Fobia social: miedo a ser juzgado

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 13 septiembre, 2016
Rafa Aragón · 13 septiembre, 2016

La fobia social es un miedo irracional que supone un gran malestar ante las relaciones sociales. Quienes padecen de esta fobia procuran mantenerse distantes y aislados, ya que les desagrada y angustia cualquier tipo de relación y de interacción con las demás personas.

Es un tipo de fobia que tiene muchas limitaciones, ya que el contacto humano es básico. Necesitamos relacionarnos con nuestro entorno para todos los ámbitos importantes de nuestra vida, ya sea en el laboral como el familiar, conocer a una posible pareja o iniciar y mantener una amistad.

Quien padece de fobia social evita todo tipo de circunstancias en las que tenga que verse forzado a interactuar con otras personas. Sin embargo, en muchos casos esto no es posible. Así, no le queda más remedio que hacer frente a situaciones que le resultan muy difíciles, sobre todo porque no puede alejar la idea de su mente de que está siendo juzgado constantemente.

“Aprendí que el coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El valiente no es quien no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo”

-Nelson Mandela-

Comprendiendo la fobia social

Aunque existen muchas fobias, la fobia social es una de las más incomprendidas e incapacitantes. Cualquier evento social, fiestas, reuniones -en definitiva, situaciones en las que haya que exponerse ante otras personas- son las experiencias más temidas. De su anticipación nace una huida que alimenta la sensación de ansiedad.

Mujer con fobia social

El miedo arraigado más profundo en esta fobia es el de verse ante situaciones comprometidas, que resultan vergonzosas y humillantes. Tienen esta naturaleza ya sea por las consecuencias del propio miedo y la ansiedad, o por la propia creencia de sentirse incapaz de afrontar dicha situación.

Quienes padecen de fobia social se sienten incomprendidos y en cierto modo marginados. Su complejidad e importancia reside en que la persona necesita el contacto social que al mismo tiempo evita. Así, la persona se siente dentro de un centro de fuerzas que le producen una sensación desagradable.

Para que esta fobia sea diagnosticada como tal ha de ser limitante para quien la padece. Además ha de interferir en su vida de una forma incapacitante, generando un malestar grave, impidiendo su desarrollo en diversos ámbitos de su día a día.

Posibles causas de la fobia social

Las causas de esta fobia pueden ser múltiples, el periodo más sensible donde puede desarrollarse es en la adolescencia. Puede estar relacionado con unos padres que han sido sobreprotectores. También puede aparecer a partir de una carencia en habilidades sociales.

Se produce una gran ansiedad ante las situaciones en las que se anticipa una interacción social, en las que puede darse algún tipo de contacto y acercamiento social. La activación psicofisiológica que se produce en estas situaciones puede generar síntomas como: taquicardia, angustia, temblores, rubor, tartamudeo y continua sudoración

Una vez que la persona ha adquirido esta fobia, lo mejor es que acuda a un especialista. Las principales metas a trabajar van a ser el control del miedo irracional y del malestar provocado.

Tenemos dificultades para aceptar y expresar nuestras necesidades; en nuestro miedo a ser juzgados juzgamos a los demás.

Nuestro miedo a ser juzgados

De una manera u otra, todas las personas tenemos este miedo a que los demás nos juzguen, por nuestras capacidades, actos o sentimientos, ya sean pasados, presentes o incluso anticipados. El problema se manifiesta cuando este comienza a resultar obsesivo, volviéndose limitante y patológico.

La queja habitual es que no somos comprendidos por los demás y que nadie nos entiende. Nos quejamos de la falta de empatía sin darnos cuenta que nuestra actitud y nuestros actos son generadores de esa soledad y promotores de la falta de afecto que en el fondo demandamos.

Niña mirando tras la puerta

La conciencia y el mirar hacia uno mismo ayuda a no caer en la trampa de pensar que todo lo que nos pasa es culpa de los demás. En nuestro modo de ver las cosas y de actuar hay unas consecuencias, por lo que somos responsables también de lo que acabamos atrayendo a nuestra experiencia.

 “A veces somos demasiado testarudos para admitir que tenemos necesidades, porque en nuestra sociedad la necesidad se equipara con debilidad. Cuando volvemos hacia dentro nuestra ira, ésta suele expresarse como sentimientos de depresión y culpa. La ira contenida interiormente cambia nuestras impresiones del pasado y distorsiona nuestra perspectiva de la realidad actual. Toda esta vieja ira se convierte en un asunto pendiente, no solo con respecto a los demás, sino con nosotros mismos”

-Elisabeth Kübler-Ross-