Mirar por la ventana: un maravilloso ejercicio de reflexión e introspección

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 24 marzo, 2018
Valeria Sabater · 24 marzo, 2018

Mirar por la ventana, dejar la mirada suspendida en un cristal no es sinónimo de perder el tiempo. Porque a veces, quien mira por ese umbral no tiene interés alguno en ver el mundo exterior. Lo que busca es atravesar su reflejo para navegar por la introspección, alcanzar sus mundos interiores en busca de nuevas posibilidades. Pocos ejercicios mentales pueden ser en realidad más saludables.

Quien conozca la obra de Edward Hopper recordará sin duda todas esas obras en que se nos presenta a una mujer en soledad frente a una ventana. A veces es una habitación de hotel, otras una cama o una cafetería… La imagen siempre es la misma: una mirada femenina que parece trascender el cristal y estar a kilómetros de distancia de ese pequeño espacio que la envuelve.

“Apenas hay diferencia entre pensar y mirar por la ventana”.

-Wallace Stevens-

Pocos enigmas han suscitado tanto interés pictórico. ¿Qué miran estas mujeres? La respuesta es simple: nada y todo a la vez. Hopper era un experto creando estados de ánimo y atmósferas donde contagiarnos emociones de definición poco sencilla. La luz, las formas, los colores, todo debía propiciar una determinada sensación. Por ello, utilizó a menudo el recurso de una ventana cerca de sus personajes.

Las ventanas son umbrales para la mente humana. A menudo, son ese recurso indispensable para todo soñador. También para quien necesita un descanso tras un día de estrés, y apoya su frente en el frío cristal de una ventanilla en el metro. Es entonces cuando la mirada se relaja y nuestra imaginación se dispara. Es ese momento en que empezamos a soñar despiertos y nuestro cerebro halla alivio, libertad, bienestar.

Mirar por la ventana, un ejercicio de introspección

En cualquier aula de un colegio de primaria o secundaria es fácil encontrar a un niño mirando por la ventana. Están ausentes, desconectados de su entorno, pero conectados a sus divagaciones, a sus ensueños. A medida que crecemos, esta conducta lejos de corregirse, persiste con afán. Sin embargo, sigue siendo mal vista. Porque mirar por la ventana es sinónimo de improductividad, es no estar presente en la inmediatez que nos envuelve, en las responsabilidades que nos requieren.

Admitámoslo, rara vez se nos permite bucear en nuestro estados mentales para saber qué ocurre ahí dentro. Porque quien lo hace se queda inmóvil, no genera nada, no demuestra nada. Y eso, en una sociedad orientada a los resultados es poco más que un sacrilegio. Quizá por ello, mirar por la ventana es un ejercicio que preferimos hacer en soledad. Es dejar los ojos en ese límite sugerente que conforma un cristal para mirar, pero no ver, qué acontece en el mundo exterior.

Lo que hacemos es un viaje a la inversa. No nos interesa qué hay fuera, porque lo que hay ahí abajo nos es sobradamente conocido: tráfico, cúmulos de gente, una ciudad que se desenvuelve en la rutina de siempre… Nuestro cerebro tira de nosotros como el ancla que se recoge del fondo de las profundidades para llevarnos mar adentro. Y allí, acontece algo tan maravilloso como útil para nuestro desarrollo emocional y psicológico.

Vivimos en un mundo obsesionado por la productividad, los sabemos. Quizá por ello, se nos ha olvidado el enorme potencial existente en el acto de soñar despiertos. A veces, las cosas más importantes, las decisiones más relevantes, surgen frente al cristal de una ventana. Es casi como una rebelión de nuestra mente ordenándonos hacer algo diferente. Es tomar contacto con nuestro yo más sabio -pero recóndito- para escuchar qué quiere decirnos. 

El cristal donde soñamos despiertos

Psicólogos expertos en el mundo de la creatividad, como Scott Barry Kaufman y Jerome L. Singer, nos explican en un artículo del Psychology Today, que a día de hoy soñar despierto sigue siendo poco más que un estigma. Quien opta por mirar por la ventana media hora, en lugar de seguir trabajando con su ordenador, es un perezoso.

Aún más, en un estudio llevado a cabo por estos psicólogos, se demostró que el 80% de los directivos de empresas como Adobe, piensan que la creatividad se potencia a través del trabajo y la actividad continuada. Así, el trabajador que en un momento dado elige apartarse del resto para tomarse un café ante una ventana es alguien que no aguanta la presión, alguien improductivo.

A día de hoy, seguimos asociando movimiento con rendimiento y pasividad con pereza. Debemos, por tanto, cambiar estas perspectivas, estas ideas oxidadas. Soñar despiertos representa al arte de rastrear maravillas escondidas en el propio cerebro. Es entrenar la mente para expandirla aún más a través de la introspección, la curiosidad, el simbolismo y la imaginación.

Todo esto, todo ese potencial escondido en cada uno de nosotros puede encontrarse perfectamente ante un cristal. Mirar por la ventana en algún momento del día es citarnos con nosotros mismos. Es cruzar el umbral a ese mundo interior tan descuidado a veces. Ese, que no atendemos ni nutrimos porque el exterior demanda demasiado de nosotros. La sociedad de hoy en día nos quiere hiperconectados, pendientes de infinitos estímulos.

Aprendamos por tanto a poner límites y a acudir de vez en cuando a ese cristal. A ese reflejo donde se contienen nuestros sueños, ahí donde asomarnos a nuestras bellezas internas y a un mundo lleno de infinitas posibilidades…