Ya sabía lo que iba a pasar

Sergio De Dios González · 21 noviembre, 2012

¿Seguro? Piénsalo bien. Cuantas veces has escuchado esta frase en boca de otros o cuantas veces has lamentado haber hecho algo después de haber experimentado sus consecuencias desastrosas. Piensen en esa chica que ha sido violada porque volvía caminando por la noche a casa, en ese empresario que le dio una oportunidad a una persona sin experiencia, en el señor o señora que colgó la ropa que terminó en el patio con una sola pinza por culpa del viento o en el suegro que invierte en el descabellado negocio que le propone su yerno sin estudios. ¿Cómo no vieron lo que sucedería?

A menudo no nos damos cuenta de que nuestros juicios son un poco tramposos y que cuentan con la ventaja de saber el resultado. Incluso podemos llegar a pensar que la chica tiene parte de culpa de lo que le ha sucedido porque ya sabía lo que iba a pasar.  Si yo ya lo sabía, ella seguro que también lo sabía ¿y aún así lo hizo? Así que en realidad se expuso porque quiso, luego … también es que se lo buscó. ¿Culpable? ¿Tonta? ¿Confiada? ¿O quizá: a mí no me habría pasado porque yo antes de volver sola a casa pido un taxi… Es que si vuelves sola pasa lo que pasa. Si es que, ya lo sabía yo. Un momento, volvamos atrás. La chica sale de la discoteca y mira el reloj.

Es ya muy tarde y si no llega pronto a casa sus padres la van a matar. Busca con la mirada un taxi pero no lo encuentra. Entonces observa que uno de los chicos que va con ella a clase decide en ese momento irse para casa y para su fortuna va en su misma dirección: alguna vez le ha visto por el barrio y vive casi al lado. Se acerca a él y le propone que vayan juntos. El chico sonríe y acepta. Al principio se muestra muy amable e intenta seducir a la chica.

Pero la chica no le hace caso, sólo piensa en llegar pronto a casa. Cuando llegan a la altura del portal de él, este hace un último intento de besarla. Al no lograrlo deja de ser un caballero y decide quedarse en casa en vez de acompañarla. Ella mira el reloj, ve que es tardísimo y que por allí no va a pasar ningún taxi. Viendo que la calle está bien iluminada decide apresurarse y hacer el camino que le resta andando. A pesar de que es de noche, en realidad no siente miedo.

Tiene mucha prisa, está cerca de su casa y la sensación de estar en su barrio le da seguridad. ¿Sabes cómo termina la historia? Claro, ya lo leíste antes, pero ahora supongo te parece menos probable el final, o menos temerario e ilógico el comportamiento de la chica. Sin embargo, ella se siente muy culpable. A pesar de que ha vivido en primera persona todo lo que en realidad ha pasado, su mente a la hora de hacer un juicio lo ha simplificado.

Su memoria únicamente trae a su conciencia parte de lo que ha sucedido (curiosamente solamente aquello que hacía más probable el final): ha vuelto sola a casa cuando sus padres y los periódicos le han dicho muchas veces que a las chicas que vuelven solas por la noche les pasan esas cosas. Lo peor es que: al hecho traumático que ha vivido va a tener que añadir: la carga de este propio sentimiento de culpa, la culpabilización de las personas que la quieren y la del resto del mundo porque TODOS SABÍAN YA lo que iba a pasar.

Así, reflexionando al hilo de esta historia, creo que seremos mucho más justos con los demás y con nosotros mismos si somos consientes de que, a la hora de hacer una valoración, nuestro cerebro muchas veces pasa por alto elementos de la realidad que sin embargo si tenemos en cuenta previamente, a la hora de tomar una decisión. Desgraciadamente, nuestra mente no recuerda que antes de que la policía encontrara al asesino no teníamos ni idea de quién era. Siempre, el mayordomo.