La cobardía alimenta la tristeza - La Mente es Maravillosa

La cobardía alimenta la tristeza

Edith Sánchez 18 julio, 2016 en Psicología 200 compartidos
Chica sentada con expresión de tristeza

La tristeza parece ser uno de los signos más distintivos de nuestros tiempos. Es como si la depresión se hubiese convertido en una afectación masiva dentro del mundo contemporáneo. De hecho, la Organización Mundial de la Salud viene realizando sucesivos informes en los que documenta el aumento del número de diagnósticos, hasta el punto de que algunos hablan de pandemia.

Bajo la etiqueta de “depresión” se ubica casi cualquier forma de tristeza o malestar del ánimo. Pero no solo eso, también es una condición que se ha vuelto perfectamente tolerable y hasta se exalta en la vida cotidiana.

Es común escuchar que alguien está “depre” o que “hoy no salgo porque estoy un poco deprimida”. Lo que hace apenas algunas décadas era una entidad psiquiátrica, ahora la palabra se ha hecho cotidiana y se confunde con la tristeza.

Poco a poco hemos conseguido que se privilegien las distracciones, los entretenimientos y las manías para sobrellevar una existencia que no nos resulta placentera o digna de ser vivida. Hemos desconectado completamente de nuestra naturaleza y en los momentos en la que la percibimos, en los que acuden a nosotros las grandes preguntas, esta nos abruma.

La tristeza crónica y la salud mental

Mujer triste en el suelo

Existen serias sospechas acerca de los intereses que, en parte, pueden estar detrás de esta epidemia de depresión. Se promueve un discurso científico que da enorme valor a los factores orgánicos y genéticos involucrados en la tristeza.

Así, las personas quedamos sin responsabilidad frente al sufrimiento que nos aqueja. Se trata entonces de tomar “x” medicamento y ya está. Las compañías farmacéuticas han sido las grandes beneficiarias en esta “epidemia”.

La tristeza en la historia

En la Antigüedad, el trastorno de ánimo que llevaba a las personas a permanecer pasivas, invadidas de tristeza y prisioneras de la falta de ganas de vivir, se adjudicaba a un desequilibrio en los “humores” del cuerpo. En la Edad Media, a esa tristeza crónica se le dio el nombre de “acedia” y constituía uno de los pecados capitales, antes de que ese concepto fuera absorbido dentro del de “pereza”.

Dante, el gran poeta, estimó que las personas afectadas por una tristeza permanente y que no hacían nada para superarla, debían estar en el purgatorio, lamentándose por todo el tiempo perdido.
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En el siglo XIX, el psiquiatra Joseph Guislain definía ese estado permanente de tristeza como “dolor de existir”. Más adelante, Sèglas indica que se trata de una “hipocondría moral”.

Para el siglo XX, la psiquiatría diseña el concepto de “depresión” propiamente dicho, y lo define como un trastorno caracterizado por el desánimo, sentimientos de culpa recurrentes, angustia, apatía frente al mundo, disminución del amor propio y un estado de permanente autoacusación o autoreproche que repercute de manera significativa en el estilo de vida.

Es Lacan quien termina definiendo la tristeza crónica como un efecto de la cobardía moral. No es una acusación, sino un punto de vista que reivindica un hecho importante: sí, hay algo que cada persona debe saber sobre su tristeza. Hay formas de abordar y entender esa tristeza y es responsabilidad de cada quien construir ese saber.

La tristeza y la cobardía

Mujer abrazando a unlobo con tristeza

Quienes padecen una tristeza crónica experimentan un fuerte sentimiento de inautenticidad. Les parece como si la vida ocurriera en un escenario que no les pertenece. También registran lo que se podría llamar una sensación de “exilio” de todo lo que ocurre en el mundo. Como si el planeta girara y ellos siguieran ahí, quietos.

El presente se ve como ajeno, el futuro como un augurio de nuevos sufrimientos y el pasado es un inventario de pérdidas, sobre las que se vuelve una y otra vez.
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Las personas con depresión se preguntan: “¿Qué sentido tiene la vida”. Y suelen acompañar este interrogante con una afirmación subsiguiente: “Hubiera sido mejor no haber nacido”. Tanto la pregunta como la afirmación son dos trampas en sí mismas.

Ausencia de responsabilidad

Por supuesto, la vida no tiene un sentido por sí sola, porque es cada quien el que se lo otorga. No existe un libro, ni un manual ni una ley que diga: este es el sentido de la vida. Y frente a la afirmación de que hubiera sido mejor no nacer, también hay allí una gran falacia: finalmente nacimos y estamos aquí. Es un hecho cumplido.

Tanto la pregunta como la afirmación despojan a la persona de su responsabilidad. “Si la vida no tiene un sentido ya hecho, entonces no me interesa”, es lo que parecen decir. O “Si yo no pedí nacer, no me pidan ahora que haga de mi vida algo digno de ser aprovechado”.

De este modo, se convierten en “objetos” de la tristeza, no en sujetos de la misma. Ahí reside su cobardía moral.

Incluso, para algunas personas, el hecho de estar tristes puede convertirse en un motivo de orgullo: es la prueba de su condición “especial” y les permite construir todo un discurso en donde son víctimas eternas.
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Es cierto que no todos venimos al mundo con las mismas cartas. No somos hijos deseados, o somos pobres, o nos maltratan, o abusan de nosotros cuando somos incapaces de reaccionar o mil situaciones que originan dolor. Puede que esos precedentes dolorosos den origen a nuevas carencias y nuevas desilusiones.

Pero somos cada uno de nosotros los que decidimos el tipo de lectura que podemos darle a esas situaciones. Esta es nuestra responsabilidad y no podemos cargarla sobre las cartas que nos han dado para jugar ya que, renegando de la propia vida, nos dibujamos nosotros mismos como perdedores melancólicos de la alegría.

Edith Sánchez

Escritora y periodista colombiana. Ganadora de varios premios de crónica y de gestión cultural. Algunas de sus publicaciones son "Inventario de asombros", "Humor Cautivo" y "Un duro, aproximaciones a la vida".

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