3 fábulas chinas para reflexionar

Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 26 enero, 2019
Edith Sánchez · 26 enero, 2019
Las tres fábulas chinas que hemos elegido hablan de grandes valores. La primera alude a la solución de los problemas; la segunda, al respeto que se debe tener por el flujo natural de los procesos; y la tercera es una crítica a la vanidad del poder.

La mayoría de las fábulas chinas tradicionales fueron creadas hace varios siglos. Se han mantenido vigentes porque son una fórmula ideal para transmitir valores y hacer reflexionar, de generación en generación, de forma muy didáctica.

Casi todas estas fábulas chinas hablan del mundo rural. Se refieren a la vida campesina y a valores como el trabajo, la humildad y el respeto. Buena parte de ellas toma como punto de referencia a los reyes, los sabios y los hombres comunes. No obstante,pese a la antigüedad de esas historias, la mayoría de ellas tiene una enseñanza que puede aplicarse al mundo de hoy. Por eso, hoy hemos traído tres de esas fábulas chinas tradicionales con grandes moralejas.

Desde las alturas de la razón, la historia se parece a una fábula”.

-Théodore Simon Jouffroy-

1. Un hallazgo sorprendente

La primera de las fábulas chinas nos cuenta que había una vez un hombre muy trabajador, en una aldea de campesinos. Tenía unas tierras fértiles y, sin embargo, se veía limitado por un grave problema: no contaba con un pozo. El agua se encontraba muy lejos de su territorio y esto significaba grandes dificultades para él.

Todas las noches tenía que caminar más de tres kilómetros para ir hasta el pozo más cercano. Volvía muy tarde en la noche, con vasijas llenas de agua. Esto le permitía surtir sus necesidades básicas y alimentar la tierra, pero era demasiado agotador. Sus vecinos no le ayudaban.

Harto de esta situación, el hombre decidió cavar un pozo. Era un trabajo demasiado arduo para una sola persona, pero no tenía alternativa. Estuvo más de un mes en esa tarea y por fin lo logró: ahora tenía un pozo desde el que salía agua fabulosa. Un vecino curioso le preguntó por la tarea y el campesino le respondió: “Cavé un pozo y en el fondo encontré a un hombre”.

La noticia se esparció rápidamente por todos los rincones. Causó tal conmoción que el propio rey de aquellas tierras mandó llamar al campesino para que le explicara lo ocurrido. “Mi señor”, dijo él. “Antes de tener el pozo, mis brazos estaban siempre ocupados llevando y trayendo agua. Ahora, mis brazos están libres para trabajar la tierra: he recuperado a un hombre que soy”.

Planta creciendo

2. Los brotes que no crecían, una de las fábulas chinas

La segunda de las fábulas chinas nos dice que había una pequeña aldea, en un lugar muy remoto de la tierra. Allí había un hombre, algo codicioso, que vivía con su familia en relativa armonía. Era próspero en sus cosechas, aunque nunca estaba conforme con lo que obtenía.

En cierta ocasión, sembró el terreno con particular esmero. Quería obtener la cosecha de una semilla especial de trigo que le habían traído de tierras lejanas. Aseguraban que este era un trigo de mayor calidad, con espigas más gordas y un sabor estupendo. Por eso, el hombre ocupó todas sus tierras con ese cultivo y comenzó a hacer grandes planes hacia el futuro. Obtendría muchas ganancias y, quién sabe, tal vez podría comprar más tierras y vivir con mayores lujos.

Sin embargo, las semanas pasaron y las semillas apenas si habían florecido. Había unos cuantos brotes y, pese a los cuidados, crecían muy lentamente. Al ver esto, el hombre comenzó a desesperarse. No podía aguantar tanto. Por eso decidió hacer algo. Lo que se le ocurrió fue ir a halar las pequeñas plantas que estaban naciendo. Pensó que así les ayudaría a crecer.

A la mañana siguiente, todos los brotes amanecieron muertos. El hombre pasó por alto el hecho de que se trataba de una semilla especial y que esta necesitaba un tiempo mayor para crecer. No sabía que todo tiene su tiempo y que alterar los procesos de la naturaleza solo conduce al fracaso.

3. El príncipe y las palomas

Este era un reino en el que habitaba un príncipe muy noble y sabio. Cuenta la tercera de las fábulas chinas que en aquellas tierras había gran armonía. Todos amaban a sus gobernantes y estos siempre respondían con leyes justas y ayudas para que prosperaran. En aquel lugar había un ritual muy particular. Siempre que era Año Nuevo, los campesinos le obsequiaban palomas al príncipe.

Palomas volando

Justo por esas fechas, pasó por allí un forastero. El extranjero sintió curiosidad por ese extraño ritual. Presenció cómo llegaban gentes de todas partes con las palomas para el príncipe. Se quedó allí un rato, pues le intrigaba saber qué hacía el soberano con esos regalos tan particulares. Así fue como presenció el momento en el que el príncipe reunió a todas las palomas en una jaula y luego las liberó. Los presentes aplaudían y hacían venias.

Sin embargo, en aquella ocasión un anciano se abrió paso entre la multitud y respetuosamente pidió permiso para hablar. El príncipe lo escuchó con atención. El anciano le preguntó cuántas palomas había logrado reunir. El príncipe señaló que unas 200.

El anciano replicó: “Para traerte estas 200 palomas, los hombres salieron de cacería y mataron unas 600. ¿Qué mérito tiene ahora que liberes a las que quedaron vivas? El príncipe comprendió su error y prohibió el ritual. El forastero se llevó una gran lección de aquellas tierras.

Sin duda, estas fábulas chinas nos hacen reflexionar y, en ocasiones, invitan a cuestionar la visión que tenemos del mundo, de la sociedad y de nosotros mismos en general. Eso sí, sin olvidarnos que a cada cual le llegará el mensaje de una forma determinada.

  • Birrell, A. (2005). Mitos chinos (Vol. 12). Ediciones AKAL.