No me mires cuando te hablo

Sergio De Dios González · 28 octubre, 2013


Mirar a la persona que está hablando o que nos miren cuando nosotros lo hacemos es considerado popularmente como una manifestación de interés por el contenido del discurso y la persona que lo produce. Muchos padres intentan que sus hijos adquieran está práctica desde pequeños, ya que el no hacerlo puede ser considerado un gesto de mala educación. En este mismo contexto educativo, se ha observado también como algunos progenitores utilizan el contacto visual mantenido para expresar su desacuerdo con la acción que está realizando alguno de sus hijos.

Otra de las connotaciones que suelen asociarse con la falta de intercambio visual son: la timidez, la culpa o la mentira. Incluso, podemos ver, en algunas de las películas que tienen como hilo conductor el desarrollo de una campaña electoral, como los expertos en comunicación del candidato en cuestión le aconsejan a este que intente producir su discurso dirigiéndose a la cámara, como si mirase directamente a los ojos del elector.

La cantidad de tiempo que dos personas mantienen el contacto visual también suele asociarse con el grado de intimidad que exista entre ellas o con lo confidencial que sea el tema que estén tratando. Así, mantenemos un contacto visual mucho mayor con personas de nuestro entorno que con desconocidos. De hecho, si alguien se pasa de tiempo mirándonos probablemente nos haga sentir incómodos.

Un estudio reciente, publicado en la revista Psychological Science por F. Chen de la Universidad de Freiburg, propone una reflexión en este sentido, a raíz de los datos encontrados. Situémonos en una conversación en la que una persona intenta convencer a otra para que adopte una postura –sobre un tema- hacia la que ya estaba inclinada favorablemente. El contacto visual hará la labor del argumentador más fácil. ¿Por qué? Porque aunque uno de los participantes este más convencido y otro menos, parten de una afinidad que se verá reforzada por el contacto ocular.

Ahora imaginemos que la inclinación del receptor de los argumentos es contraria a la del argumentador. Ahora la mirada de confianza pasa a convertirse probablemente en una mirada que adquiere connotaciones de domino e intimidación. Los dos interlocutores se encuentran en distintos planos de partida, fuera del mismo circulo, manejando repicas y contrarréplicas de signo contrario. Aquí, una mirada distraída puede aliviar la tensión e incluso puede ser una forma de hacer más amistosa la discusión. Además puede ser un signo de nobleza que muestre que no nos vamos a aferrar a nuestra postura cueste lo que cuesto o que vamos a utilizar tácticas poco nobles, intentando ganar el debate cueste lo que cueste.

En definitiva, el estudio publicado en Psychological Science afirma que en el contexto de la persuasión, la conexión entre miradas ayuda cuando debatimos con alguien que es afín a nuestra postura y pone dificultades cuando lo hacemos con alguien que no lo es. Como dice el propio Chen: “El contacto visual es un mecanismo tan primitivo que es capaz de generar una gran cantidad de cambios fisiológicos inconscientes, que pueden afectar notablemente a nuestra disposición”.

Foto cortesía de Marcos de Madaraiaga