La inteligencia de la vida

La inteligencia de la vida

Sergio De Dios González 8 diciembre, 2013 en Psicología 0 compartidos


Si vamos a cualquier librería encontraremos con facilidad libros de autoayuda y si miramos los escaparates nos daremos cuenta en seguida que están de moda. La mayoría es muy crítica con los valores modernos de consumo en los que parece que nos han educado: estudia mucho, para conseguir un buen trabajo, para ganar mucho dinero, para poder vivir muy bien, para comprar la casa que quieres. Hasta para poder pagar tu rito funerario, que cada vez son más caros. En definitiva, se para lo siguiente.

Frente a esto, la mayoría de los libros de autoayuda nos recuerda una realidad: el tiempo no se detiene y siendo el futuro la zanahoria, somos caballos por los que pasa la vida sin que nos demos cuenta. Por el contrario, la revolución a la que se nos invita ensalza el momento, el instante en el que vivimos como algo valioso. De alguna manera es volver a aquel carpe diem medieval, aunque con matices.

Entonces se ensalzaba el presente porque no había una gran esperanza en el futuro. Había que aprovecharlo porque al segundo siguiente podía aparecer el enemigo por el recodo del bosque y quitarte la vida antes de que te dieras cuenta o podías enfadar a tu rey y terminar en el mismo destino. Además, la religión occidental consideraba esta vida como un del valle de lágrimas previo a la salvación.

Ahora, es distinto, pese a que vivimos muchos más años y la mortalidad es mucho menor; lo que nos da terror es la propia velocidad del tiempo. Demasiado rápida para todos los sueños que nos gustaría alcanzar. Y es demasiado rápida porque para la mayoría de estos sueños necesitamos precisamente eso, tiempo, o su traducción monetaria, dinero.

Así, precisamenteno hay tiempo que perder. Hay que trabajar duro y vivir para un presente que se paga con lo que precisamente nos da miedo gastar, el tiempo. Saber calibrar cuánto vale un sueño, qué nos va a devolver conseguirlo y por lo tanto qué espacio de nuestra vida invertir en él para conseguirlo requiere de una inteligencia que poco tiene que ver con la de resolver problemas matemáticos, saber la figura que completa una serie, el objeto que no pinta nada en una escena o el significado de una palabra. Tiene que ver con lo que nos es propio e íntimo.

Conseguir algo o llegar a algún sitio puede representar una gran ilusión pero también puede requerir de nosotros tener que aceptar un trabajo que nos amargue cada día. Este tipo de sueños suelen ser muy caros y si dejamos a medias el camino, nadie nos va a devolver lo que hemos andado. Por eso, utilizando la inteligencia que en título he bautizado como de la vida, suele ser mucho más productivo, en valores de felicidad, elegir aquel sueño o deseo que requiera de un camino disfrutable o de uno que no lo sea, pero al menos, sea mucho más corto.

Finalmente señalar que, pese al regusto que puede dejar lo planteado hasta ahora, la felicidad no es algo racional, no se entiende ni se vive fuera de los sentimientos ni de la magia. Sin embargo, sí se puede utilizar la razón para decidir: qué objetivos merecen nuestro tiempo, por qué caminos no encontraremos la felicidad y en qué lugar nos esperará con una mayor intensidad. Al final, hay pocas sensaciones comparables, en cuanto al sentimiento de plenitud que producen, que la de sabernos cumpliendo años habiendo aprovechado nuestro tiempo: sea presente o futuro.

Foto cortesía dePetar Paunchev

Sergio De Dios González

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