¿Sabes lo que pasa cuando etiquetas a una persona?

"Vago, quejica, engreída, alto, bajo, demasiado sensible, perdedora, torpe...". ¿Te han etiquetado alguna vez? Es más... ¿Te has etiquetado a ti mismo en alguna ocasión? Pocas realidades son más lesivas que categorizarnos entre nosotros.
¿Sabes lo que pasa cuando etiquetas a una persona?
Valeria Sabater

Escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater.

Última actualización: 11 septiembre, 2022

Si tuvieras que usar una palabra para definirte, ¿cuál sería? Es cierto que no es fácil comprimir en un término la percepción que tenemos de nosotros mismos. Sin embargo, hay a quien no le cuesta demasiado hacerlo porque desde que era pequeño lleva arrastrando un “sambenito”, es decir, una etiqueta que definía como lo percibían los demás.

“Carlos es como su padre, muy serio y cerrado”. “Andrea es lista, pero poco habladora”, “Juan es lento y desordenado”, “Beatriz es traviesa y una cabeza loca”. Admitámoslo, pocos actos hay menos pedagógicos (y comunes) que colgar este tipo de etiquetados arbitrarios en esas edades tempranas, en las que no tenemos filtros y lo que es peor, damos veracidad a todo lo que nos llega.

Etiquetar es prejuzgar y asignar una serie de expectativas a las que muchos terminamos ajustándonos desde pequeños. Interiorizamos narrativas externas y las hacemos propias, las engullimos y diluimos en nuestra personalidad casi sin darnos cuenta. Si nos vamos al territorio clínico, hay un hecho que apreciamos con elevada frecuencia.

Son muchas las personas a las que no les cuesta demasiado definirse a sí mismas. “Soy una persona deprimida y sin aspiraciones”-dicen muchos-. Y efectivamente, su actitud, su estado emocional y su conducta así lo atestigua, pero el origen está muchas veces en esos mensajes dañinos proyectados desde el propio entorno del paciente…

Muchos nos definimos por etiquetas que otros nos proyectaron o que nosotros mismos interiorizamos. Estas presencias dañinas son las que originan las creencias autolimitantes.

Niño triste mirando por la ventana simbolizando el efecto dañino de cuando etiquetas a una persona
Casi sin darnos cuenta proyectamos con nuestro lenguaje etiquetas y expectativas a los niños que pueden ser dañinas para ellos.

Cuando etiquetas a una persona su autopercepción cambia

Las etiquetas son ese primitivo mecanismo que nos permite delimitar (simplificar) la realidad. Cabe señalar que es algo práctico, un recurso esencial para nuestro cerebro con el que poder dar sentido a un mundo casi siempre complejo y difuso. Categorizar, además, nos aporta una clara sensación de control. Es como tener unos puntos cardinales con los que orientarnos en distintos escenarios.

Sin embargo, y aquí llega el problema, cada vez que etiquetamos algo o a alguien solemos identificarlo también como bueno o malo. Porque el lenguaje no es neutro, tiene un significado y también implicaciones. Si decimos que una persona es “tóxica”, lo que haremos a continuación será intentar no interactuar con ella. Si señalamos que un niño es “lento”, ya asumimos que su aprendizaje no será el óptimo.

Las personas no somos del todo conscientes de la facilidad para etiquetar o formarnos una primera impresión que luego tendemos a confirmar. Esas respuestas rápidas con las que intentar tener un control sobre la realidad es un tema que viene estudiándose desde 1930. Fue el lingüista Benjamin Whorf quien explicó que las palabras que usamos para describir lo que vemos rara vez son objetivas, sino que están cargadas de sesgos.

Asimismo, esta costumbre tan nuestra tiene serias consecuencias. Porque cuando etiquetas a una persona niegas su complejidad, su derecho al cambio, su riqueza como ser humano…

Destruir autoconceptos vs. Efecto Pigmalión

Hablábamos de ello al inicio. Si hay una práctica recurrente es la de usar adjetivos calificativos en nuestro día a día con los pequeños. Pensemos, por ejemplo, en la mamá o el papá que le dice a su niño aquello de “mira que eres pesadito, cariño, ¿no te das cuenta de que eres un protestón y de que te quejas por todo?“. En esta frase se dejan en evidencia dos etiquetas: pesado y quejica.

Ser pesado puede hacer que ese niño sienta que sus necesidades no son importantes. No le hacen caso porque se queja en exceso y asume, por tanto, que expresar lo que se necesita no es bueno. Su autopercepción da un giro y puede empezar, en consecuencia, a devaluarse a sí mismo.

También puede darse el caso contrario. Muestra de ello es un estudio muy conocido realizado por los doctores Robert Rosenthal y Lenore Jacobson. En este trabajo llevaron a cabo un llamativo experimento. A un grupo de profesores les indicaron que determinados estudiantes de una de sus aulas eran más inteligentes que la media (cuando, en realidad, no había ninguna prueba de que fuera así).

Después de darles esa información, los investigadores volvieron a final de curso escolar. Descubrieron que esos niños, a los que habían designado como más brillantes, evidenciaban entre 10-15 puntos más de cociente intelectual que sus compañeros.

El efecto Pigmalión y el etiquetado positivo hizo su efecto. Los profesores dieron validez a esa idea, a esa falsa etiqueta que les aportaron los investigadores. Esto hizo que trataran de manera diferente a dichos alumnos. Esa preferencia, esa atención y confianza en ellos dio sus frutos.

El etiquetado puede actuar como profecía autocumplida, es decir, cuando creemos que algo que dicen sobre nosotros es real, le acabaremos dando validez con nuestras creencias y conductas.

escena laboral para representar lo que sucede cuando etiquetas a una persona
En todo escenario social son comunes los etiquetados y categorizaciones.

Las etiquetas son túneles que cierran nuestras realidades

Cuando etiquetas a una persona, como ya sabemos, puedes reforzarla o devaluarla. Pero tristemente, lo que más se practica en la sociedad actual es esa categorización poco amable, escasamente útil y nada pedagógica. Si en nuestro día a día ya nos encasillan según raza, género, clase y orientación sexual, también debemos lidiar con otras terminologías: “sensible”, “débil”, “ingenuo”, “egoísta”, etc.

La mayoría de las etiquetas dañan porque están cargadas de sesgos y prejuicios. En realidad, esas terminologías definen más a quien las dice que quien las recibe. Porque quien se sirve de ellas tiene una perspectiva de la realidad muy limitada: ve lo que cree, no lo que realmente es. Sin embargo, en su intento por tener bajo control la complejidad de las personas, todo lo distorsiona, todo lo reduce a lo que no es.

Procuremos tener una visión de la vida, las personas y los eventos un poco más abierta y flexible. Evitemos la etiqueta fácil y rápida, cuidemos el lenguaje, que tanto daño hace sin que nos demos cuenta. Y procuremos, además, desactivar y retirar todo ese arsenal de etiquetas que se encuentran adheridas en nuestro interior.

Esas que otros nos colocaron y a las que dimos validez… Evitemos que se conviertan en profecías autocumplidas.

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