La valentía nos hace más grandes que el miedo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 27 noviembre, 2017
Sergio De Dios González · 27 noviembre, 2017

Decía Osho que la valentía va primero y todo lo demás va después. Después va la sinceridad, cuando cuesta. Después va amar, cuando las circunstancias se ponen en contra. Después va la confianza, cuando alguien nos falla. Después va el traje y la osadía del investigador, para explorar la realidad que le rodea, que nos rodea.

Bueno, en realidad la valentía puede ser un gran principio, pero lo cierto es que no todo lo demás va después. En realidad, hay algo que siempre va antes. Ese algo es el miedo. Porque pocos valientes existen sin miedo, sin superación, sin indirectamente asumir una derrota, que por fruto del azar les puede llegar exactamente igual que a los cobardes. Así, podemos decir que el miedo es la forja de los valientes en una noche fría en la que las dudas caen de punta.

“No es la dificultad la que impide atreverse, pues de no atreverse viene toda dificultad”

-Arthur Shopenhauer-

Mujer en el bosque

Miedo y valentía fluyen en los héroes cotidianos

Un miedo que aparece cuando tenemos que contarle a un amigo que le hemos hecho daño, que hemos sido nosotros quienes una vez hablamos mal de él. Que hemos sido nosotros los que nos hemos precipitado al juzgarle, quienes le hemos desanimado cuando nos contaba ese sueño que tanta ilusión le hacía. Lo cierto es que nos costaba mucho imaginarle sin las bromas de siempre, desvestirle de sus defectos más comunes y pensar que podría trabajar tanto como para que no fueran un obstáculo insalvable. Había fallado tantas veces que nosotros dejamos de darle oportunidades antes que la realidad.

Un temor que aparece cuando alguien altera la frecuencia con la que late nuestro corazón. Mariposas encendidas que atragantan las palabras que no aciertan a salir de nuestra boca. En nuestra declaración, sin querer, siempre ponemos parte de nuestro orgullo, e intentamos que vaya lo mejor de nosotros. Imaginamos mil veces la situación y no queremos, por nada del mundo, que eso que vuela y nace de nuestras entrañas termine por el suelo. Y es que no hay otro lugar, distinto a una declaración de amor, en el que se fusionen de esa manera la esperanza, la petición y el ruego.

Un recelo que nace cuando nos traicionan. Alguien que estaba caminando a nuestro lado desaparece y se lleva un montón de listas que habíamos hecho juntos e incluso aquellas que habíamos hecho nosotros… por nuestra cuenta y riesgo. Se lleva y en parte nos deja desnudos, porque cualquier papel en el que escribimos a partir de entonces parece volverse opaco a creer en lo que escribimos. Y decimos no, mil veces no, con rabia porque no queremos volver a subir para caer de golpe. Quizás abajo reine el aburrimiento y la apatía, pero al menos estas enmascaran el dolor mejor que un trago de ginebra a las dos de la madrugada.

Tiembla la mujer que le cuenta a su amiga que sí, que ahora está en una posición en la que nunca se habría imaginado. Que lo que empezó como una amenaza acompañada por una sonrisa siniestra… ahora es una colección de golpes que dan forma a un agujero, negro, del que cada vez más rayos de luz pasan de largo.

Ahora es como esa mujer de las noticias con la cara maquillada por los golpes, esa de la que siempre se distanciaba por no querer aceptar que un día podría pasar por la misma situación. Al mismo tiempo, siente que ha traicionado a todas las personas que la rodeaban, una por una, para no descubrieran el motivo de su insomnio. Todo por un amor, que hecho ciénaga, ya había tragado su cuerpo y estaba a punto de estrangular su alma.

Habla el pequeño, mirando al suelo, porque acierta con dificultad a ponerle palabras a situaciones que le superan. No sabe qué ha hecho para que sus compañeros le pongan la zancadilla al pasar, le den patadas a su mochila o llenen su bocadillo de arena. No conoce palabras para decirles a las personas que más quiere que el hijo del que tanto presumen es un niño triste que vive entre amenazas que le superan.

Llora la mujer que tiene que llegar a casa y explicarle a su familia que la acaban de despedir. Llora también su amigo de la infancia que lleva ya dos años buscando trabajo y que solo ha encontrado en su camino a personas interesadas en aprovecharse de su desgracia, en quedarse con esos ahorros que ahora administra con el miedo de que un día cercano se terminen. Un día que de seguir así, llegará pronto. Mañana ella y él, saldrán a la calle currículum en mano, y de poco o de nada valdrá su experiencia, porque esa solo les sirve a los jóvenes que no la tienen, pero quizás tengan suerte, o mejor dicho, justicia.

Mujer con paraguas

Valentía: antes que osadía, inteligencia

Lo cierto es que estamos rodeados de valientes, silenciosos, amables, entregados. También estamos rodeados de personas que pueden serlo si les prestamos por un momento nuestros recursos. Nuestro tiempo, nuestras ganas, nuestra ilusión, nuestra voz o nuestras palabras. Si les decimos que creemos en ellos y no dejamos de darles oportunidades antes que la realidad.

Antes de la valentía está el miedo, y entre los dos, entre el estímulo y la actitud, está la inteligencia. Porque la mayoría de los valientes, al menos de los que sobreviven, sí tienen un punto de osadía, pero cuentan con uno todavía más grande de inteligencia. Una inteligencia que nada tiene que ver con cerrar los ojos y lanzarse a la piscina, sino con abrirlos para poner conciencia en esos momento más críticos. Al mismo tiempo la valentía permite la creatividad, la liberación de la intuición y la reflexión de aquellos mensajes que nacen de nuestros instintos.

De la valentía inteligente nace el orgullo y una mirada distinta hacia al miedo, al que no se le pierde el respeto, pero sí se le cambia de bando. Ha dejado de ser el enemigo para pasar a ser un aliado, una señal de alerta que señala puntos en los que quizás deberíamos poner un punto de prudencia. Lo que no significa que nos detengamos, sino que hagamos una breve parada para revaluar la situación.

Valientes inteligentes pueblan el mundo, hablando, reclamando y alimentando su fe por encima de lo que podamos pensar los demás… y lo hacen simplemente porque piensan que aquello que quieren merece más la pena que el miedo que les pueda infundir el obstáculo que anticipan.

“Es preciso conocer al enemigo”

-Sun Tzu-