Con un abrazo tuyo el dolor se desvanece y la vida se reinicia (sincronicidad interpersonal)

Con un abrazo tuyo el dolor se desvanece y la vida se reinicia (sincronicidad interpersonal)

Valeria Sabater 25 junio, 2017 en Psicología 6198 compartidos
Pareja unida en un abrazo sintiendo un amor verdadero

Un abrazo es una danza de conexión fascinante. Es el lazo de los amantes que funden su piel para acariciar el corazón, es el refugio de dos amigos que reafirman su complicidad y también es el hogar del niño que necesita crecer en cercanía y seguridad. Pegado, muy pegado al pecho de su madre, a ese cuello de su padre donde duerme y sueña, unido, muy unido a esas personas que le dan raíces.

Afirman los terapeutas del baile que pocas cosas dicen más sobre nosotros que el modo en que nos abrazamos. Hay abrazos cortos, abrazos eternos y abrazos torpes, de esos donde uno no sabe muy bien dónde colocar las manos, dónde descansar la mejilla.

Son tantas las emociones que se destilan en ese cuerpo relajado o tenso, en esa espalda rígida o curvada, y en que cada movimiento, gesto y postura, que no es difícil leer el grado de timidez en alguno de los protagonistas; así como la inseguridad, la intimidad o el grado de pasión.

Ahora bien, tanto si somos auténticos doctorados en el arte de los abrazos como si los solemos evitar con la misma incomodidad que Sherlock Holmes en las narraciones de Arthur Conan Doyle, hay un dato que sin duda nos será de gran interés. En un estudio publicado en la revista “Neurosciencie News” se demuestra cómo un simple abrazo y esa mágica cercanía por parte de alguien que nos es significativo, puede reducir, por ejemplo, el impacto del dolor.

Los responsables de este trabajo, la doctora Simone Shamay-Tsoory y el profesor Irit Weissman-Fogel, lo llaman “sincronicidad interpersonal”, un término apasionante que conviene guardar en nuestra memoria porque vamos a oír y a leer bastantes cosas de esta dimensión en los próximos años.

leona con su cachorro

Basta un abrazo para sincronizarnos con las personas que amamos

A veces se nos olvida, pero la piel es el “órgano” más grande de nuestro cuerpo. Es un tejido fascinante, esas tres capas de células que conforman la epidermis, la dermis y la hipodermis actúan como barrera protectora, se regeneran cada mes y envían a cada instante decenas, miles de informaciones a nuestro cerebro.

Aún más, como dato curioso cabe recordar que la punta de nuestros dedos, la planta de los pies y nuestros labios, están diseñados para recoger la información más afinada, la más delicada y sensible de nuestro entorno.
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Decir por tanto que un abrazo es una auténtica alianza de los sentidos entre los seres humanos no es ninguna exageración, porque en este gesto social y afectivo tan común entre nosotros, tiene en realidad un significado mucho más profundo del que pensamos.

No solo recogemos y ofrecemos una información determinada: yo te abrazo y tú me abrazas para demostrarnos cariño, seguridad, confianza, amor o amistad. Sino que además, tal y como nos han revelado desde la universidad de la Universidad de Haifa, en Israel, los abrazos ponen en funcionamiento eso que conocemos ahora como sincronización interpersonal.

Para entender mucho mejor este interesante concepto debemos poner nuestra mirada sobre un microscopio de potencia ilimitada y dejar a un lado todo lo que nos hayan explicado hasta el momento sobre lo que es la comunicación. Porque un abrazo en realidad es mucho más que lenguaje no verbal: es un acto de conexión y de sincronía.

Cuando hablamos de cercanía y de amor entre las personas, existe una esfera que nos trasciende, un tejido de partículas invisibles que nos conectan, que nos entrelazan hasta conformar un auténtico cordón umbilical para reafirmarnos con nuestro grupo social… para cuidarnos.
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pareja de espaldas fundida en un abrazo

Así, lo que han demostrado las investigaciones de este equipo de científico tras estudiar a 22 parejas a lo largo de 32 años es que cada vez que se abrazaban los ritmos cardíacos y respiratorios se sincronizaban, así como las ondas cerebrales de ambos miembros. Entramos, por así decirlo, en una misma frecuencia, en un estado de calma donde lo emocional regula lo biológico, donde la sincronización fisiológica consigue disminuir el dolor físico, el sufrimiento, el estrés, el miedo, el cansancio…

Yo te cuido, tú me cuidas

La sincronicidad interpersonal no aparece solo en el seno de una relación de pareja. Cuando un bebé llega al mundo, por ejemplo, su cerebro está aún muy inmaduro. Los nueve meses en el interior de su madre no son suficientes para desenvolverse solo, para interrelacionarse con el medio que le rodea. Es entonces cuando debe ponerse en práctica lo que se conoce como exterogestación, una segunda gestación fuera del útero que se desarrolla sobre la piel de los padres, en ese refugio perfecto que son los brazos de sus progenitores, de sus cuidadores.

Es precisamente aquí donde se produce otro tipo de conexión biológica fascinante, la sincronicidad termal. Cuando un bebé tiene frío la temperatura del pecho de la mamá podrá subir hasta dos grados, si experimenta calor, ocurrirá lo contrario. El contacto directo con la piel de la madre contribuye por tanto a crear un refugio donde sincronizar múltiples necesidades biológicas, donde apagar miedos, ofrecer calor y favorecer la maduración cerebral del niño.

madre abrazando a su hijo

Para concluir, algo que debemos tener muy presente es que el contacto físico, ya sean caricias o abrazos, contribuyen a nuestra subsistencia, a nuestro bienestar. La sincronicidad interpersonal nos enseña que esa cercanía piel con piel nos pone en una misma frecuencia física, emocional y hasta energética, ahí donde desplegar un poder auténtico y fascinante que a menudo descuidamos, ese donde el amor y el cariño reduce el sufrimiento, el frío, el estrés, los desvelos, las dudas… y hasta el dolor.

Valeria Sabater

Soy psicóloga y escritora. La curiosidad por el conocimiento humano es mi cerradura particular, la psicología mi llave, la escritura, mi pasión.

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