Leonard Cohen, la poesía hecha música

Sergio De Dios González · 13 noviembre, 2016

Con 82 años y una larga vida a sus espaldas, Lonard Cohen nos ha dejado. Él ya sabía que su corazón se pararía pronto, en una de sus últimas entrevistas al periódico The New Yorker declaró que estaba preparado para morir y que lo único que pedía era tener el tiempo suficiente como para terminar el trabajo que había empezado.

Hace a penas unos días conocíamos que la academia sueca le otorgaba el Nobel de Literatura a Bob Dylan y algunos reclamaban, no sin razón, que si alguien había fundido la poesía y la música ese era Cohen. Que si alguien se merecía un premio de ese calado sin menospreciar a Dylan, por sus letras era Leonard. Hoy, cuando su corazón ya no late, los que hemos tenido la fortuna de disfrutar de su arte pensamos que habría sido un bonito y merecido homenaje.

Desde este pequeño espacio, hoy más triste por su partida, junto a vosotros queríamos rendirle el nuestro.

“El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males”

-Lonard Cohen-

Toda una vida dedicada a la música y a las letras

Canadiense de nacimiento y admirador de Lorca por elección, en sus letras hablaban de temas como la sexualidad, la religión, la política o el aislamiento, pero sobre todo sus mensajes hablan de amor. Un sentimiento que en sus palabras aparece como sensual, erótico y posado sobre el cuerpo desnudo de la mujer. En el amor de sus letras no hay dolor por la pérdida, es un amor por el contrario que sana y cura.

Aunque sus primeros pinitos fueron con la guitarra acústica, el encuentro con un guitarrista español hizo que se enamorara de los acordes que podían salir de la guitarra clásica. Otro de sus referentes fue Layton, del que dijo “Yo le enseñé cómo vestirse, él me enseñó a vivir para siempre”.

Después de dejar atrás una experiencia universitaria en Nueva York a la que no le sacó sustancia, él mismo la describió como una “pasión sin carne, un amor sin climax”, regresó a Canadá, concretamente a Montreal, donde compaginó la poesía con otras ocupaciones que económicamente en aquel momento le permitieran vivir.

Viajero incansable, conoció a la que sería el amor de su vida en Hidra, en el mar Egeo. Marianne Ihlen se acababa de separar entonces del noruego Axel Jensen, con el que había tenido un niño. Cuenta la historia que estaba llorando en una tienda de ultramarinos del puerto de Hidra cuando un desconocido se apiadó, invitándola a unirse a sus amigos. Era Leonard Cohen y comenzaba un idilio apasionado que duraría, con altibajos, siete años.

De hecho, So long, Marianne inicialmente llevaba el título de Come on, Marianney pretendía ser una invitación del cantante para volver a intentarlo. Un amor que ya nunca terminaría, tan profundo como el que sintió por la palabra, ya fuera en literatura, en poesía o en música.

Marianne murió en Julio, víctima de leucemia, le dejó un vacío que nunca pudo ni aspiró a cubrir. “Que sepas que estoy tan cerca de ti que si estirases tu mano, creo que alcanzarías la mía”, escribió Cohen en una carta dedicada a la mujer de su vida.

El Premio Príncipe de Asturias y su visión de la poesía

Cuando le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias (2011) nos dejó un discurso que se quedó grabado en todos los que amamos la poesía. Cohen, con su traje elegante y su sonrisa cruzada, utilizando el tono tranquilo del que desgrana la vida dijo que los premios que había recibido por su labor como poeta le resultaban algo equívocos.

¿Por qué? El pensaba que la poesía era la que acudía a él y que por lo tanto era algo que no dominara. En este sentido, afirmó con su particular ironía que si el supiera dónde estaba, iría a buscar su compañía más a menudo. Así, en parte se sentía un charlatan por obtener un premio en el que el veía naturalidad y no mérito.

Con mérito o no, lo que está claro es que su obra es indiscutible y su calidad como autor ha sido un regalo que hemos recibido los demás. En este breve discurso, también decía que poseía una guitarra española desde hace 40 años y que había sentido el impulso de olerla antes de partir hacia España. Relataba también como oliéndola había tenido la sensación de que la madera nunca muere.

Él, con su obra, con su genialidad se aseguró de ser madera para nuestros corazones en los que nunca morirá.