Una visión sobre el cortejo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 4 agosto, 2013
Gema Sánchez Cuevas · 4 agosto, 2013

Motivados por la fuerza del amor, fragmentos del mundo se buscan entre sí para que pueda haber un mundo” (Pierre Theilard de Chardin)

 La secuencia de flirteo formada por una actitud tímida, el ladeo de la cabeza, el pecho hacia delante y la mirada penetrante es probablemente parte de un repertorio estándar de gestos humanos que utilizado en determinados contextos ha ido evolucionando estableciéndose como código para atraer a la pareja.

En este artículo os ofrecemos la visión de dos grandes investigadores sobre el proceso de cortejo y seducción, constituyendo una serie de esquemas generales de conducta.

Las fases del cortejo

David Givens, antropólogo y Timothy Perper, biólogo, pasaron cientos de horas en reuniones sociales en Estados Unidos observando los procesos de seducción entre hombres y mujeres, llegando a afirmar que existía un esquema general de conducta en el proceso de flirtear. Y aunque no todo el mundo cumple con la totalidad de los esquemas aportados por Givens y Peper, hay muchos datos que indican que algunos de estos modelos son comunes a toda la humanidad.

Según estos investigadores el cortejo se compone de diversos estadios, cada uno formado por etapas progresivas. Así, podemos distinguir en este proceso cinco fases:

Llamar la atención. En esta primera fase tanto los hombres como las mujeres utilizan técnicas diferentes. Al entrar en un establecimiento lo primero que harán será marcar su territorio como un asiento, un espacio para apoyarse, etc. y una vez instalados comenzarán a llamar la atención hacia ellos. Los gestos más simples durante esta fase serán sobreactuados.

Así los hombres tenderán a avanzar y mover los hombros, estirarse, pasar el peso del cuerpo de un pie a otro de modo ondulante, exagerando generalmente sus movimientos corporales. En los hombres jóvenes el balanceo hacia delante y hacia atrás es muy típico, mientras que los hombres de más edad presentaran recursos diferentes como la visibilidad de ropas costosas u adornos que indiquen éxito. Reduciéndose todas las señales a un mensaje básico: “Aquí estoy; soy importante; soy inofensivo”.

Las mujeres en este caso utilizan maniobras o señales muy similares a las de los hombres como sonreír, mirar fijamente, balancearse, cambiar de pie, estirarse, etc. incorporando además una serie de gestos femeninos como enredarse los dedos en el cabello, torcer la cabeza, reír nerviosamente, levantar las cejas, alzar los ojos con timidez, sonrojarse, humedecer los labios u ocultar la cara para enviar la señal de “estoy aquí”. Incluso, utilizar una forma característica de caminar arqueando la espalda, empujando hacia delante los pechos y contoneado sus caderas.

Reconocimiento. Esta fase comienza cuando se encuentran las miradas, y uno de los dos amantes potenciales reconoce la maniobra con una sonrisa o un pequeño cambio de postura corporal, encontrándose la pareja en condiciones de iniciar una conversación, pudiendo ser el comienzo de un idilio.

Charla. La conversación implica mayor riesgo que el reconocimiento, distinguiéndose porque casi siempre las voces se vuelven más agudas, suaves y acariciantes.

La charla de enamorados comienza con comentarios inocentes, frases para romper el hielo, cumplidos o preguntas. Importando muchas veces en esta fase, no lo que se dice sino cómo se dice; ya que desde el primer momento que uno de los dos abre la boca para hablar, delata sus intenciones por medio de entonaciones e inflexiones.

Hablar resulta peligroso porque no solo desvelamos nuestras intenciones, sino nuestro ambiente social, educación y las diferentes idiosincrasias de nuestro carácter que pueden atraer o repeler al otro en instantes. Así, si una pareja sobrevive a esta embestida y ambos comienzan a escuchar activamente al otro, casi siempre pasan a la etapa siguiente: el contacto físico.

Contacto físico. Esta fase comienza con señales de intención, pequeños gestos que a primera vista pueden parecer insignificantes pero que guardar un significado muy importante como inclinarse hacia adelante, apoyar un brazo o un pie próximo a la otra persona, rozar ligeramente una parte del cuerpo socialmente aceptable del otro, etc. Por regla general, la mujer toca primero, rozando con la mano el cuerpo del otro de modo casual pero perfectamente calculado.

El tacto es el sentido que cobra mayor importancia en esta fase. De modo que si la pareja continúa conversando y tocándose – mirando fijamente, flirteando, sonriendo, balanceándose- suelen alcanzar en general la última etapa del cortejo.

Helen Fisher se refiere a lo que acontece en esta fase así:

La piel humana es como una pradera en la que cada hoja de hierba equivale a una terminación nerviosa, sensible al más leve contacto, y capaz de dibujar en la mente humana el recuerdo del instante. El receptor percibe este mensaje de inmediato. Si vacila, la seducción se terminó. Si retrocede, por poco que sea, la emisora puede no intentar tocarlo nunca más. Si no se da por aludido, tal vez ella lo toque otra vez. Pero si se inclina en su dirección y sonríe, o si retribuye el contacto con un contacto deliberado, han superado una barrera enorme, bien conocida en la comunidad animal.”

Sincronía física total. Esta fase es la más enigmática del proceso de seducción. En ella los enamorados en potencia comenzarán a sentirse cómodos, sincronizando y desincronizando sus movimientos continuamente, moviéndose con un ritmo perfecto mirándose profundamente a los ojos.

Incluso dicen que cuanto mejor mantenga una pareja el ritmo, más probable es que luego se lleven bien, constituyendo la sincronía corporal un pilar fundamental en muchas interacciones sociales.

A medida que nos sentimos atraídos por otro, comenzamos a compartir un ritmo.

Bibliografía utilizada:

Fisher Helen E. (1992) Anatomía del amor. Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio. Barcelona: Editorial Anagrama.

Imagen cortesía de Max Burow