La historia del gato manchado y la golondrina Sinhá

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 7 noviembre, 2017
Edith Sánchez · 2 julio, 2016

Esta fábula fue creada por el escritor brasileño Jorge Amado, ya desaparecido. Como en la mayoría de las fábulas, sus protagonistas son animales, en este caso un gato y una golondrina, a los que se dota de características humanas. Casi siempre la intención de este tipo de escritos es dejar una enseñanza o moraleja: tienen una función didáctica y adicionalmente cuestionan algún aspecto de la condición humana.

La estructura narrativa de la fábula reposa en la oposición, es decir, sus protagonistas se confrontan desde posiciones subjetivas. Sin embargo, este enfrentamiento se produce en desigualdad de condiciones. Por ejemplo, desde lo social, esta situación podría darse entre alguien de clase alta con su contraparte de clase baja. Pero debido a un elemento narrativo imprevisto, se intercambia la situación.

El gato manchado

La historia que nos ocupa, entre el gato manchado y la golondrina Sinhá, se desarrolla en un parque habitado por árboles y animales de varias especies. A medida que se desarrolla la trama, observamos que el tiempo con sus estaciones crea una atmósfera que influye y participa del estado anímico de los personajes.

“Tan imposible es avivar la lumbre con nieve, como apagar el fuego del amor con palabras”

-William Shakespeare-

Amado describe al gato manchado (uno de los protagonistas), como alguien de edad media, distante de su juventud. Y prosigue: “en aquellos alrededores no existía criatura más egoísta y solitaria. No mantenía relaciones de amistad con sus vecinos y casi nunca respondía a los raros cumplidos que por miedo y no por gentileza algunos paseantes le dirigían”.

Nada altera la cotidianidad del parque, hasta que llega la primavera. Así, con “colores alegres, aromas para aturdirse, sonoras melodías. El gato manchado dormía cuando la primavera irrumpió, repentina y poderosa. Pero su presencia era tan insistente y fuerte que lo despertó de su sueño sin sueños, abrió sus ojos pardos y estiro sus brazos”.

gato

En este nuevo estado primaveral, el gato manchado experimenta un estado de optimismo inusual. “Se sentía liviano, quería decir palabras sin compromiso, andar sin rumbo, inclusive hasta conversar con alguien. Miro una vez más con sus ojos pardos, pero no vio a nadie. Todos habían huido”. Sin embargo, “en una rama de un árbol la golondrina Sinhá piaba y sonreía al gato manchado”. Mientras tanto, “desde sus escondites, todos los habitantes del parque miraban espantados a la golondrina Sinhá”.

La golondrina Sinhá

 

Jorge Amado relata cómo era la otra protagonista de la fábula: “Cuando ella paseaba, risueña y coqueta, no había pájaro en edad de casarse que no suspirase por ella. Era muy joven aún, pero donde quisiera que estuviese, luego se acercaban todos los jóvenes del parque.

Ella reía con todos, con todos se daba, no amaba a nadie. Libre de todas las preocupaciones volaba de árbol en árbol por el bosque. Curiosa y conversadora, inocente de corazón. A decir verdad, no existía, en ninguno de los parques por allí cerca, golondrina tan bella ni tan gentil, como la golondrina Sinhá”.

 

La golondrina sostuvo una conversación con el gato en la que incluso llego a insultarlo, hecho que los demás habitantes del parque observaron como una sentencia de muerte para el ave. Sus padres le habían prohibido relacionarse con gatos, ya que eran los depredadores naturales de los pájaros. Pero ella hizo caso omiso de la orden y converso con él.

Esa noche, la golondrina “posó su gentil cabecita sobre el pétalo de la rosa que le servía de almohada, había decidido continuar su conversación con el gato al otro día: – Él es feo pero es simpático… – murmuro al adormecer. En cuanto al gato manchado, también pensó en la arisca golondrina Sinhá. Sin embargo, había una cosa que él no poseía: almohada. Además de malo y feo, el gato manchado era pobre y reposaba su cabeza encima de sus brazos”.

La enfermedad del gato

El gato estaba muy cansado, tanto, que creyó estar enfermo. Después se dio cuenta de que tenía fiebre y fue a buscar agua al lago para calmar el ardor que sentía por dentro. Y allí, en las aguas del lago, vio el reflejo de la golondrina Sinhá, que lo miraba: “Y la reconoció en cada hoja, en cada gota del roció, en cada rayo del sol crepuscular, en cada sombra de la noche que llegaba”. Cuando por fin pudo conciliar el sueño, “soñó con la golondrina, era la primera vez que soñaba, desde hace ya muchos años”.

El gato manchado no se daba cuenta de que se había enamorado. No reconocía bien sus sentimientos. Cuando era joven se había enamorado muchas veces, prácticamente cada semana, pero no le daba importancia a esos sentimientos. De hecho, había roto muchos corazones. Cuando despertó, recordó que toda la noche había soñado con la golondrina, pero resolvió no pensar más en ese asunto.

golondrina en una rama

Sin embargo, durante toda esa primavera siguió buscando a la golondrina Sinhá para conversar y jamás les faltaba un tema. Pronto, comenzaron a pasear juntos por el parque. Él caminaba sobre el pasto fresco y ella lo acompañaba volando a su lado. Vagabundeaban sin rumbo fijo y comentaban acerca del color de las flores, de la belleza del mundo.

El gato manchado sufrió una transformación. Ya “no amenazaba más a otros seres vivos, ya no despedazaba más a las flores con patadas, no encrespaba los pelos del lomo cuando se acercaba a algún extraño y ya no repelía a los perros erizando los bigotes, insultándolos entre los dientes. Se convirtió en un ser blando y amable, era el primero en dar cumplidos a los otros habitantes del parque, el que antiguamente no respondía a los tímidos buenos días que le dirigían”.

¿El amor tiene fronteras?

Finalizando el verano, la golondrina y el gato cenaron. En un instante, mientras conversaban, el gato no pudo contenerse más y le dijo que si no fuera un gato, le pediría matrimonio. “En aquella noche después de lo ocurrido, la golondrina no volvió. El gato intentó comprender lo que estaba sucediendo con ella, entre qué sentimientos contradictorios se debatía. Envuelto en tristeza y soledad, resolvió ir a conversar con la lechuza”.

Al principio habló con la lechuza de temas sin importancia. Pero como esa ave era sabia, pronto adivinó lo que escondía esa visita tan inesperada. Así que sin esperar a que él le preguntara, ella misma le contó sobre los rumores que había en el parque sobre sus encuentros con la golondrina.

Todos pensaban mal de él y esto lo puso loco de furia. Al final, la vieja lechuza le dio su opinión: “Viejo amigo, no hay nada que hacer. ¿Cómo te pudiste imaginar que la golondrina te iba a aceptar como marido? Nunca ha habido un caso así, incluso si ella te amase.”

Pese a todo, cuando comenzó el otoño, el gato manchado volvió a buscar a la golondrina. La encontró seria y distante. Ya no sonreía y tampoco le expresaba la simpatía de otros tiempos. El gato se sentía muy triste y no conseguía ocultarlo. En su corazón resonaban las palabras de la lechuza y solo atinó a pasear con la golondrina en silencio.

corazon-que-florece

Esa noche, el gato manchado volvió a ser el bribón de siempre. Correteó al pato negro, asustó al papagayo, rasguñó el hocico de un perro y robó los huevos del gallinero, solo para tirarlos en el campo. Todos los habitantes del parque difundieron la noticia y nuevamente volvieron a temer a ese gato que era como la encarnación de la maldad.

El final

Después de un par de días, el gato manchado recibió una carta de la golondrina Sinhá, gracias a una paloma mensajera. En ella le decía que una golondrina jamás podría casarse con un gato. Que no debían volver a verse jamás.

Sin embargo, también agregaba que nunca había sido tan feliz como en esos paseos erráticos con el gato manchado por el parque. Al final concluía con una sentencia que le quemó el corazón: “Siempre tuya, Sinhá.” El gato manchado leyó esa carta muchas veces, hasta que la aprendió de memoria.

Un tiempo después, la golondrina se presentó sin previo aviso. Estaba tan encantadora y tierna, como en la primavera. Parecía como si nada hubiera ocurrido, como si todas las distancias que los separaban se hubieran diluido. El gato estaba conmovido. Al final de la tarde, él supo la verdad: “Estuvieron juntos hasta que llego la noche. Entonces ella le dijo que esta sería la última vez que se verían, que se iba a casar con el ruiseñor, ¿porque? Porque una golondrina no se puede casar con un gato”.

El gato manchado quedó destrozado con la noticia. Durante la boda, no pudo aguantar y pasó por el frente de la fiesta. La golondrina, que ya conocía el sonido de sus pasos, supo que él estaba ahí y dejó que una de sus lágrimas rodara por el viento y fuera a dar hasta la mano del gato.

gato noche

Esto “iluminó el solitario camino del gato manchado, en la noche sin estrellas. El gato tomó la dirección de los estrechos caminos que conducen a la encrucijada del fin del mundo”. En definitiva, una linda historia que nos recuerda la eterna oscuridad de los amores imposibles.