3 claves para evitar la mentira

Paula Díaz · 7 mayo, 2016

“Engañar es muy fácil. Yo lo hago hace más de 50 años y es extremadamente sencillo si sabes cómo hacerlo”. James Randi, uno de los mejores magos de la historia citaba estas palabras en una de sus entrevistas. Sin embargo, saber cómo contar una mentira, para que pase por verdad, no es una tarea sencilla. Especialmente porque nuestra mente se suele sentir incómoda al traicionar una de las características que a la mayoría de nosotros nos gustaría atesorar: la sinceridad.

Por otro lado, cuando alquien nos cuenta una mentira y le pillamos, es fácil que nos sintamos pequeños y vulnerables. Hacen que desconfiemos del mundo y que creemos una coraza de protección que nos rompe por dentro. Debido a ello, podemos perder la oportunidad de disfrutar de buenos momentos con grandes personas, al poner en duda todo lo que nos trasmiten.

Aprendemos pronto que la mentira es un camino demasiado fácil para obtener ganancias sin apenas esfuerzo y evitar represalias. Cuando se ha vuelto en nuestra contra una y otra vez, nos preguntamos, ¿por qué ahora va a decir la verdad?

En la Universidad de Los Ángeles en 2004 se llevó a cabo una investigación donde se concluyó que incluso las personas más sinceras mienten varias veces al día a la hora de llevar a cabo hábitos cotidianos. El resultado de este estudio determinó que casi todos mentimos, sin contar la ocultación de datos. Una forma mucho más sutil y aceptada de mentir.

“Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa”.

-Alfred Adler-

Perchas de pinocho

Establecer consecuencias firmes evita la mentira

Dentro de las relaciones personales y de la pretensión de construir un entorno congruente donde la mentira no sea la protagonista, los expertos coinciden en que la prevención es una de las claves. Pero, ¿qué sucede cuando ya nos hemos vuelto unos mentirosos profesionales? La única forma de evitar que una persona siga mintiendo es establecer consecuencias firmes que hagan que el sujeto en cuestión desista de seguir engañando.

Para ello, previamente al establecimiento de dichas consecuencias, el requisito indispensable es averiguar quién miente. Hoy en día muchos estudios sociales nos permiten herramientas y señales para llevarlo a cabo. El conocer las características que delatan a un mentiroso supone la clave para la prevención de estos.

Para comenzar, destacaremos uno de los principales rasgos de aquellas personas que ocultan información o alteran la verdad y es el estar constantemente a la defensiva. Debido a ello se muestran reacios a colaborar y dar explicaciones, evitando así mostrarse transparentes y sinceros. A continuación, si nos acompañas, profundizaremos un poco más en este tema.

El contacto visual

Es habitual que, a la hora de ocultar determinada información, nos bloqueemos tanto interiormente como exteriormente y nuestros gestos empiecen a parecer poco naturales. Así, las personas que nos conocen, aunque no sepan decir por qué, suelen tener la sensación de que ocurre algo raro. Es el hecho de que sospechen de nuestras palabras o lo atribuyan a otra causa a depender de muchos factores, desde nuestra “fama” al hecho de que lo que contemos sea más o menos verosímil.

De esta manera, los buenos y expertos mentirosos han aprendido a controlar en cierta forma su lenguaje no verbal o, si sienten que no son capaces de hacerlo, utilizan otros medios (una llamada, un correo electrónico, una nota…) para evitar que comiencen las sospechas.

Sin embargo, los que tienen una habilidad menor suelen emplear una expresión forzada y poco natural, evitando sentarse frente a quienes les preguntan y adoptando en cualquier caso una posición defensiva. En su mente imaginan muchas formas de que les pillen y por lo tanto se sienten en la obligación de estar preparados para intentar que esto no suceda.

Pareja sujetando un cartel con interrogaciones

Esquivando explicaciones y respuestas

Cuando mentimos, el emplear palabras imprecisas hace que nos distanciemos de los hechos. Además, esta faltas de detalles tiene el propósito de ponérselo difícil a alguien que se ponga a investigar de manera concienzuda aquello en lo que hemos mentido. Por otro lado, evita que ante una casualidad fortuita aparezca alguna contradicción que levante sospechas. Finalmente, el hecho de no dar detalles hace que tengamos que almacenar menos información en nuestra memoria.

Es cierto que todos, hasta los más sinceros, cometemos errores e imprecisiones. Pero está claro que si nos piden explicaciones no nos importará volver a llevarlas a cabo si es necesario. Por el contrario, cuando nos encontramos con una persona que miente, esta hará todo lo posible por no dar segundas explicaciones. Es habitual que se bloqueen incluso se le escapen datos que intente corregir rápidamente.

“El espíritu cree naturalmente y la voluntad naturalmente ama; de modo que, a falta de objetos verdaderos, es preciso apegarse a los falsos”. 

-Blaise Pascal-