La fragilidad de los guerreros contemporáneos

Edith Sánchez · 3 agosto, 2014

Nuestra vida cotidiana está fuertemente influenciada por la ideología de la guerra. Aunque a veces aparecen los combates físicos, en realidad, la mayoría de las veces libramos esas contiendas en la esfera simbólica. Pero no por eso son menos feroces. En realidad, en numerosas ocasiones se nos concibe como guerreros que defienden su propia vida y realización personal.

Los patrones del pensamiento occidental gravitan alrededor de ideas como ambición, éxito, autonomía. Se valoran los atributos de los grandes guerreros: fortaleza, valentía, decisión y superación de adversidades. Todo lo que suene a fragilidad es visto con desprecio. Lo malo es que esta forma de pensar tiene un alto precio.

Los guerreros contemporáneos

La sociedad actual nos pide que tengamos la piel dura y resistente. Pues según dicen no de otro modo vamos a lograr lo que el mundo contemporáneo nos ordena: tener éxito. Se nos insiste en que el triunfo está reservado para los “fuertes”, aquellos que son capaces de luchar con ahínco por sus metas.

En principio, se insiste en que las batallas se dan no contra otros, sino contra ciertos aspectos abstractos como “la adversidad”, “la voluntad”, “las circunstancias” o conceptos por el estilo. Pero más temprano que tarde, todos esos abstractos toman forma en personas reales.

Así que finalmente terminamos dando la pelea contra personas con nombre propio o contra nosotros mismos. La adversidad ahora es “el jefe”, o “el prestamista” o, incluso, “el hermano”, “el cónyuge” o “el padre”… Sin apenas darnos cuenta, terminamos pensando y actuando como guerreros hasta en los terrenos que debieran ser completamente ajenos a esa lógica.

La contraparte de vivir como guerreros es que no podemos hacerlo sin incorporar también toda una colección de paranoias cotidianas. En términos generales, la paranoia se define como un miedo frente a peligros imaginarios. Más concretamente, el paranoico inventa persecuciones, complots y daños que existen solo en su mente.

Esas paranoias cotidianas nos llevan a ver un mundo dividido entre amigos y enemigos. Aliados o contradictores. Y puesto que la realidad es visionada con tanta carga de tensión también desarrollamos una fuerte sobrevaloración de la autonomía: lo mejor es no depender de nadie, nunca, para nada.

El alto precio del miedo

Los combates actúales se libran en el marco de muchas parejas que luchan entre sí por dominarse o no dejarse dominar, antes que por amarse. También en los sitios de trabajo, donde literalmente se destroza a los demás a punta de chismes, críticas mordaces o trampas.

Las escuelas e incluso los sitios de diversión no escapan a esa guerra no declarada. La competencia es vista con buenos ojos y los esquemas se dirigen a poner el mundo en el terreno de ganadores y perdedores.

Hay muchas personas dispuestas a avasallar al mundo con su forma de ser, sus ideas o sus propósitos. Exaltan su yo en todo lo que hacen. Se ponen como ejemplo para todo, quieren ser modelo de algo. El paranoico, de uno u otro modo, se siente el centro del mundo. Por eso imagina que los demás no lo pierden de vista, lo envidian y quieren hacerle daño.

Eso lo lleva a vivir en medio de la zozobra, del miedo… No está en capacidad de construir una relación de afecto genuina con nadie. Esto le aliviaría sus miedos irracionales, pero le resulta imposible bajar la guardia. Un auténtico guerrero nunca lo hace.

Para poder disfrutar de la vida es necesario romper la coraza. Si no reconoces tus puntos débiles y las aceptas como lo que son, un trazo de humanidad en ti, estás condenado a vivir entre la guerra y la paranoia que supone. La vida se te irá sin haber probado las mieles de una sonrisa espontánea o un acto gratuito.

Lo malo es que este tipo de paranoias son rentables para la sociedad en la cual vivimos. Llevan a la gente a trabajar doce horas continuas por varios años, si el premio es más dinero o el aumento del estatus social. También permiten que haya competencia entre los trabajadores, antes que solidaridad. Funciona perfecto para una sociedad que necesita producir más para ganar más, no se sabe exactamente para qué.

Imagen cortesía de katiew.