Reflexiones de funeral

22 octubre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Marcelo Ceberio
Cuando un ser querido fallece, reflexionamos sobre la importancia de la vida, sobre cuánto tenemos que valorarla y que poco lo hacemos, sobre los afectos y todo aquello que dejamos para más adelante. El doctor en psicología Marcelo Ceberio nos habla sobre ello.

Las muertes, principalmente de personas que conforman nuestro entorno querido (amigos, familia, compañeros de trabajo, etc.), nos ponen frente a nosotros, frente al dolor de la pérdida y la angustia como una gran “emoción cicatrizante” de la herida que nos deja.

Pero, a la vez, en los espacios en los que se velan a las personas que han fallecido se elucubran las más variadas reflexiones acerca de la vida. Yo las llamo reflexiones de funeral.

Mujer llorando por duelo

La muerte

No nacimos preparados para la vida, por lo que mucho menos estamos preparados para la muerte. Sobre ella existen diferentes concepciones, desde las posiciones que entienden a la vida como una transición hacia la muerte y, en realidad, se vive cuando morimos hasta aquellas más materialistas que entienden que la vida es esta y cuando fallecemos se acabó todo.

La muerte se conciencia cuando hay sensación de finitud.

El hombre es el único ser viviente que tiene conciencia de la muerte y, por tanto, siente miedo de su aparición. Sin embargo, el ser humano nace sin conciencia de su futuro deceso, la cual prospera en la medida que crece: la declinación y degradación biológica paulatina parece acompañar al proceso cognitivo de darse cuenta que la vida es finita: nacer, crecer, desarrollarse, reproducirse, declinar y morir.

Experimentar sensaciones de muerte es un hecho totalmente subjetivo. Hay personas que viven las pérdidas de una manera trágica y las hay que mantienen un temple casi estoico.

Estas reacciones dependen no solo de la atribución que se le otorga a la muerte y a la persona que falleció, sino también del grado de expresividad emocional que posee la persona. Hay personas que se defienden o se bloquean a la hora de expresar cómo se sienten, mientras que hay otras que son más libres para permitirse llorar y expresar la angustia de manera más descarnada.

La finitud y la trascendencia son conceptos que van unidos. Trascender implica perdurar después de la muerte, es decir, dejar una huella que se manifiesta en las generaciones subsiguientes. No solo valores materiales sino aquellos filosóficos, afectivos, de experiencia y aprendizaje son trasmitidos y otorgan cierto sentido de inmortalidad a la persona fallecida.

No obstante, la trascendencia posee cierta intensidad que puede decaer en la medida que pasa el tiempo. Y esa es la verdadera muerte, puesto que durante un tiempo y de acuerdo al legado que ha dejado la persona fallecida, esta sobrevive en los recuerdos. Después se irá lentamente muriendo en la memoria de la gente, en la memoria de los familiares y amigos, hasta que gradualmente desaparecerá por completo.

Pareja

Aceptar la pérdida

A la pérdida le sigue un período de luto y aflicción, un proceso de duelo que puede durar meses o en casos patológicos no terminar nunca. En este sentido, no existen patrones de tiempo, ya que el duelo dependerá de multiplicidad de factores, desde la posibilidad de expresar las emociones, haber logrado despedirse de la persona, cerrado el vínculo y la aceptación de la muerte o el nivel de negación sobre la misma, entre otros.

Entre estos factores y el tiempo de duelo existe una relación directamente proporcional: cuanto mayor haya sido la expresividad, la aceptación y la despedida, más rápidamente la persona sobreviviente se repondrá y saldrá de la situación de duelo. Cuanto mayor negación, resistencia a despedirse y a expresar las  emociones, mayor será el período de duelo.

Aceptar la pérdida implica que en la antesala de la muerte, explícita o implícitamente, se logre realizar una despedida plena en la que se pueda manifestar todo lo que el moribundo deja en la vida. Este vaciamiento implica soltar a la persona. Implica no solo liberarla, sino la propia liberación del egoísmo de posesión afectiva. Este desligamiento sugiere el ingreso en una nueva puerta de la relación.

Mucha de esta aceptación tiene que ver con el tipo de muerte. Hay muertes que son sorpresivas y muertes que son producto de un largo proceso de deterioro.

En este tipo de muertes imprevistas, los familiares, principalmente, no pueden comprender lo que sucedió. Se preguntan una y otra vez por qué e intentan otorgar una respuesta a una situación que no posee explicación alguna y que aunque la tuviese, tampoco sería suficiente para mitigar el dolor. Las personas no aceptan y no toman consciencia de los sucedido: «pero… si estaba bien», «tenía una salud que era un roble», «¿Por qué a nosotros?»…

Situaciones y sensaciones opuestas se vislumbran en aquellas muertes que son el resultado de un largo proceso de enfermedad.

  • Las enfermedades terminales o neurológicas, entre otras, hacen que la persona pase por sucesivas internaciones, idas y vuelta de clínicas, visitas a médicos y un sin fin de interminables tratamientos que alimentan las expectativas de vida en el paciente y su familia.
  • La persona enferma se consume paulatinamente y de la misma manera su entorno afectivo que, por una parte, desea que se acabe el calvario del protagonista y el propio mediante el fallecimiento que le otorgue paz a todos.

Sea como fuere la muerte, lo cierto es que la pérdida de un ser querido es uno de los acontecimientos más estresantes de la vida.

La muerte duele por la pérdida en sí misma, por la pérdida de la persona, por el afecto y las cosas compartidas que se lleva y porque la muerte del otro siempre nos muestra nuestra muerte futura.

Reflexiones sobre los tiempos de funeral

Los tiempos de funeral se han reducido notablemente puesto que ya no son los maratones de 12 horas con una romería de gente despidiéndose y saludando a los deudos, entre café y conversaciones filosóficas acerca de la vida: «no somos nada», «yo hablé ayer con él», «¡increíble!», «Osvaldito era un capo», «pero era tan deportista», «siempre tan medida en las comidas de que le sirvió», «pobre Aída, siempre se estresaba por cada tontería», «tenemos que cambiar», «no se puede vivir así…».

La muerte exprés sin velatorio y con cremación ha anulado uno de los momentos más reflexivos que tenemos los seres humanos, ya que, paradojalmente, cuando más hablamos de la vida es en las situaciones de muerte, como en un funeral.

Mujeres en un funeral

Allí tomamos conciencia de la importancia de la vida y de cuánto debemos valorarla. Es como si hiciésemos un punto y coma momentáneo y compartiéramos las cosas que dejamos de lado o postergamos y a las que deberíamos dar preeminencia.

En un funeral, hablamos de la importancia de los afectos, la familia, los amigos, del abrazo cálido, de la gente que nos quiere y que está incondicionalmente a nuestro lado y a la que, en el día a día, no les damos el lugar que se merecen.

Decimos que nos tenemos que tranquilizar y vivir más calmados porque, a veces, creamos problemas por estupideces (claro, al lado de la muerte, todas las cosas adquieren el estatus de estupidez). Que debemos tener una vida en la que disfrutemos más y trabajemos menos, que podamos reírnos y no impongamos en nuestro rostro un malhumor estereotipado.

También decimos que tenemos que dejar de fumar (y más cuando la persona se murió de cáncer), abollamos el paquete de Marlboro y nos hacemos la firme promesa de abandonar el vicio. Nos miramos nuestro abdomen prominente y nos juramos que vamos a caminar 40 minutos diarios y que también haremos una dieta saludable.

Filosofía mundana sobre la vida surge en un intento desesperado de aferrarse a la vida en medio de la situación de muerte, porque tal situación nos refleja nuestra propia finitud. Entonces reflexionamos agarrando la vida con todo y la valoramos férreamente, no vaya a ser que la muerte nos asalte por sorpresa.

Lamentablemente, estos pensamientos duran lo que dura un suspiro. Cuando salimos del velorio o termina el funeral, nos montamos en el coche, aceleramos más de lo normal porque estamos apurados por llegar al trabajo, y en la primera bocacalle el chofer del autobús, un grandote prepotente, nos atraviesa su vehículo y hace que lo insultemos desaforadamente.

Casi al borde del ataque continuamos nuestro recorrido al ver la contextura física del conductor, porque tenemos un rapto de cordura y no queremos ir a terapia intensiva del hospital mas cercano…

La ansiedad genera que inmediatamente rescatemos un cigarrillo guardado en la guantera y lo fumamos desesperados como preso en un penal. Luego alterados, cuando llegamos al trabajo, nos peleamos con alguien de la oficina y en pleno proceso de ansiedad y tensión, al mediodía nos comemos una milanesa con patatas fritas: ¡una fritura con aceite de mala calidad de colesterol!

Reflexiones de funeral. Siempre les recomiendo a los pacientes que perduren esas reflexiones y fundamentalmente que no hace falta que alguien se muera para cambiar nuestra forma de mirar el mundo y nuestra vida en él. Expresar la reflexión no es el problema…. el problema es llevarla a cabo.