Hay lugares maravillosos fuera de la zona de confort

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 31 enero, 2018
Raquel Martínez Rico · 31 enero, 2018

La denominada “zona de confort” es un espacio que se ha hecho muy popular gracias a que muchos libros de autoayuda suelen definirlo y hablar de él. Hablamos de ese lugar de aparente comodidad en el que todos de una manera u otra pasamos tiempo.

Podríamos decir que la zona de confort es un sinónimo de espacio de seguridad, aparente al menos. Un espacio psicológico en el que solemos pernoctar cuando tenemos miedo, estamos cansados o nos sentimos inseguros.

Por otro lado, muchas veces pasamos o nos quedamos en ella porque queremos estar. Necesitamos un momento o varios de respiro o simplemente recuperar el equilibrio y algo de tranquilidad. Sin embargo, hay muchas otras veces que permanecemos en ella cuando en realidad lo que queremos es salir: mejorar en una habilidad, hacer algo por primera vez o ponernos en una situación en la que vamos a ser emocionalmente vulnerables (como cuando pedimos disculpas y reconocemos nuestros errores).

Decíamos lugar de “aparente comodidad” porque esta situación se convierte en un arma de doble filo. Por un lado, la zona de confort puede resultarnos placentera, ya que nos permite continuar con nuestro A-B-C de rutinas particular. Por otro lado, la decisión de permanecer de manera indefinida en nuestra zona de confort supone un obstáculo para nuestro crecimiento personal.

Resulta bastante complicado decidirse a salir de este refugio puesto que permanecer demasiado tiempo en la zona de confort afecta negativamente a nuestra autoconfianza, llegando a dudar sobre si estamos capacitados para salir de ella y lograr nuestra satisfacción personal.

Mujer tumbada en su zona de confort

¿Cuándo podemos estar dentro de nuestra zona de confort?

Podemos estar dentro de nuestra zona de confort, por ejemplo, cuando permanecemos en un puesto de trabajo que no cumple nuestras expectativas o que no nos hace sentir valorados. No estamos a gusto, pero tampoco salimos a la calle a buscar otras opciones, sino que esperamos sentados a que la oportunidad llegue a nosotros, como por arte de magia.

Otra situación característica puede darse cuando no tratamos de resolver un conflicto con otra persona, evitando así la tensión que puede generarlos el hecho de tener que enfrentarnos a ese momento. Y ya no la tensión en sí, también puede aparecer el miedo ante la posibilidad de una posible rechazo. Preferimos mirar hacia otro lado e ignorar la realidad ante la anticipación del fracaso.

Y, cómo no, continuar al lado de una pareja que no nos hace feliz, asumiendo que ese ha sido nuestro destino o que no nos merecemos disfrutar de una experiencia mejor. Incluso podemos no atrevemos a dejar a esa persona por miedo a que no vayamos a encontrar a otra persona en el mundo que nos vaya a querer. Craso error, pues cuanto más tiempo pase, menor control tendremos sobre la situación.

¿Cómo saber si estamos inmersos en la zona de confort?

Ahora bien, el hecho de que lleves mucho tiempo en una situación de las planteadas no quiere decir que todo vaya mal o que haya que hacer una intervención radical. Seguramente, vivas una rutina que se ajusta a tu proyecto de vida y en la que sientes una incomodidad soportable, una insatisfacción asumible. Quizás no se trata de dejar a tu trabajo o a tu pareja, sino de intentar hacer cambios. Cambios que de alguna manera nos pide ese momento en el que empezamos a sentir que  algo no encaja con nosotros, que nos quema, que nos hace estar apáticos.

Estamos ante algo que no nos gusta pero tampoco hacemos nada por cambiarlo. ¿Por qué? Probablemente porque no estamos dispuestos a asumir los riesgos, y el pensar en la posibilidad de fracasar nos hace recular y apostar por lo seguro.

Chica triste tumbada

Y entonces, ¿por qué nos cuesta tanto dar el paso?

Te cuento. Lo mismo ocurre con unos vaqueros viejos. Pero no unos vaqueros cualesquiera, sino “los vaqueros”. Esos que recuerdas perfectamente el día que estrenaste, los que te han acompañado en miles de momentos, los de tu talla perfecta, los que te hacían una figura de infarto.

Con el paso del tiempo y de los lavados, parece que esos vaqueros empiezan a ceder, pierden su color original, incluso es posible que haya aparecido algún descosido. Empiezas a pensar en deshacerte de ellos porque percibes que ya no te sientan como antes. Tu armario te pide savia nueva…pero tú te resistes a desprenderte de ellos porque claro, son “los vaqueros”.

Tanto tiempo sintiéndonos brillantes con esos vaqueros, que la idea de que ya no podamos disponer de ellos en cualquier momento nos asusta. ¿Qué es lo que te dará el impulso a hacerlo? Tu voluntad, aquella ventaja que todos tenemos a mano para subir de nivel, pero que por alguna extraña razón en determinados momentos se anestesia.

Larga vida a los denim, pero los de tu talla

Pero a ti, que no te conozco (o sí), te diré que esos vaqueros fueron geniales, pero ya han dejado de ser lo que fueron. Te aseguro que fuera hay miles de pantalones y de prendas diferentes que se ajusten a tu vida actual y que te hagan brillar tanto o más que esos a los que te aferras.

Seguramente, en el impasse de unos a otros dudes, dudes mucho…Y en algún momento pienses “¡Ay!…con lo cómoda que estaría yo hoy con mis vaqueros”. Pero recuerda que esos vaqueros ya no lucen como lucían entonces, y que cada vez que abandonas la idea de avanzar, lo único que haces es alimentarte de excusas, con las que nos justificamos para NO hacer, NO, arriesgar, NO avanzar.

Mujer con los ojos cerrados soñando

Ahora la vida quiere darte otras cosas, cosas que ni te imaginas y por las que merece la pena incorporar un punto de osadía, de atrevimiento. Todo eso puede traducirse a gente nueva, proyectos nuevos, descubrir restaurantes, encontrar emociones en otras cosas que ofrece la vida, un lugar nuevo en el que tomar café por las mañanas, etc. Por todo esto, larga vida a los denim, pero los de tu talla.