La serenidad del alma

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 26 junio, 2017
Sonia Viéitez Carrazoni · 3 agosto, 2013

Nunca seremos capaces de entender cuánto daño puede provocarnos la mezcla del dolor físico con el dolor del alma. La serenidad para sobrellevar esa pesada carga es el la única opción, el único remedio que puede aliviar vidas, que a veces están terriblemente frustradas y desesperanzadas.

Cuando nuestro cuerpo se estresa o se agita, se activa automáticamente, generando adrenalina. Esta hormona nos prepara para defendernos, pero también nos predispone especialmente para atacar. Cuanto mayor sea la ansiedad, la angustia o el miedo, menos control tendremos para mantenernos (física y mentalmente) serenos y templados. No solo eso, sino que, como si de una fórmula matemática se tratara, mayor será la tendencia a precipitarnos, a violentarnos y a estallar al llegar al límite de nuestra tolerancia.

“La condición esencial del dominio es la serenidad, que permite ver las cosas en su aspecto verdadero y nos impide dorarlas y ensombrecerlas según sea nuestro humor.”

-Yoritomo Tashi-

La tranquilidad, la serenidad y la calma, nos ayudarán a conseguir el beneficioso  lujo de acumular sosiego. Y el sosiego nos ayudará a prestar y prestarnos atención, a reflexionar, a meditar de forma introspectiva, observándonos hacia adentro, evaluando nuestro comportamiento. También ayudará a pensar de forma contemplativa, es decir, valorando y apreciando el mundo exterior que nos rodea y sus circunstancias.

El valor de la serenidad

De cualquier manera, el sosiego y la serenidad nos obligarán a estar en CONEXIÓN con nosotros mismos. Nos invitan a MEDITAR para ayudarnos a conocernos mejor, a VIGILAR la cantidad y el sobrepeso que acumulamos de miedos, culpas, ofensas, etc y que tanto daño nos producen inconscientemente a lo largo de nuestra vida.

De manera irremediable, meditar y  reflexionar nos obliga a empaparnos de la serenidad necesaria  para apreciar la vida de una manera ecuánime, a considerar nuestras relaciones de forma lucida y a mantener nuestra actitud y pensamiento libres de elementos nocivos.

De manera progresiva, nuestro comportamiento y también nuestra intención se alejarán de conflictos innecesarios. Pero hay algo más importante aún: una vez que seamos capaces de asociar “el dominio de la serenidad” a la capacidad de soportar como compañía nuestra soledad sin dramas, sin escaparnos de nosotros mismos, sin provocar ruidos ajenos con nuestros miedos, entonces  tendremos un gran terreno ganado.

Es así porque quien sea capaz de apreciar y convivir con su soledad no dependerá del reflejo de otros, ni necesitará perder su autoestima para que le reconozcan lo valioso de su persona. Simplemente habrá aprendido a respetar y respetarse a sí mismo.

Ejercitar la serenidad

la serenidad, mujer practicando meditación

Detengámonos, meditemos unos minutos diarios para ejercitar la calma, la quietud, la paz. Porque la serenidad a veces necesita práctica para que nuestra vida, y la de todos quienes nos rodean, también se contagien de los beneficios de vivir en armonía y sosiego.

“Un hombre no trata de verse en el agua que corre, sino en el agua tranquila, porque solamente lo que en sí es tranquilo puede dar tranquilidad a otros.”

-Confucio-

Pero ¿cómo conseguir esa serenidad que no ayude a reflexionar? La respiración es un gran aliado para escapar del estrés. Respiraciones profundas, desde el abdomen, inhalando por la nariz y exhalando con calma por la boca. Otras técnicas como la meditación, el mindfullnes, el yoga o el taichi también pueden contribuir a alcanzar ese nivel de relajación tan necesario, a nivel físico y también mental.

La serenidad del alma permitirá ver y entender de una manera mucho más clara lo ha sucedido en nuestras vidas y lo que está sucediendo. Alejará la ira y el enfado que a veces nos ciegan y ayudará a caminar hacia la satisfacción y la felicidad.