Aprende a sacarle partido a la huida como estrategia

Edith Sánchez · 7 febrero, 2014

El Arte de la Guerra es un libro milenario que contiene reflexiones y consejos para asumir una confrontación armada. Reúne aspectos de la filosofía de las Artes Marciales y ha sido aplicado, parcial o totalmente, en casi todas las culturas y casi todos los tiempos. Parte de la idea de que en una guerra importa mucho más la estrategia que la fuerza o la superioridad numérica.

El texto insiste en que la mejor guerra es aquella que no se libra. El propósito de todo auténtico guerrero es el de evitar que se produzca una confrontación, pues en ese caso ambos combatientes pierden. Unos más, otros menos, pero ninguno saldrá indemne.

De esto se pueden extraer conclusiones para la vida, porque no siempre una guerra es el enfrentamiento de dos ejércitos, sino que también se da entre personas aparentemente desarmadas, en la vida cotidiana. Evitar el conflicto hasta donde sea posible es una decisión sabia. La energía emocional que se derrocha en una confrontación es muy alta. Y rara vez terminan sin heridas los que se aventuran en una de esas batallas domésticas 

El libro también hace hincapié en que es necesario atender a las circunstancias para poder dilucidar cuándo arremeter y cuándo huir. La huída es vista como una táctica, no como una rendición. Si el enemigo te toma por sorpresa, si la superioridad es demasiado marcada en una situación específica, si no estás preparado para detener el ataque, continuar es un absurdo. Esas y otras situaciones similares indican que lo más inteligente es huir.

Todo esto es aplicable en nuestro día a día. Huir es una opción legítima en muchas oportunidades. Si tras una evaluación objetiva, la huida trae menos consecuencias negativas que el enfrentamiento, es entonces la alternativa más razonable.

Los miedos imaginarios

Hasta ahí, todo muy bien. El problema es que los seres humanos actuamos a veces guiados por motivos que no son muy objetivos, ni muy razonables. En muchas ocasiones empleamos la huída como estrategia, aunque a la luz de la lógica no sea la mejor opción. De hecho, a veces huimos sin que haya siquiera un peligro concreto. Ni siquiera un enemigo definido. Son ocasiones en las que en realidad huimos solo de nuestra propia imaginación.

Sucede cuando te sientes inferior a las exigencias de un conflicto, o a las condiciones que plantea un desafío. Ocurre entonces que huir es la primera opción, sin que se evalúe la situación realmente. En este caso, huir sí es claudicar. No se huye para reorganizar fuerzas o replantear el escenario. Ni siquiera se huye como estrategia para ponerte a salvo de un peligro como tal, sino para eludir las fantasías de derrota. En realidad, se huye del miedo.

Como si el valor no estuviera hecho de eso: de miedo. Como si huyendo del miedo en verdad nos pusiéramos a salvo del verdadero peligro: nuestras fantasías. Hay una vieja leyenda que cuenta más o menos la siguiente situación:

Un maestro y su aprendiz llegaron a las puertas de un templo y fueron recibidos por tres furiosos perros que, sin embargo, estaban atados por cadenas. El aprendiz sintió miedo y empezó a actuar de forma desesperada. Eso exaltó más a los animales, al punto en que rompieron su atadura y se abalanzaron sobre los dos hombres. Entonces el maestro, en lugar de huir, hizo lo contrario. Miró fijamente a las fieras y echó a correr hacia ellas, con plena decisión. Los animales se desconcertaron y terminaron apartándose de él. En realidad, no huían de él, sino de su determinación. El aprendiz entonces se acercó y el maestro le dio una lección: “La única manera de vencer los miedos es ir a su encuentro”.

Los perros, por supuesto, son una metáfora. Nos hablan de esos miedos imaginarios que desaparecen en cuanto los encaramos.

A veces el peligro está solo en nuestra mente. Estamos atrapados por los fantasmas del miedo. Lo grave es que cada vez que huimos es como si les diéramos alimento para crecer. Se forma así un círculo vicioso que se rompe solamente el día en que por fin decidimos que es momento de ser libres. Solo entonces tendremos control sobre la opción de escapar o de quedarnos, según lo que dicte la razón.

Imagen cortesía de José María Cuéllar