengas miedo.

No olvides que nuestras emociones funcionan como indicadores o alarmas de lo que nos sucede adentro…