Es una pena que los cambios lleguen cuando ya no sirven

Cristina Roda Rivera · 3 octubre, 2016

Es una pena que los cambios lleguen cuando ya no sirven, ni por lo que dicen traer ni por lo que dicen poder remediar. Una auténtica pérdida de energía para los que un día los reclamaron pero nunca los obtuvieron y para aquellos que los hicieron cuando ya su validez estaba caducada.

Todos los cambios son bienvenidos si son positivos, pero a veces solo son positivos si llegan a tiempo. Algunos llegan con años de retraso, otros perdieron su oportunidad para remediar algo solo por llegar unas milésimas de segundo tarde. Otros curan tan solo con aparecer y otros tienen que darse con mucha frecuencia para que puedan parecer e intuirse como un verdadero cambio.

El cambio tardío que ya no contenta, sino que entristece

Realmente es una pena que un cambio llegue cuando la persona que lo esperaba se ha cansado y ha pasado página. Cuando los sentimientos, antes incesantes e impacientes, estén ahora gélidos, inexistentes y rodeados de una ceniza que nunca volverá a ser parte de un fuego, tan solo una prueba de su extinción.

Mujer tomando café sentada en el suelo con libros

Así, es una pena que los cambios lleguen cuando ya no sirven, especialmente cuando alguien pudo hacerlos antes y no quiso. Es por ello que los cambios tardíos y a destiempo son mucho más desgarradores: se configuran como la prueba palpable de lo que pudo haber sido y no fue.

Suponen la certeza de la cruda realidad que un día quisimos poner en suspensión, rodeada de magia y misterio, cuando tan solo había desgana y falta de interés. Un desapego que utilizamos los seres humanos como una estrategia de protección, pero que a la larga nos hace más frágiles.

Los cambios que nunca debemos esperar

Existen cambios que nunca debemos esperar, pues denotan que no existe un buen punto de partida. Ya sea porque aceptamos la situación tal cual, con esperanza y sin acuciar aún ningún desgaste, o porque una buena situación de partida fue transformándose en algo que nunca quisimos.

Esperamos reacciones, cambios, compromisos de personas que quizás nunca pensaron realizarlos o establecerlos. Nadie tiene derecho a pedir un cambio que el otro no quiere realizar, pero eso no puede saberse si estamos atrapados en mensajes confusos emitidos por la otra parte.

No tenemos derecho a exigir, pero sí a impedir que jueguen con nosotros. El verdadero cambio en esa situación sería empezar a respetarnos a nosotros mismos y a los valores que buscamos en una relación. Tenemos que identificar cuál ha sido nuestro error: puede haberse dado por unas expectativas demasiado altas, lo que no quita que nos hayan fallado y que hagamos un ejercicio de justicia al señalar dicho error.

“La desilusión es una especie de quiebra. La quiebra de un alma que gasta demasiado en esperanza y expectativa”

-Eric Hoffer-

gif pajaro

Ante el profundo desencanto, unos prefieren asumirlo y cambiar de rumbo en soledad y asumir el dolor de la pérdida o del desengaño en el tiempo que “corresponde”, sin alargarlo más de lo necesario. Otros quedan atrapados en la situación esperando cambios que no llegan, angustiados por promesas que no se materializan; anhelando, pidiendo, demandando sin encontrar respuesta.

Otros cambian de rumbo y de situación, pero el duelo por lo perdido no pasa por su mente. El punto final está escrito ante todos pero su interior se niega a introducir esa regla ortográfica emocional. Una regla que se cumple al principio con dolor y pena, pero que a la larga produce páginas en blanco, dejando escritas las del pasado de la única manera que pudo ser… y efectivamente fue.

La desazón por el cambio que ya no sirve

La desazón por el cambio que ya no sirve es el primer paso hacia la libertad emocional. No es un paso agradable. Podríamos sentirnos liberados, reconfortados por ser conscientes de que la otra parte ha reaccionado, aunque sea tarde.

Pero de qué sirve eso si los cambios llegan cuando la pasión se ha secado, cuando las palabras de amor o de amistad nos resuenan como algo ajeno a nuestro corazón. Cuando el cambio no produce ya deshielo, sino una gélida e indiferente respuesta. Cuando el cambio no despierta lágrimas de esperanza, sino embotamiento emocional y frialdad.

Hay cambios que llegan tarde, tarde a los detalles, tarde al apoyo incondicional en situaciones difíciles, llega tarde al exceso de indiferencia.

gif tren

Llega tarde a lo que un día pudo ser, pero que ya no puede ser; sin posibilidad de volver a brotar. Es por eso que debemos luchar por lo que nos importa antes de que aparezcan un sinfín de “lo siento” y segundas oportunidades.

Hay que hacerlo porque puede llegar el momento en el que la persona que esperaba esos cambios ya no los contempla, ya no los considera como algo que encaje en su vida actual. Hay que cambiar a tiempo, especialmente si se queremos evitar hacerlos cuando estos hayan dilapidado todo su efecto.

Los cambios a destiempo son cambios caducos, que pertenecen a un terreno desértico del que ya nunca va a volver a brotar la sana locura y pasión de antaño. No se puede, ya no sirven. Son cambios que se quedan mirando en la estación al tren que ha pasado, mientras cae la noche en un pueblo perdido. La esperanza se aburrió y se fue, acompañada de toda la magia e inocencia que sostenía ese deseo.