Para todo mal o decepción, tiempo y zapatos

Para todo mal o decepción, tiempo y zapatos

Valeria Sabater 4 julio, 2017 en Psicología 0 compartidos
mujer subida a un pájaro que se escapa del tiempo

No hay mal que no cure un tiempo determinado y un buen par de zapatos. Porque toda desavenencia, decepción o triste amargura no se resuelve solo con esperar o quedándonos en el mismo agujero negro, ese que tarde o temprano acabará colapsando. Las penas se escampan caminando, pasando página y poniendo distancia de por medio con ese calzado excepcional: el amor propio.

Decía William Gibson, conocido escritor de ciencia ficción, que el tiempo se mueve en una dirección, hacia delante, pero las personas somos a menudo tristes cautivas de nuestra memoria, y por tanto, de ese pasado donde nada nuevo acontece, donde ese perfume de apatía, de caducidad y oportunidades perdidas lo envuelve todo.

De algún modo es así como quedamos atrapados en nuestras propias redes tras una decepción o un mal paso del destino. Ahí donde se caen los ánimos, las ganas y la fuerza a pesar de que sigamos levantándonos cada día, a pesar de que nos movamos por el mundo como autómatas de piel oxidada a causa de las lágrimas internas. Es en esta situación, cuando no falta quien con toda la voluntad y buenos propósitos nos dice aquello de “no te preocupes, porque el tiempo lo cura todo”.

Sin embargo, no es tan fácil como parece. Porque quien está herido no avanza, quien permanece atrapado en la costra de la rabia, las raíces de la amargura y el velo de resentimiento sigue encerrado en una dimensión paralela donde no importará que pasen tres, seis meses o incluso un año entero.

Así, algo que nos conviene recordar es que el tiempo por sí mismo no cura, lo que cura es lo que uno hace durante el transcurso de ese tiempo.

mujer con tigre

Los dioses del tiempo Cronos, Kairós y Aión

Cuando una persona afronta un momento personal complejo, ya sea por alguna pérdida o cualquier encrucijada de esas para las que nadie está preparado, casi siempre da por sentado que el propio duelo, con sus tres meses de rigor, debilitará el dolor, calmará las dudas y centrará nuevamente las emociones con las fortalezas. Sin embargo, esta fórmula no siempre funciona, porque quien crea que el propio dios del tiempo pasara sobre nosotros para borrar las penas en un acto de gran altruismo, se equivoca.

Ahora bien, lo que nos será de gran interés es recordar que en realidad, no existe un dios del tiempo… sino tres. Cronos es el más conocido por todos nosotros. Representa el tiempo externo y uniforme, con su pasado, y su futuro, ese que podemos medir observando el movimiento de los astros o simplemente concentrándonos en el tic-tac de nuestros relojes. Por otro lado, Aión simboliza la duración de la propia vida, un trascurso vital formado a su vez por varios ciclos.

Sin embargo, quien realmente nos interesa a nivel psicológico y a la hora de invertir en nuestro crecimiento personal, es el joven dios Kairós. Es él quien quedando justo en el centro de las dos deidades anteriores, representa la oportunidad, él quien nos invita a vivir en el aquí y ahora recordándonos que cada uno estamos hechos con unas virtudes, defectos, capacidades y valores determinados, pero a su vez, aún siendo siempre los mismos, nunca seremos iguales: porque estamos obligados a avanzar, a sanar a asumir cada día nuevos aprendizajes.

mujer subida a un búho

Así, nunca está de más que en nuestro día a día aprendamos a concebir el tiempo de un modo más acertado, integrador y hasta terapéutico. Se trata solo de entender que Cronos y Kairós siempre van de la mano, el tiempo y las oportunidades de sanación y crecimiento acontecen de forma periódica y hay que saber aprovecharlas.

Un ejemplo de ello lo tenemos en un tipo de arrecifes de coral que se extienden en las costas de Florida. Su única oportunidad de seguir creciendo y frenar así su extinción acontece siete días después de la luna llena de agosto: es entonces cuando comienzan a desovar, justo en la puesta de sol. Un instante mágico irrepetible, un momento donde nace la verdadera oportunidad.

Mis zapatos me llevarán donde quiera mi mente

Sabemos ya que, como en cualquier aspecto de la vida, superar un duelo o una etapa de dificultad requiere asumir una actitud activa, una mirada atenta y una clara voluntad de seguir avanzando, de seguir creciendo como esos arrecifes de coral que cada año luchan contra la pendiente que les empuja a su propia extinción.

Hay que recordar también que para ir más allá del propio miedo y de esa amargura que a menudo nos encalla como barcos de otro tiempo que se convierten en fantasmas del océano, es conveniente saber dónde están nuestros zapatos. Esos de suela resistente, esos donde el amor propio, la dignidad y las ilusiones renovadas actúan como fuerzas internas para saltar cualquier obstáculo, para cruzar puentes, subir montañas y evitar cualquiera de esas piedras que a menudo, entorpecen nuestra marcha.

Pies caminando con mariposas revoloteando

Para concluir, no dudes en hacer del tiempo tu mejor motor de cambio, ese aliento donde crecer aprovechando cada oportunidad mientras tus pies, tu actitud y tu sonrisa sin fecha de caducidad, te llevan ahí donde te propongas y mereces. Ahí donde crecen los más hermosos arrecifes de coral.

Imágenes cortesía Lucy Campbell

Valeria Sabater

Soy psicóloga y escritora. La curiosidad por el conocimiento humano es mi cerradura particular, la psicología mi llave, la escritura, mi pasión.

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