¿Por qué queremos tener siempre la razón?

22 Julio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater
La insufrible necesidad por tener siempre la razón nos hace perder el tiempo, la energía y hasta la salud. ¿Nos han educado para ser así o es algo genético? ¿Por qué nos cuesta tanto asumir errores y tener en cuenta perspectivas diferentes a las nuestra?
 

¿Por qué queremos tener siempre la razón? Es una insoportable necesidad, es cierto, pero para muchos es una prioridad existencial; de ahí las discusiones, los encontronazos dialécticos y las inevitables frustraciones. Somos esa sociedad que ha desterrado de su mente la increíble posibilidad de estar equivocada alguna vez. Lo hace como mecanismo para salvaguardar la autoestima… y hasta la dignidad.

Todos lo hemos comprobado alguna vez. Hay personas que defienden «su verdad» con cierta agresividad, como si en ello les fuera la vida, como si cualquier enmienda fuera un ataque personal. Pocos hábitos pueden ser tan perniciosos para el funcionamiento mental como no admitir equívocos, como no completar o corregir en ocasiones nuestra opinión con la información que nos facilitan los demás.

Este no es un mal ajeno, no es algo que solo les pase a los demás. Cada uno de nosotros también evidenciamos, de vez en cuando, esa secreta necesidad: proteger nuestras creencias, opiniones y verdades a toda costa. La obsesión por tener siempre la razón está arraigada en nuestra psique colectiva…

Símbolo de error

La necesidad de tener siempre la razón

 

Tengo razón y tú estás equivocado. Este pensamiento suele navegar en la mente de manera frecuente cuando hablamos con alguien. No importa que no lo digamos en voz alta, la idea de que la propia perspectiva es la correcta orquesta nuestro día a día como un velo que todo lo filtra, como una variable que actúa como una constante en nuestros razonamientos y actitudes.

¿Nos han educado así? ¿O está en nuestros genes esa insufrible necesidad por creer que nuestra verdad «es la única posible en todo el universo»? Señalan los sociólogos que, en los últimos años, nuestras opiniones se están radicalizando. No basta con tener una opinión sobre algo, esa visión sobre determinadas cosas las llevamos ya a unos elevados altares donde defenderlas a capa y espada.

No cedemos, no dejamos espacio a la duda y aún menos al comentario opuesto a mi visión sobre el mundo. ¿Cuál es la razón de toda esta dinámica emocional y conductual?

Nos han educado para tener miedo al error

El error, hasta no hace mucho, se escribía en boli de color rojo. Un fallo a la hora de sumar, de escribir un dictado se señalaba de manera llamativa y se grababa en nuestras retinas. El error cometido a veces iba seguido de una reprimenda, sobre todo si nuestros padres carecían de inteligencia emocional y sabiduría en materia de educación y crianza.

  • Hemos crecido relacionando el acierto con el refuerzo, con esa dosis de positividad que inflaba nuestra autoestima. De este modo, quien está en lo cierto, se crea una autoimagen emocional más segura y puede mirarse al espejo con orgullo y complacencia.
 
  • El equívoco, por contra, tiene el pinchazo de la frustración y de la vergüenza y, por tanto, es eso que es mejor evitar a toda costa. Porque aún no hemos asumido que el fallo es también una oportunidad de aprendizaje y crecimiento. También, que escuchar al otro y saber disentir nos enriquece de manera determinante.

No me toques la autoestima, mis creencias son mis posesiones

Una de las razones de por qué queremos tener siempre la razón se debe a una de nuestras más preciadas posesiones: la autoestima. Es esa frágil dimensión que, a la mínima, se desinfla, pierde fuelle y hace que nos vengamos a bajo.

Nuestras creencias son nuestras posesiones y cuidado con quien ose ponerlas en duda. Es más, si en algún momento alguien me hace dudar y hasta yo mismo siento que se están poniendo en jaque mis verdades, recurriré a sofisticados mecanismos de defensa para ponerlos a salvo.

Son esas situaciones en que hacemos usos de los sesgos para mantener protegidas nuestras creencias, aunque sean insostenibles, aunque sean tan frágiles como un hilo de seda.

La mala gestión de nuestras emociones

«Si nos pinchan, ¿acaso no sangramos?» decían en el Mercader de Venecia de Shakespeare. «Si nos quitan nuestra verdad… ¿acaso no sufrimos?» podríamos decir en este mismo contexto. Si nos preguntamos por qué queremos tener siempre la razón es inevitable hablar de egos, de inmadurez emocional y de esa mala gestión de la contradicción y la frustración.

Todos hemos visto a adultos reaccionando como niños de tres años cuando alguien les lleva la contraria. No todos gestionan bien el desacuerdo, no todos ven con buenos ojos asumir un fallo propio o un enfoque erróneo. Es algo que duele como una herida que necesita tiritas y paños calientes.

 
Niño enfadado

Si siempre queremos tenemos la razón, lo único que lograremos es sufrimiento

¿Qué prefieres tener siempre la razón o ser feliz? Si tu respuesta es la segunda es momento de aceptar un hecho innegable: es imposible tener bajo tu poder la verdad de todo. Es más, y que esto sea así, no es el fin del mundo. Es, en realidad, un ejercicio de humildad, sabiduría y sobre todo… de bienestar.

A veces, no somos conscientes de la gran cantidad de energía y de tiempo que perdemos defendiendo lo indefendible. Hay ocasiones en que vale la pena bajar de nuestro pedestal, escuchar opiniones opuestas y entonces decidir. Abrirnos al ejercicio de la escucha es una maravillosa oportunidad para aprender y reforzar lazos.

Quien es capaz de desapegarse de la necesidad de tener razón hace uso de la empatía, esa que tanto nos falta en los tiempos actuales.

Lo queramos o no, se vive mucho mejor diluyendo el ego para reforzar la comprensión, la apertura, la sensibilidad y el descubrimiento de que no hay una sola verdad. Hay tantas que es de necios quedarse con una sola. Vale la pena recordar que, si queremos tener siempre la razón, sufriremos inmensamente. No vale la pena, es cuestión de tiempo darnos cuenta de ello.