Nos dijeron que los monstruos no existían… cuando no era del todo cierto

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 2 septiembre, 2017
Valeria Sabater · 2 septiembre, 2017

De niños nos convencieron de que los monstruos solo existían en los cuentos. Nadie nos dijo jamás que en realidad visten piel de personas y caminan a plena luz del día. Como la pareja que primero embelesa y luego maltrata y aniquila la autoestima, como los padres que niegan el amor a sus hijos, como el terrorista que arrebata vidas inocentes o el político capaz de iniciar una guerra.

Si hay algo que todos sabemos es que las palabras son importantes, que crean etiquetas y atribuciones que no siempre son del todo ciertas. El término “monstruo”, por ejemplo, tiene en su origen una connotación ficticia y literaria que no evita en absoluto que sigamos utilizándolo de forma constante para describir a todos esos actos que ante nuestros ojos escapan a la lógica y representan la maldad.

“Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo”

-Nietzsche-

No obstante, cabe decir que no hay base científica en dicho concepto, no hay libros de texto legales con un capítulo sobre “Cómo entrevistar a una persona malvada o a un monstruo”, tampoco los manuales de diagnóstico nos ofrecen un protocolo para identificarlos. Sin embargo…, admitámoslo, nos es casi imposible dejar de recurrir a esta palabra para describir toda esa gama de comportamientos que atentan de forma directa a nuestro concepto primigenio de “humanidad”.

Dicen los expertos en psicología criminal que la primera vez que se usó el término “monstruo” para describir a una persona en el ámbito policial, fue en en 1790, en Londres. Las autoridades buscaban a un asesino fuera de lo común, algo perverso e inconcebible que sembró el pánico en ciertos barrios londinenses a lo largo de casi dos años. Era, claro está, Jack el Destripador.

ilustración de policías buscando a los monstruos que cometen crímenes

Los monstruos de carne y hueso, personas desprovistas de humanidad

La palabra “monstruo” conserva aún sus implicaciones originales, esas donde los sobrenatural se conjuga con lo maléfico para hacernos daño, para traernos la fatalidad. Así, cada vez que designamos a alguien con este término lo que hacemos en realidad es despojarlo de todo atributo humano, de toda esencia “natural”.

Ahora bien, si al inicio hemos señalado que tras esta palabra no es más que una simple etiqueta sin ningún sustrato científico detrás, cabe decir los expertos en hacer perfiles criminales han caído en este error en algún momento de la historia. Un ejemplo de ello fue lo sucedido a lo largo de los años 70 en Estados Unidos con Ted Bundy.

Dentro del universo criminalístico, Ted es el asesino en serie más despiadado de la historia. En los interrogatorios sugirió que pudo llegar a matar a 100 mujeres. Una cifra a la que las autoridades dieron crédito, por lo cruel del personaje, a pesar de que solo encontraron los cuerpos de 36 de su víctimas.

Bundy era en apariencia, un hombre brillante y admirable. Licenciado en derecho y psicología, aspirante a político y constante colaborador en actividades comunitarias, parecía el puro reflejo de un triunfador, de alguien a quien le aguardaba un futuro de éxitos.

Ted Bundy uno de los monstruos del siglo XX

Sin embargo, después de las desapariciones de decenas y decenas de universitarias, se descubrió que el nombre de Ted Bundy estaba detrás de estos y de muchos más actos difíciles de imaginar. Asesinatos brutales que dejaron sin palabras a las propias autoridades. Lo etiquetaron como “monstruo”: ya no solo por las atrocidades cometidas, sino por la complejidad de sus resultados en las diferentes pruebas psicológicas que se le administraron.

La conclusión a la que se llegó es que Bundy no era psicótico ni drogadicto, tampoco alcohólico, no presentaba daño cerebral ni padecía ninguna enfermedad psiquiátrica. Ted Bundy simplemente disfrutaba haciendo el mal.

Hay otro lugar donde habitan los monstruos: en nuestra mente

Sabemos que nuestro mundo, nuestra realidad más cercana, es a veces como esos inquietantes cuadros de Brueghel el Viejo, donde el mal se esconde entre la cotidianidad de la muchedumbre, entre el rumor de las masas en una ciudad, conocida o desconocida, en una calle cualquiera. Sin embargo, los monstruos capaces de hacernos daño no solo habitan a nuestro alrededor; de hecho, donde más espacio ocupan es en nuestra propia mente.

A veces, el miedo, nuestras emociones y pensamientos pueden atenazarnos hasta el punto de encerrarnos en un lugar muy oscuro donde quedar perdidos, asfixiados y apresados por nuestros propios demonios. Hay escritores que han logrado representar a la perfección ese viaje donde uno toma contacto con sus propios monstruos para conocerlos y hacerlos suyos, para volver a emerger a la superficie libres de esas cadenas.

Lo hizo Dante con Virgilio en la “Divina Comedia”, lo hizo también Lewis Carroll con Alicia y lo hizo Maurice Sendak con Max en “Donde viven los monstruos”. Este último libro es una pequeña delicia de la literatura infantil. Su relato nos invita a realizar múltiples reflexiones sin importar nuestra edad, sin importar nuestro rodaje previo. Porque todos en algún momento podemos ser víctimas de esas zarpas interiores, donde los propios monstruos nos arrastran a un paraje extraño.

película donde habitan los monstruos

“Cuando Max se puso su disfraz de lobo le entraron unas ganas irrefrenables de hacer travesuras, y entonces su madre le llamó «¡MONSTRUO!» y Max le contestó «¡TE VOY A COMER!”.

-“Donde viven los monstruos”, Maurice Sendak-

Esta pequeña obra nos permite hacer un viaje de la mano de un niño. Esta aventura nos recuerda que en ocasiones hay que visitar ese reino salvaje y quimérico donde habitan nuestras criaturas más extrañas y surrealistas. Lejos de anclarnos a él, hay que sortearlo. Eso sí, no sin antes desahogar nuestros gritos, jugar sin reglas, enfurecernos, reír, llorar…

Dejaremos nuestras huellas en el país de los monstruos y nuestras coronas oxidadas para ascender de nuevo, sintiéndonos libres por haber transcendido a la oscuridad, purificados y ante todo satisfechos por volver con mas fuerzas a nuestra vida real. Porque sí, porque los monstruos que nos habían referenciado de niños sí existen.

No obstante, y en vista de que no siempre podemos controlar a los que se camuflan en nuestra vida exterior, seamos capaces ante todo de espantar a los que de vez en cuando aparecen en nuestras mentes.