¡Peligro, rabieta a la vista!

Laura Reguera · 1 noviembre, 2017

“¡Quiero chuches!” Oh, oh. Como padres, pensáis que no es el momento para que coma dulces, pero sabéis que vuestra negativa seguramente conlleve una consecuencia incontrolable: la rabieta. Pero esperad un momento, ¿realmente es incontrolable?

Le decís que ahora no hay y entonces veis aparecer todos los síntomas… Se pone a llorar y a gritar, repitiendo una y otra vez que quiere chuches. Tratáis de hablar con él: primero calmados, pero luego os vais poniendo más y más nerviosos y acabáis gritando vosotros también… ¿Qué podemos hacer para que la situación no se nos vaya de las manos? ¡Sigue leyendo y descúbrelo!

“Una conducta desordenada se parece a un torrente invernal de corta duración”

-Epicuro de Samos-

¿Es normal que los pequeños tengan rabietas?

Cuando somos pequeños, no sabemos expresar de forma adecuada nuestras propias ideas: nadie se ha parado a enseñarnos o, si lo han hecho, no gozamos de la capacidad de control suficiente como para llevarlo a la práctica. Por ello, entre el año y medio y los 5 años suelen surgir las rabietas como respuesta a las normas que nos imponen desde fuera y que no concuerdan con nuestros deseos. Generalmente, alcanzan su punto álgido a los 2 o 3 años, siendo esta la edad en las que son más frecuentes.

El ser una conducta de desobediencia, propia de este estadio evolutivo de los niños, no quiere decir que no se puedan llevar a cabo medidas para que disminuya su frecuencia. De hecho, si no se hace nada para que terminen, pueden conllevar la aparición de otros problemas de conducta más graves a medida que los pequeños van creciendo, como el trastorno negativista desafiante o el trastorno disocial.

Para evitar que los niños acaben recurriendo a la agresión como habilidad para resolver conflictos y conseguir lo que quieren, es importante que los padres entiendan algo importante: el llanto que muestran cuando tienen una rabieta no es porque estén sufriendo enormemente, sino porque es la única herramienta de la que disponen para lograr sus objetivos.

“Una conducta desarreglada aguza el ingenio y falsea el juicio”

-Louis de Bonald-

Niño sacando la lengua

La extinción: nuestra gran aliada contra una rabieta

Dado que la rabieta es la conducta que el niño posee, una parte clave para conseguir que vaya desapareciendo será reforzar aquellas otras conductas o actitudes que sí son adecuadas. En esta línea, indicarle que nos gusta cuando está así de tranquilo o que nos pida las cosas sin gritarnos va a propiciar que lo haga más veces. El caso es que la atención se encuentra en la base del mantenimiento y aumento de frecuencia de las conductas.

Por ello, hay que retirarla cuando tenga una rabieta y dársela cuando lleve a cabo los comportamientos que consideremos adecuados. Esta retirada correspondería a la extinción que explicaremos paso a paso en el apartado siguiente. Pero antes de ponerla en práctica, es bueno que tengamos claras varias ideas. En primer lugar, es muy importante aplicarla de forma sistemática y seguir en nuestro lugar, a pesar de que la rabieta aumente de intensidad en un primer momento.

Porque eso es lo que ocurre cuando el niño percibe que se le deja de hacer caso en estas situaciones: va a tener rabietas más fuertes y más disruptivas, para ver si así consigue la atención que se le ha retirado. En este momento, en el que aumenta la intensidad de las rabietas, pueden suceder dos cosas: que le hagamos caso o que no. Si se lo hacemos, estaremos reforzando su conducta. Le estaremos diciendo: para conseguir lo que quieres solo tienes que chillar mas. Y no queremos esto.

El segundo escenario requiere de toda nuestra paciencia, porque además debemos ser sistemáticos en nuestra actuación. El objetivo es que sea el niño el que termine con la propia rabieta porque entienda que así no va a conseguir nada. En estos casos, el mensaje que recibe es el contrario: subas el tono de la rabieta lo que lo subas, no vas a conseguir nada por ese camino. Este mensaje lo guardará en su memoria y archivará la conducta como poco exitosa. Así, la siguiente vez que quiera algo es poco probable que la elija.

Por último, es importante interiorizar que, cuanto más tiempo lleven produciéndose, más difícil nos va a suponer que desaparezcan. El camino para conseguir que nuestro hijo deje de comportarse así es difícil, pero sino lo comenzamos, las consecuencias a medio y largo plazo serán peores.

“Deberíamos conocer lo que nos confunde de aquellos con los que vivimos y a los que queremos”

-Norman Maclean-

Niño con una rabieta

La extinción paso a paso para terminar con las rabietas

Por todo lo explicado hasta ahora, es importante que trabajemos el autocontrol a la hora de aplicar la extinción cuando nuestro pequeño tenga una rabieta. Otra herramienta que podemos adquirir y que nos puede ayudar en este aspecto es la relajación.

Todos hemos oído hablar antes de la extinción pero, ¿la sabemos aplicar correctamente? Veamos cómo hacerlo paso a paso:

  • Cuando aparezca la rabieta debemos ignorar ese comportamiento y continuar con lo que estamos haciendo como si no le escucháramos.
  • Eso sí, es relevante que le indiquemos una sola vez cómo nos sentimos por lo que está haciendo (“me estoy cabreando”) y explicarle la conducta alternativa que queremos que realice (“cuando te tranquilices, te haré caso”).
  • Entonces nos retiraremos de la situación y esperamos alrededor de un minuto por año de edad del niño. Si el pequeño sigue en sus trece, volveremos a lo que estábamos haciendo sin prestarle atención (es decir, sin hablarle ni quedarnos mirándole).
  • Una vez que se tranquilice, debemos decirle lo que nos gusta que esté así de tranquilo.

La realidad es que, cuando la rabieta aparece, es muy difícil ignorar los gritos, las patadas o los insultos, pero conseguir hacerlo es la clave para que estas conductas disruptivas desaparezcan. Por ello, es muy importante conseguir armarnos de paciencia y actuar con inteligencia… ¡A por las rabietas!

Imágenes cortesía de Vance Osterhout, Hunter Johnson y Eddie Kopp.