Miedo a defraudar a mi familia ¿qué puedo hacer?

27 Septiembre, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater
No importa que tengas 19 o 40 años. La necesidad de complacer a tu familia tiene un precio y es la infelicidad. Nuestros padres merecen respeto, pero no una devoción basada en un miedo que limite por completo nuestra libertad.

Tengo miedo a defraudar a mi familia, a decepcionarles con alguna de mis decisiones o comportamientos. Quien tenga ahora mismo este tipo de inquietud o preocupación en mente, se halla en una encrucijada vital estresante. Por un lado, están los propios sueños y los anhelos. Y en la otra parte, figuran unos progenitores que vetan expectativas y a los cuales se les confiere un excesivo poder.

Visto desde fuera y por alguien que no se encuentre en esa situación, la respuesta sobre lo que debería hacerse en estos casos es sencilla y evidente: hay que priorizar las propias necesidades. Sin embargo, cuando uno ha crecido en un entorno basado en la dominación, en las altas expectativas o bajo los hilos de una educación autoritaria, resulta difícil atender lo que uno quiere.

Es más, en ocasiones, hasta se puede entender que aquello que uno sueña y necesita es secundario. Son, por tanto, situaciones en la que hay que tener múltiples y delicados aspectos. A pesar de ello, también debemos considerar un hecho. No hay peor circunstancia que la de vivir con miedo y no hay sufrimiento más inútil que el temor a decepcionar a segundas personas.

Analicemos un poco más estas vivencias.

Chico triste apoyado en la pared con miedo a defraudar a mi familia

Miedo a defraudar a mi familia ¿qué debería hacer?

De entre todos los miedos que subyacen en la mente del ser humano (miedo a la oscuridad, miedo a no ser amados, temor al fracaso, etc.) hay uno que se repite con frecuencia: el miedo a defraudar a la familia. El origen de todo ello se halla, ni más ni menos, que en una educación distorsionada y lesiva, esa donde los padres conceden un elevado valor a las expectativas.

Son muchas las familias que proyectan sobre sus hijos un modelos. Un patrón fijo sobre lo que se espera de ellos. Esos mandatos invisibles parten a menudo de aquello que los padres quisieron para sí mismos en el pasado y no pudieron lograr. También de un modelo autocreado sobre lo que piensan que es el mundo y cómo deberían actuar sus hijos en él. Todas estas creencias y visiones edifican auténticas fábricas de sufrimiento.

Saber reaccionar y actuar ante estos escenarios no solo es recomendable; es necesario. Reflexionemos sobre algunos aspectos.

El miedo a decepcionar a alguien… se sana decepcionando

Madurar es un historial de muchas decisiones, pero una de ellas es elegir a quien es necesario decepcionar para ser feliz. Así, y por mucho que nos sorprenda, en ciertas ocasiones a quien es necesario acabar decepcionando es a nuestra familia. Al hacerlo, nos permitimos realizarnos como deseamos de verdad. Al dar el paso, también sucede otra cosa: el miedo se apaga para quedar liberados.

Defraudar no siempre es sinónimo de herir a alguien. No si lo que hacemos consiste, simplemente, en seguir el dictado del corazón, en actuar de acuerdo a los propios valores y decidir en base a nuestros sueños y deseos. Nada de eso es lesivo, hiriente o catastrófico. Es más, hay un detalle aún más significativo: los buenos padres respetan las decisiones de los hijos (aunque a veces, no las compartan).

Si complaces, sufres… ¿de verdad vale la pena?

Uno puede decirse aquello de “tengo miedo a defraudar a mi familia y por tanto lo mejor es dejar a un lado mis deseos y proceder a complacer sus expectativas”. Nos autoconvencemos incluso de que es lo mejor. Sin embargo, no tarda demasiado en emerger la sombra de la frustración, de la apatía que oxida optimismos, la tristeza que aprisiona y nos arrebata el ánimo.

Complacer es sufrir. El miedo a defraudar no es otra cosa que miedo a vivir y como cualquier temor, debe afrontarse. En caso de no hacerlo, estaremos dando forma a un símil de existencia, a una vida falsa que en nada se parece a lo que ansiamos de verdad.

Hijo adulto entre padres pensando en que tengo miedo a defraudar a mi familia

El miedo a defraudar a mi familia y la necesidad de validación externa

Quien teme a decepcionar a alguien y focaliza su existencia en la necesidad de complacer, vive del refuerzo externo. Son personas que necesitan del “muy bien, estoy orgulloso de ti” o “estupendo hijo, esa decisión que has tomado es la mejor”. Esta forma de validación invalida, limita potenciales y libertades cuando supeditamos la vida entera a obtener esas palmadas en la espalda.

Es necesario cambiar es enfoque y dirigir la mirada hacia uno mismo. La única persona que debe validar si lo que estamos haciendo está bien o está mal es uno mismo; nadie más. Debemos acostumbrarnos a darnos nosotros mismos los refuerzos al actuar en base a las propias expectativas y deseos. El único ser que sabe qué es lo que más te conviene eres tú.

Libérate de las culpas y caminarás más ligero

“Tengo miedo a defraudar a mi familia, es verdad, porque pienso que si hago lo que deseo de verdad, les causará decepción y hasta dolor. Y algo así me genera sentimiento de culpa”. Este tipo de razonamientos se pueden sostener y retroalimentar durante años. Sin embargo, es necesario pensar en un pequeño detalle… ¿Qué ocurre con nuestro sufrimiento? ¿Merecemos quizá menos respeto que nuestra familia?

Evidentemente, no. Es necesario liberar cargas y el primer peso que debe quedar fuera es el sentimiento de culpa por defraudarles. La única manera de tener una vida significativa, feliz y realizada es seguir las propias voluntades, atender las propias expectativas. No hay nada malo en ello. Quien veta nuestro deseo por ser felices no nos ama de manera correcta.

En ocasiones, como hemos señalado al inicio, las familias pueden ser auténticas fábricas de sufrimiento. Oponerse a que los hijos sean dueños de sus propios destinos no es permisible ni aún menos saludable. Restemos intensidad al sentimiento de culpa y hagámoslo, tomemos nuestras propias decisiones con valentía.