La historia de los dos esclavos

Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 29 diciembre, 2018
Edith Sánchez · 30 diciembre, 2018
En la historia de los dos esclavos nos encontramos con una reflexión acerca de la libertad y el poder. ¿Es poderoso el que ejerce dominio sobre otros, o el que es capaz de tener control sobre sí mismo?

La historia de los dos esclavos nos habla de un lejano reino en el que gobernaba un sultán, reconocido en todas partes por su nobleza y generosidad. El gobernante no imponía tributos desproporcionados a su pueblo; todo lo contrario, hacía cuanto estaba en sus manos por mejorar la situación de los más desamparados. También era muy sabio a la hora de decidir.

El reino gozaba de paz y armonía. La pobreza, que en otros tiempos había pintado el paisaje cotidiano, había desaparecido y los ciudadanos disfrutaban ayudándose unos a otros. Amaban y respetaban al sultán, que ya llevaba gobernando durante 40 años. La historia de los dos esclavos nos cuenta que en ese entonces nadie imaginaba que todo iba a cambiar de repente.

El sultán tenía un hijo al que había educado con esmero. Sabía que era su sucesor y quería que continuara su legado. Por eso consiguió un maestro que lo instruyó con paciencia en torno al arte de gobernar. No quería que se perdiera toda esa armonía que con tanto esfuerzo habían conseguido en el reino. Sabiendo que ya estaba viejo, comprendía que pronto su hijo habría de sucederle.

Un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse”.

-Gabriel García Márquez-

El hijo del sultán se convierte en el heredero

El sultán era lo suficientemente sabio como para intuir que su muerte estaba cerca. Por eso, llamó a su hijo y le anunció que iba a abdicar. Aprovechó para recordarle que el arte de gobernar es un ejercicio de inteligencia en que hay que combinar la firmeza con la sensibilidad necesaria para escuchar al pueblo al que se sirve. Luego le recomendó, muy especialmente, que ante cualquier duda o dilema, consultara siempre con su corazón.

Así mismo, el sultán le explicó que ser soberano implica también ser humilde. Solo conociendo y entendiendo los intereses y necesidades propias, el gobernante podía llegar a gobernarlos también. Le insistió también en que el poder tenía la capacidad de oscurecer el juicio y nublar la razón. La única manera de evitarlo era manteniendo su espíritu libre y su corazón limpio.

Según cuenta la historia de los dos esclavos, el hijo del sultán escuchó con atención y prometió a su padre estar a la altura del reino que iba a heredar. Al día siguiente fue coronado en una fastuosa ceremonia. Tan solo tres semanas después, el viejo sultán murió en su lecho.

Reino musulman

El gobierno del hijo del sultán

Nos cuenta la historia de los dos esclavos que el hijo del sultán comenzó gobernando como lo había hecho su padre. Sin embargo, al poco tiempo pensó que ya era hora de que su reino se expandiera. Por eso, comenzó a invadir las naciones vecinas y en poco tiempo sus territorios se ampliaron notablemente. Las empresas militares también le dejaron nuevos pueblos sometidos, a los que esclavizó. Pensaba que su propio pueblo estaría mejor si contaba con esclavos.

El nuevo sultán cada vez se sentía más poderoso. Por eso decidió seguir ampliando sus dominios hasta donde fuese posible. La guerra continua acabó con la tranquilidad que había en el reino y los habitantes se volvieron irritables y desconfiados. La ambición comenzó a apoderarse de todos, principalmente del sultán que ya no era el joven amable de antes.

Según la historia de los dos esclavos, hubo algunos habitantes que intentaron rebelarse contra el nuevo soberano. Pensaban que estaba actuando mal y añoraban tiempos pasados. El mandatario los descubrió y no tuvo piedad con ellos.

La enseñanza de la historia de los dos esclavos

Pasaron así varios años y llegó un momento en donde todos temían a su nuevo sultán. Nadie se atrevía a contradecirlo, una especie de droga que le embriagaba cada vez más. Pensaba que era el hombre más poderoso del planeta y que todos en su nación tenían la obligación de de seguir sus órdenes, fuesen cuales fuesen estas. Para medir su poder, un día decidió salir por las calles de la capital vestido con su mejor traje a lomos de su caballo más imponente.

El sultán paseó sobre su caballo por las calles principales. Al verlo, todos agachaban la cabeza y le hacían una reverencia. El silencio era casi absoluto. Cuando pasaron por un caserío humilde, un hombre en harapos salió de su casa. Miró fijamente al sultán y no se agachó ni le ofreció su reverencia. El nuevo sultán lo miró con despreció y le ordenó que se agachara.

Sultán con un caballo y esclavo

El hombre le preguntó si no se acordaba de él. Había sido su maestro cuando el sultán era apenas un niño. El soberano no le prestó atención e insistió en que se arrodillara. Ante esto, el hombre respondió: “¿Por qué habría de inclinarme ante ti si soy dueño de dos esclavos que para ti son unos amos? El sultán palideció de la ira. Sacó su sable para atacar al hombre. Antes de dar el primer paso, escuchó aquellas palabras que el sultán ya nunca olvidaría: “Eres esclavo de la ira y la codicia, dos amos que yo sí domino”.

  • Grüner, E. (2017). El fin de las pequeñas historias (Vol. 65). Ediciones Godot.