Mi mente en mi cuerpo

Ana Jau · 11 junio, 2013

¿Alguna vez te has preguntado qué es tu mente? ¿De dónde emana? ¿Por qué puedes pensar y decidir? ¿Qué es ‘eso’ que te hace tan distinto de las máquinas súper inteligentes? Si lo has hecho, tengo que decirte que no eres el único. El ser humano ha intentado conocer durante siglos el mecanismo de la mente. Pero vaya que es un misterio que ha dado origen a las más increíbles fantasías de espíritus y demonios habitando el cuerpo.
 

A partir del siglo XVII Descartes intuyó la necesidad de deshacerse de la mente por un tiempo, escribió entonces que el ser humano estaba formado por dos sustancias independientes, una mente/espíritu y un cuerpo material. La ciencia moderna, desarrolladora de todos los artilugios que día a día nos acompañan por la vida, se quedó con el cuerpo, y legó el espíritu a la religión y a la filosofía.

El desarrollo que siguió nuestra sociedad occidental está imbuido de esta dualidad, a tal grado que las estructuras en que vivimos nos obligan constantemente a acallar los deseos de nuestro espíritu y cada vez somos menos capaces de tener experiencias armónicas y sensibles en la barahúnda en que habitamos.

En la vida secular, es decir al margen de la religión, nuestras experiencias espirituales, nuestras emociones y sentimientos son relegadas y si es posible escondidas. Siempre me gusta ilustrar esto con el fenómeno social ‘EMO’, una palabra que proveniente del término inglés “emotional” (emocional), y que ha sido utilizada para designar en forma un tanto peyorativa a personas que experimentan con mucha fuerza el poder de sus emociones. Pero vaya que todos somos emocionales, aún más sorprendente resulta reflexionar sobre cuántas de nuestras actitudes y acciones diarias están impulsadas por nuestro mundo interior, muchas más de las que comúnmente creemos.

La buena noticia es que recientes investigaciones, no solamente de las ciencias sociales y las humanidades, también de las neurociencias, se han atrevido a desafiar al gran filósofo del siglo XVII. Hoy sabemos que nuestro espíritu o nuestra mente, como sea que prefiramos llamarlo, no habita fuera de nuestro cuerpo, es uno con él, la mente puede entenderse como un estado de nuestro cerebro, que no es material pero emana del cerebro que sí lo es.

¿Y qué tiene esto que ver con nuestra vida cotidiana? Pues mucho, esto significa que la vida emocional del ser humano no es un apéndice de la inteligencia, nunca un robot, por más rápido que sea podrá experimentar la vida humana, no somos sólo materia organizada en forma compleja, somos un cerebro que se formó en millones de años de evolución y que no puede ser igualado por las manos del hombre en unas cuantas décadas.

Esto, que en el mundo académico suele conocerse como ‘un cambio de paradigma’ es realmente esperanzador, pues significa que hemos de conceder cada vez mayor importancia a las necesidades emocionales, que suelen subordinarse a las necesidades materiales; así que cada día estamos en todo el derecho y la legitimidad de involucrarnos con pasión en las actividades diarias y de buscar una vida que alimente positivamente nuestra vida emocional.

Dibujo cortesía de Víctor Mora Barragán