Las personas inteligentes dudan más

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 22 mayo, 2018
Valeria Sabater · 22 mayo, 2018

La ignorancia jamás toma conciencia de su propia incompetencia. Es fanfarrona, se cree toda una experta y sobreestima sus habilidades con reluciente orgullo: asume que todo lo sabe. En cambio, las personas inteligentes dudan más, son inseguras y portadoras de una mirada más humilde, capaz de entender que en este mundo nada puede darse por sentado.

Bertrand Russell dijo una vez que el problema de esta vida es que los estúpidos siempre están seguros de sí mismos y las personas brillantes llenas de dudas. De algún modo, esto explicaría porque quienes alcanzan el éxito no son siempre los más preparados o los más inteligentes. Gran parte de los puestos de mayor responsabilidad y trascendencia en nuestra sociedad están, por término medio, ocupados por los más ineptos, por perfiles poco hábiles pero dotados de capacidades muy directivas.

“La ignorancia genera más confianza que el conocimiento”.

-Charles Darwin-

En un documental producido por la BBC, titulado El problema de los listos, se dejaba en evidencia un hecho llamativo. Si la mediocridad es quien alcanza el éxito en nuestra sociedad es porque confía plenamente en su limitado conocimiento y sabe “venderlo”. El ignorante es un gurú a la hora de hacerse notar. En el mundo empresarial moderno, todos, de algún modo, estamos obligados a ser promotores de nosotros mismos, y de hecho, no tenemos más que darnos un pequeño paseo por los currículums de LinkedIn para ver en cuántos perfiles aparece el “soy un experto en…”

Las personas más inteligentes, por su parte, ni siquiera se sienten cómodas hablando de sí mismas. No se autoperciben como expertos, carecen de la firme determinación del ignorante y se focalizan más en lo que aún no saben que en lo que ya dominan con sobrada habilidad.

Rostro con hilos simbolizando el hecho de que las personas inteligentes dudan más

Los ignorantes y el efecto Dunning-Kruger

En el 2012, McArthur Wheeler había planeado el golpe de su vida, iba a robar el banco de Pittsburgh. Para lograrlo tenía la fórmula mágica: zumo de limón. Cuando llegó a la entidad con su gran bolsa dispuesto a cargar todo el dinero de la caja fuerte, algo salió mal. La policía estaba a su espalda. El joven Wheeler no podía entenderlo, estaba enfadado, indignado casi. ¡Pero si soy invisible!, repetía una y otra vez.

La historia de este estadounidense tardó muy poco en dar la vuelta al mundo. McArthur Wheeler tenía la firme convicción de que si se echaba zumo de limón encima sería invisible y por tanto, podría llevar a cabo su hazaña. Errol Morris, el periodista que cubrió la noticia y que se entrevistó con él, no podía dejar de admirarse por el férreo convencimiento de aquel hombre. Más allá de la presencia de algún trastorno psicológico lo que caracterizaba a aquel desventurado ladrón era su seguridad personal, su firmeza.

Su estupidez, decía el periodista, lo protegía de la conciencia de su propia estupidez. Esta curiosa historia viene también a perfilar lo que se conoce como el efecto Dunning-Kruger. Se trata de un sesgo cognitivo por el cual algunas personas con escasa habilidad cognitiva evidencian un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose incluso más inteligentes que el resto. Aún más, a pesar de llegar a conclusiones erróneas y de tomar decisiones desafortunadas, su incompetencia les roba la capacidad metacognitiva de darse cuenta.

Si las personas inteligentes dudan más ¿qué pueden hacer?

Las personas inteligentes dudan más, dudan de todo, de lo que les envuelven, de lo que ha sucedido, de lo que otros dicen y hasta de lo que ellas piensan. Esto que en un principio les puede conducir a adquirir conocimientos más sólidos es a su vez una gran desventaja. Les costará más tomar una decisión concreta. Y si hay algo que todos sabemos es que vivimos en una realidad donde prima la capacidad de reacción, donde no se permite espacio para el pensamiento reflexivo, donde exige pasar del análisis a la acción en menos de un segundo.

El propio Charles Darwin habló de esto mismo en su libro “Descent of Man”. Se quejaba de que sus contemporáneos le exigían respuestas rápidas a todas las cuestiones que había planteado con sus teorías. El conocimiento requiere tiempo y minuciosidad, se defendía. La verdad no se revela en un día o en dos, tal vez se necesite toda una vida. 

Sin embargo, y esto lo sabemos bien, a día de hoy no podemos esperar toda una vida para poder posicionarnos, para mejorar en nuestra carrera profesional. Porque de algún modo, todos conocemos personas brillantes que aún no han logrado sus metas. Casos incluso dramáticos donde perfiles excepcionales se quedan relegados ante individuos claramente ineptos. Veamos por tanto qué estrategias o enfoques deberían aplicar para avanzar.

Chico escribiendo en la pizarra y pensando que las las personas inteligentes dudan más

Reglas de desarrollo para la persona inteligente

Sabemos que las personas inteligentes dudan más, por tanto ¿dónde está la clave? ¿En dejar de dudar quizá? En absoluto, se trata solo de reenfocar la propia percepción.

  • No hay que infravalorarse. La persona brillante debe tomar conciencia de sus habilidades y confiar en ellas. A menudo pone la mirada en los demás y ve en el resto capacidades de las que él o ella carece (determinación, extroversión, carisma, apertura social…). No hay que hacerlo, deben aprender a calibrarse, a valorar sus excelentes competencias.
  • Determinación. Como sabemos, las personas inteligentes dudan más y por tanto, deben aprender a orientar ese pensamiento arborescente, complejo y hasta caótico en ocasiones, hacia un objetivo concreto. Hay que combinar la reflexión con la determinación.
  • Los talentos fluirán y encontrarán su lugar en el momento adecuado. A veces, la personalidad brillante se caracteriza a su vez por ser pesimista. Tienen la sensación de que es casi imposible hallar un lugar donde desarrollarse, donde mostrar todo su potencial. Esto les frustra, les baja la autoestima y en ocasiones les conduce al conformismo. Lejos de caer en la rendición, es necesario estar alerta. Ser receptivos a las oportunidades y ser capaces de pasar a la acción cuando la oportunidad lo merece.

Para concluir, es la persistencia y la determinación las que se alzan como las mejores aliadas para esas personas inteligentes que aún no han hallado su espacio de expansión. Añadamos un poco de sagacidad y tendremos la combinación perfecta para triunfar sobre la mediocridad, para alzarnos frente a ese oportunismo carente de auténtico talento.