Mi ataque de pánico es real: de lo físico a la interpretación

14 Marzo, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Loreto Martín Moya
Un ataque de pánico pierde todo o buena parte de su poder cuando hacemos una correcta interpretación de los síntomas. Así, intentaremos responder a cuestiones tan importantes como cómo convencer a un persona de que sus síntomas no son fruto de un infarto, sino de la retroalimentación de la propia ansiedad.

Cuando una persona tiene un ataque de pánico o un ataque de ansiedad, el cuerpo cambia. Y esto no es algo que estas personas están imaginando: aunque el miedo en el pánico suele provenir de un estímulo inofensivo, el cambio fisiológico en el ataque de pánico es real.

El problema de estos trastornos, donde se incluye por ejemplo la ansiedad o pánico por agorafobia, reside en la interpretación errónea de esos cambios físicos.

Maximizar las consecuencias de dichos cambios, plantear opciones catastrofistas de porqué están teniendo lugar esos cambios físicos… Estos se postulan objetivos a tratar en una intervención con alguien con trastorno de pánico. Pero, ¿cómo convencer a la persona de que lo que siente no es fruto de un infarto, una enfermedad o un tumor cerebral?

Mujer con ansiedad

El pánico en la población no clínica

Los ataques de pánico han sido estudiados —y siguen siéndolo— en la población clínica, es decir, en las personas donde el problema psicopatológico ya afecta al funcionamiento social, familiar y laboral y la cotidianeidad de la persona. Por así decirlo, la población clínica es la población diagnosticada. No obstante, la importancia del pánico no acaba en ese grupo de personas.

Numerosos investigadores, como Sandín, Chorot, Valiente et al. (2004), han encontrado la presencia de pánico en población no clínica. En concreto, estos autores concluyen que al menos el 83 % de personas diagnosticadas de un trastorno de ansiedad —diferente al trastorno de pánico— o un trastorno del estado de ánimo —depresivo— han sufrido alguna vez un ataque de pánico.

Estos autores utilizan el Cuestionario de Pánico y Agorafobia (CPA) (Sandín y Chorot, 1997). Gracias a este pudieron observar como en una población no clínica —es decir, no diagnosticada de ningún problema de ansiedad— también hay prevalencia de ataques de pánico.

En concreto, el 21% de la muestra había sufrido uno en algún momento de su vida, el 16,6% en el último año y el 7,1% en el último mes.

El pánico en atención primaria

De igual manera, establecer una buena comprensión del ataque de pánico y sus síntomas es de vital importancia por los números que reflejan los pacientes atendidos en atención primaria. De hecho, hay estudios que reflejan que las personas con crisis de angustia son un porcentaje bastante alto.

En concreto, Galaverni, Pozo y Bellini (2005) encuentran en Murcia un 38 % de personas que acuden a atención primaria con crisis de angustia. Esto ocurría sobre todo en personas de entre 15 y 44 años.

Lo que este estudio refleja es que, si bien es verdad que muchos síntomas, como dolor en el pecho, taquicardia, etc., pueden indicar problemas de salud; otras personas pueden acudir con esos síntomas y que estos estén relacionados con sus niveles de ansiedad o sus crisis de angustia o de pánico.

Si estas personas hubieran conocido, no solo qué síntomas aparecen en el pánico, pero también cual es la explicación de esos cambios fisiológicos, quizás la visita a atención primaria no hubiera sido necesaria.

Mi ataque de pánico es real: principales síntomas

Para explicar por qué el ataque de pánico es real —o al menos lo son sus cambios fisiológicos— es importante identificar los síntomas principales.

Presentamos la clasificación que hacen Sandín et al., en orden de mayor a menor aparición en una muestra de 89 personas con ataques de pánico:

  • Latidos fuertes y rápidos (presente en el 73 % de las personas de la muestra).
  • Sudores (55,1 %).
  • Sensación de asfixia (52,8 %).
  • Escalofríos y sofocos (49,4 %).
  • Vértigos, mareo, inestabilidad (39,3 %).
  • Náuseas (39,3 %).
  • Miedo a volverse loco (36 %).
  • Temblores y sacudidas musculares (33,7 %).
  • Miedo a morir (30,3 %).
  • Sensación de irrealidad (24,7 %).

No obstante, si todas estas personas coinciden en estar sintiendo esto, parece que finalmente el ataque de pánico es real y que hay que preocuparse por dichos síntomas por si pudieran indicar algo diferente. Pero, como veremos a continuación, estos síntomas tienen sentido y explicación.

Los cambios físicos del pánico y su explicación

Desde la Clínica de la Ansiedad, el ataque de pánico o crisis de angustia viene definido como la aparición súbita de miedo intenso o de malestar intenso que alcanza su máxima expresión en minutos.

En este malestar intenso se desarrollan los síntomas anteriormente descritos. No obstante, hay que partir de la base de que esos síntomas aparecen a partir de un miedo real, y que el cuerpo se prepara.

El cuerpo sufre cambios en cualquier situación de miedo, para que este pueda responder a las exigencias del medio y sobrevivir.

Por ello, los cambios físicos que percibimos en el ataque de pánico son cambios reales que responden a una necesidad —una amenaza ante la cual se siente miedo—. En el pánico, no obstante, hay una interpretación catastrofista en vez de explicaciones reales.

Hombre con ataque de pánico

De lo físico a la interpretación: la explicación real

Algunas de las explicaciones fisiológicas de los síntomas del ataque de pánico son:

  • Taquicardia: no es un infarto, pero el corazón que bombea más fuerte para que sus zonas vitales (corazón, pulmones…) no se queden sin sangre.
  • Frío, pérdida de sensibilidad, palidez: no es un ataque cerebral, ni un infarto; en realidad, la sangre se concentra en las vísceras, dejando zonas menos importantes —como las periféricas— un poco abandonadas hasta que la “amenaza” —real o irreal— pase.
  • Sensación de ahogo: hay un aumento del oxígeno en la sangre, y por ello se hiperventila.
  • Mareo: el mareo no indica que vayamos a perder la conciencia, pero que nuestra presión arterial ha bajado a causa de la hiperventilación.
  • Dolor en el pecho o pinchazos: esto no indica infarto. Puede ser a causa del patrón anómalo de respiración o tensión muscular en la zona con pinchazos o calambres.
  • Calor, sudor, sofoco: no estamos enfermos; hay un aumento de la temperatura corporal en las zonas vitales. Si sudamos, es porque nuestro cuerpo pone en funcionamiento el sistema de enfriamiento.
  • Náuseas: hay un descenso de la activación del sistema digestivo por no ser relevante en ese momento.
  • “Ver lucecitas”, manchas en la vista: las pupilas se engrandecen y dilatan. Esto ocurre para aumentar la visión periférica.

La utilidad de la explicación física

El ataque de pánico es real porque las explicaciones catastrofistas se empeñan en alimentarlo. Aunque es normal sentir miedo ante cambios corporales, tenemos que entender, sobre todo si ya hemos sufrido algún ataque de pánico previo, qué indican nuestros síntomas.

Por ello, si en vez de creer que estamos teniendo un infarto por los pinchazos en el cuerpo, entendemos que estos pueden aparecer cuando hay mucha tensión muscular acumulada; o si en vez de pensar que estamos terriblemente enfermos cuando sudamos, comprendemos que el sudor es una respuesta normal a nuestro aumento de temperatura; quizás las consecuencias del ataque de pánico no sean tan exacerbadas, o este se quede en un susto.

El ataque de pánico, cuando se comienza a sentir, también puede ser parado. Esto pasa por dar la importancia justa y comedida a cada uno de los síntomas. La catástrofe en la gestión del propio ataque puede conducir a un ataque de pánico más severo. En este sentido, la interpretación correcta de un síntoma puede impedir un ataque de pánico.

  • Sandín, B.,  Chorot, P., Valiente, R., Sánchez-Arribas, C. y Santed, M. (2004). Cuestionario de Pánico y Agorafobia (CAP): Características de los ataques de pánico no clínicos. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica, 9(2), 139-161.
  • Galaverni, E., Pozo, P. y Bellini, M. (2005). Estudio sobre síntomas de pánico en atención primaria. Atención Primaria, 36(6), 312-316.