Una pastelería en Tokio: la belleza de lo cotidiano

28 mayo, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
Una pastelería en Tokio se cocina despacio, disfrutando de los aromas y de los sonidos que desprende la pequeña cocina. Como la vida misma, pretende recorrer un sendero en el que lo efímero y lo bello van de la mano, los pequeños detalles y nuestro paso por el mundo cobran sentido..

La cineasta japonesa Naomi Kawase posee una interesante trayectoria en el mundo del largometraje y acumula importantes reconocimientos nacionales e internacionales. En el año 2015, nos brindó Una pastelería en Tokio, un filme en el que, aunque no ocurre nada excepcional, nos invita a conectar con el mundo, con lo cotidiano. La belleza del filme radica en su sinceridad, en la delicadeza y el detalle con el que se narra la historia.

El cine puede ser visto como un elemento de puro entretenimiento; sin embargo, no debemos olvidar que no deja de ser una forma de arte, arte de contar historias. Kawase sabe muy bien la historia que nos quiere contar y lo hace de la mejor manera en Una pastelería en Tokio.

La película recibió el aplauso de la crítica, pero también contó con un notable éxito en taquilla. ¿El secreto? Lo universal, la universalidad del sentimiento que se percibe ya desde los primeros minutos del metraje.

Además, Una pastelería en Tokio conecta con la cultura japonesa, con el simbolismo de esos cerezos en flor que, constantemente, nos recuerdan lo efímero de la belleza y de la propia vida. De manera pausada, sin sobresaltos, pero perfectamente detallada, el filme nos conduce por el sendero de la vida, mostrándonos la belleza de las pequeñas cosas.

«Los cerezos en flor nos recuerdan a la muerte. No conozco ningún otro árbol cuya floración sea tan espectacular, pero lo curioso es que sus pétalos se desprenden muy repentinamente. Puede que por esa razón la floración de los cerezos nos resulte tan fascinante. Es posible que el proceso sea un reflejo de nuestra propia vida».

-Naomi Kawase-

Aceptarse y aceptar al otro

Una pastelería en Tokio nos sitúa en un Japón muy distinto al que estamos acostumbrados a imaginar. Sí, estamos en Tokio, pero no en el Tokio frenético inundado por las nuevas tecnologías, sino en el Tokio más humano.

En este escenario, que se reducirá especialmente a la pequeña pastelería, nos presentan a tres personajes bastante solitarios: Sentarō, el encargado del negocio; Tokue, una anciana cuyo deseo es trabajar en la pastelería; y, finalmente, Wakana, una joven con bastantes conflictos con su madre.

Estos tres personajes parecen asociarse a tres etapas de la vida: juventud, mediana edad y tercera edad. Por lejanos que nos parezcan en edad, lo cierto es que los personajes logran cierta conexión entre ellos, cambiando su modo de ver el mundo.

Personajes absolutamente cotidianos con distintas batallas que enfrentar en su día a día terminarán por aprender del otro, por aceptarse a sí mismos y al mundo que les rodea. Sobre Sentarō pesa la sombra de su oscuro pasado, Wakana todavía busca su lugar en el mundo, mientras Tokue ya posee un largo recorrido y conoce de buena mano la marginación.

Tokue tratará de convencer a Sentarō de que la contrate y, cuando finalmente lo logra, sus dorayakis, el dulce japonés que prepara la pastelería, se convierten en un rotundo éxito. Sin embargo, cuando los clientes conozcan a Tokue, comenzarán los rumores acerca de su enfermedad, la lepra; por lo que Sentarō se verá obligado a despedirla. Así, sin que ocurra nada demasiado sorprendente, la película da paso a una serie de circunstancias cotidianas plagadas de mensajes.

El rechazo, la soledad, la marginación, la aceptación del propio yo y de la otredad serán algunos de los temas que se tratan en Una pastelería en Tokio, pero siempre desde la naturalidad y la sencillez.

Los sonidos de la naturaleza y los de la vida cotidiana cobrarán un importante peso en esta narración, el viento que agita las flores de los cerezos, el vapor que sale de la pasta de judías, los sonidos de la cocina… Todo está dotado de un realismo y un detalle fantástico que envuelven al espectador en la belleza de la vida, de lo común.

El filme deja a un lado los sobresaltos y actúa como nuestra propia vida, a veces, en lo cotidiano, no ocurre nada excepcional. Nuestras conversaciones pueden versar sobre temas verdaderamente distintos, que van desde lo más trascendental hasta cómo preparar una comida en concreto. Así, Una pastelería en Tokio construye un filme en el que todos tienen algo que aprender, incluso los espectadores.

Tokue, una mujer con un pasado marcado por el estigma de la lepra y por el sufrimiento, se revela como una presencia positiva, que a pesar de su edad todavía cree que puede ser de utilidad. Los jóvenes, por su parte, se muestran más taciturnos, Sentarō en especial, pero se contagiarán de la magia de Tokue, de ese saber apreciar la vida, valorar las pequeñas cosas, vivir sin prejuicios y con tranquilidad.

Persona mayor paseando

Una pastelería en Tokio: la importancia de los sentimientos

Casi parece que podemos percibir el aroma de la pasta de judías, el sabor de los dorayakis y el viento acariciando nuestra piel. El propio escenario, el mundo real, se comporta como un personaje más.

Se produce cierta conexión con los elementos de la naturaleza, el pájaro que posee Wakama actúa como una especie de reflejo de la joven, enjaulado, como ella, sin lograr desprenderse de los barrotes; las flores de cerezo acompañan a Tokue en su caminar por la vida, desprendiéndose lentamente de este mundo, pero de una forma cuasi poética.

Esas flores de cerezo forman parte de la cultura japonesa, simbolizan lo efímero de la vida y han dado lugar a innumerables haikus, es decir, poemas breves de la tradición japonesa que, con pocas palabras, logran condensar emociones y sentimientos. Tokue nos muestra la importancia de hacer las cosas con amor, con cariño y, por supuesto, con paciencia. Preparar el anko, la pasta de judías que se utiliza para los dorayakis, no debe ser una labor frenética que se realice con prisas.

Tokue habla con los alimentos, comprende que necesitan su tiempo. En un mundo en el que parece que siempre vamos con prisas, que priorizamos la rapidez ante la calidad, la anciana nos recuerda que la vida, como la cocina, requiere de paciencia, de calma y de disfrute.

Tokue no siente ansiedad al ver que la pasta de judías está llevándole demasiado tiempo, sino que se sienta pacientemente a ver cómo se va haciendo, se deja llevar por el aroma que desprenden los alimentos y los sonidos del ambiente. Así, a través de una simple receta, nos brinda una auténtica lección de vida, nos enseña a valorar los detalles, a disfrutar de cada momento y a aguardar pacientemente.

Hombre haciendo pasteles

Los personajes lucharán contra la incomprensión, tanto externa como propia, comprenderán que nuestro paso por el mundo, como el de las flores del cerezo, es efímero y pende de un hilo. De esta manera, Una pastelería en Tokio pone ante nuestros ojos una verdad universal, pero que parece que hemos olvidado. La naturaleza habla y sigue su curso, mientras nosotros estamos demasiado ocupados con nuestras prisas y el frenetismo de nuestra vida olvidando, a veces, que somos parte de esa misma naturaleza.

Como un haiku, Una pastelería en Tokio condensa en pocas palabras lo que realmente significa nuestra estancia en el mundo, la importancia de las emociones y de la aceptación. Las sensaciones traspasan la pantalla y las lecciones de Tokue nos invitan a reflexionar sobre nuestra propia vida y la forma en la que nos relacionamos con la realidad.

Con paciencia y delicadeza, Kawase nos regala esta pequeña pieza de lo cotidiano que nos recuerda que, aunque pertenezcamos a culturas muy distintas, hay sentimientos que son universales.

«¿Sabe jefe? Hemos nacido en este mundo para verlo, para escucharlo. No importa en qué nos convirtamos. No hace falta ser alguien en la vida. Cada uno de nosotros le da sentido a la vida de los demás”.

Una pastelería en Tokio