Las corazas se rompen al acariciar el alma - La Mente es Maravillosa

Las corazas se rompen al acariciar el alma

Gema Sánchez Cuevas 19 marzo, 2018 en Emociones 0 compartidos
Pareja abrazándose para romper corazas

Las corazas son el símbolo de las personas que han sufrido demasiado. La protección que eligen para detener su desgaste, evitar rasgarse de nuevo y terminar rompiéndose. Son su mecanismo de seguridad, su salvamento momentáneo y su forma de decir al mundo “¡Basta ya!” en silencio.

Vivir con una coraza no es nada sencillo porque detrás de ella se esconde el miedo a ser heridos. Este es uno de los temores más paralizantes que una persona puede albergar y que la impulsa a crear muros, detener su corazón y vivir anestesiada. Pero a veces, la fuerza de las circunstancias no deja otra opción a quienes son más sensibles o vulnerables. La vida cansa y agota hasta tal punto que prefieren protegerse y dejar de sentir lo máximo posible en lugar de experimentar el escozor de sus heridas.

“Sin duda, tu coraza te protege de la persona que quiere destruirte. Pero si no la dejas caer, te aislará también de la única que puede amarte”.

-Richard Bach-

El desgaste que produce el sufrimiento

La vida no es un camino expedito que nos garantice la felicidad. La incertidumbre, la inestabilidad y el sufrimiento son condiciones de su recorrido y las afrontaremos mejor si somos capaces de anticiparlas y prepararnos. Nadie es inmune al sufrimiento, por eso es esencial que aprendamos a gestionarlo, de lo contrario la oscuridad puede devorarnos.

Vivir es afrontar riesgos, aceptar que no siempre todo sucederá como deseamos, abrazar los momentos de felicidad pero también aceptar que el sufrimiento llamará a nuestra puerta de vez en cuando y nos pondrá a prueba.
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Mujer llorando que quiere dejar de sufrir

Gestionar los golpes y cicatrizar heridas no es una tarea fácil, no siempre contamos con el mejor apoyo, recursos o estrategias y, aún teniéndolas, en ocasiones no sabemos utilizarlas. Hay quien afronta mejor las decepciones y los imprevistos, quien deja que estos se apoderen de su estado de ánimo y quien decide protegerse para poner un límite a su sufrimiento. Ahora bien, el método que utilicen influirá de una u otra forma en su día a día.

No obstante, con independencia de la forma que tengamos de afrontar el sufrimiento, cuando este decide quedarse a nuestro lado genera una serie de consecuencias tanto físicas como emocionales. Por un lado, nos atrapa en su desgana, en esa falta de motivación y placer absolutos (anhedonia), que si no vigilamos bien puede cambiar nuestro rumbo hacia la depresión o la ansiedad. Por otro, nos desgasta físicamente, nos agota, terminando con toda la energía que tenemos. De hecho, a niveles profundos disminuye la segregación de serotonina y aumenta la cantidad de cortisol.

La falsa protección de las corazas

Cada uno de nosotros tiene su propia coraza, su mecanismo de defensa, su escudo personal para blindarse contra el dolor. Es normal. De algún modo, tenemos que mantener a salvo nuestra parte más delicada y hacernos fuertes frente a las posibles amenazas y contratiempos.

El problema surge cuando estas corazas se generan y después no se destruyen. Es decir, toman el control de nuestras vidas y terminamos convirtiéndolas en un filtro muy conservador a través del que observar el mundo. Muros que se levantan y nos aíslan, ya no solo del sufrimiento y la incertidumbre, sino también del afecto y de cualquier experiencia social.

En un intento de protegernos, acabamos boicoteándonos de tal manera que nos bloqueamos a nivel emocional. Ese no sentir, para no sufrir, es una estrategia errónea que repetimos porque en algún momento aseguró nuestra supervivencia. Así, cuidado, porque cuando la utilizamos pagamos un precio alto: quedarnos vacíos por dentro. Esta es esa letra pequeña del contrato que no siempre leemos o que no siempre tenemos en cuenta antes de empezar a cimentar barreras.

Por otro lado, ese vacío se traduce en la ausencia de emociones, de esa capacidad de sentirse vivos y conectar. Así, no es raro que en un corto espacio de tiempo terminemos siendo presa de eso que tanto temíamos, el propio sufrimiento. Porque ¿quién ha dicho que no sentir nos aleja de pasarlo mal?

Las corazas son trampas inconscientes que nos atan al malestar disfrazadas de sentimientos de protección y seguridad. De ahí que sea tan importante identificar y reflexionar sobre cuáles son nuestros mecanismos de defensa.

Mujer ojos vendados al lado de un corazón

El arte de acariciar el alma

A menudo, quienes se esconden bajo corazas suelen abusar tanto de la actitud defensiva que acaban por distanciar a los demás. Su temor a ser heridos es tan grande que, aunque no lo deseen, alejan a todos aquellos que se acercan sin más intención que la de conocerlos y, en algunos casos, amarlos. Esto sucede porque quien se protege tan duramente también es víctima de una grieta en el amor, generada por alguna experiencia pasada.

Así, para evitar revivir el escozor de sus heridas se muestran furiosos como ciertos animales cuando protegen su territorio. El otro, cualquier otro se convierte en su enemigo. De ahí que un mínimo contacto con la armadura de quien se protege pueda producir dolor.

¿Cuál es el antídoto para revertir tanto daño? ¿Qué remedio existe para romper las corazas de quienes tanto sufrimiento han soportado? ¿Cómo podemos ayudarles a deshacer tal hechizo? Antes de nada, es importante decir que las corazas se derrumban poco a poco. Es un proceso que necesita dosis de amor, comprensión, paciencia, aceptación y por supuesto, esfuerzo.

Como vemos, no hay soluciones mágicas pero sí la profundidad de conexión con otra persona y por supuesto con uno mismo. Así, quien se relaciona con una persona protegida por una coraza debe comprender que la mayoría de las veces no es ella la que habla, sino su miedo, ese monstruo inmenso que la posee y la hace creer que anestesiarse es la mejor manera de afrontar la vida para terminar con el sufrimiento. De ahí que comprender sus miedos sea una parte muy importante de la relación a la vez que demostrarle afecto, mientras se abandonan las actitudes de exigencia a mejorar. Es decir, hay que aprender a acariciar su alma, tocar su sensibilidad y hacerla sentir acogida.

“El amor no tiene otra lógica.

No es a la fuerza,

sino acariciando, como se abre una armadura”.

-Marwan-

Niña con corazón en la mano por un amor no correspondido

Ahora bien, el mayor esfuerzo viene por parte de quien ha construido la armadura. Esa persona es la que tiene que comprender que evitar sufrimiento a medio y largo plazo genera más y que a pesar de que la vida no sea siempre fácil, el sufrimiento es un capítulo más que hay que integrar en nuestra historia. Para ello, tiene que liberarse de la culpa y de esa actitud dura y rígida hacia ella misma para abrazarse y dar paso al amor. Porque no hay nada más sanador que acogerse a uno mismo cuando se está herido y tratarse bien.

Gema Sánchez Cuevas

Psicóloga, docente, editora y redactora. Mi pasión es la psicología, mi motor la curiosidad y mi arma la escritura. Todos tenemos recursos para el cambio, ¿comenzamos a buscarlos?

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