Aceptar mis defectos: ¿cómo puedo conseguirlo?

04 Julio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater
Es muy posible que eso que llevas tiempo etiquetando como «defecto» no lo sea en realidad. De hecho, es probable que ese matiz que rechazas en ti sea un problema de inseguridad y falta de aceptación. Lo analizamos.

¿Cómo puedo aceptar mis defectos? Si alguien nos preguntase qué es realmente lo que no nos gusta de nosotros mismos muchos no sabrían concretar una respuesta. ¡Tengo muchísimos!, dirían. Otros, en cambio, con altanería y sobredosis de orgullo afirmarían que no tienen ninguno, que se aceptan y se quieren tal y como son.

Ahora bien, estos últimos mentirían porque gran parte de nosotros tenemos «algo» que nos incomoda, algo que escondemos y disimulamos, a veces bajo la ropa y otras, esforzándonos por camuflar la timidez, la inseguridad, el miedo a no gustar o cualquiera de esas características psicológicas que todavía no hemos podido fortalecer.

No obstante, lo más llamativo de estas realidades es que a menudo etiquetamos como «defecto» un rasgo personal que, por sí mismo, no debería ser considerado como alteración, error, anormalidad o matiz que autorechazar. Dicho de manera sencilla: esa nariz prominente no es un defecto; es un rasgo normal. Esos kilos de más, ese rostro lleno de pecas, esa baja estatura o una incipiente calvicie jamás deben considerarse como defectos.

Lo que hay tras estas autoevaluaciones negativas es un problema de inseguridad y de autoaceptación. Por contra, los auténticos defectos rara vez se ven. La irresponsabilidad, la pereza, el egoísmo o el orgullo sí son aspectos que necesitan de una sensibilidad entrenada para proceder a cambiarlos, a mejorarlos. Profundicemos un poco más en este tema.

Mujer tapándose mitad de la cara

Aceptar mis defectos: claves para conseguirlo

Todos tenemos múltiples defectos y, a su vez, un buen número de virtudes. Nuestra grandeza como seres humanos pasa muy a menudo por combinar todos esos matices contrapuestos que nos hacen imperfectos y, a la vez, únicos. Puede que nuestro defecto sea tener mal genio, pero con el tiempo uno lo acaba manejando, siendo conscientes de ese carácter más fuerte/poco paciente.

Es posible también que otro de nuestros defectos sea hablar en exceso por los codos; ser una de esas personas que en una conversación apenas deja espacio y voz a su interlocutor. Una vez más, el simple hecho de reconocerlo y asumirlo, nos permite también ir manejando ese matiz singular que lo define a uno y que en ocasiones, le trae algún que otro problema.

Aceptar mis defectos pasa primero por un aspecto primordial: saber si eso que no nos gusta de nosotros mismos es o no es un defecto. Lo analizamos.

La costumbre de patologizar cualidades y rasgos normales

Hay una costumbre muy nuestra y es la de patologizar aspectos que, en realidad, conforman nuestra personalidad o esquema corporal. De este modo, hechos tan comunes como ser quizá un poco más tímido de lo normal, algo más inseguro, miedoso, maniático o incluso impaciente, no constituye por sí mismo un defecto como tal. Son simplemente, rasgos que perfilan nuestro carácter.

Lo mismo sucede con esos matices que definen nuestro aspecto físico. Ni el peso, ni la altura, ni las alteraciones de la piel, ni aún menos las minusvalías constituyen un «defecto». Por tanto, si tenemos claro este detalle la siguiente pregunta debe ser ¿qué se considera entonces un defecto?

Estas áreas describen actitudes negativas que pueden ser dañinas tanto para nosotros mismos como para los demás. Ejemplo de ello son la envidia, los celos, la soberbia, el pesimismo, la intolerancia, el narcisismo, etc. Como podemos ver, dichas dimensiones trazan comportamientos y actitudes en los que rara vez se logra un equilibrio entre virtudes y defectos. Estos últimos siempre tienden a desestabilizar cualquier situación, conversación, relación o circunstancia.

Autoaceptación, el secreto para fortalecer mis inseguridades

Para aceptar mis defectos, esos que en realidad no lo son, sino que se alzan como el claro resultado de mi inseguridad, lo más importante es trabajar la autoaceptación. De este modo, si considero que mi sobrepeso es un defecto, que el ser vergonzoso también lo es, así como mi tendencia a tartamudear o a esconder bajo mi cabello mis grandes orejas, mi obligación más inmediata es fortalecer esta área del crecimiento personal.

Asimismo, la autoaceptación es más poderosa que la propia autoestima. ¿La razón? Esta última depende no solo de la visión positiva que tengo de mí mismo. Lo que me digan otros o lo que yo creo que piensan de mí también alimenta este músculo psicológico. La autoaceptación en cambio no necesita de refuerzos externos.

Es más, Albert Ellis, creador de la terapia racional emotiva conductual, estableció esta dimensión como el pilar de su enfoque, definiéndola del siguiente modo: autoaceptación es aprender a querernos de forma plena y sin condiciones aceptando todo lo que somos. Es validar cada aspecto de nuestro ser y también de nuestro comportamiento. Es saber concedernos consideración, respeto y su amor.

Si aprendemos a fortalecer esta área de nuestro ser todas esas dimensiones que consideramos defectos se diluirán.

Hombre preocupado por sus defectos

¿Cómo aceptar mis defectos si son rasgos que me afectan a mí y a otras personas?

Comunicación agresiva, impaciencia, celos, incapacidad para comprender puntos de vista ajenos… Para aceptar mis defectos más adversos, esos que ponen muros a mis relaciones y convivencia con los demás, lo más importante es saber detectar dichas dimensiones.

Por término medio, son pocos los que aúnan esa humildad de carácter capaz de ver y asumir esas cualidades claramente negativas y que conforman, auténticos defectos. Una vez identificados, el proceso no pasa precisamente por «aceptarlos», por darles espacio y permanencia; la clave está en «transformarlos».

Ese ejercicio de transformación requiere en muchos casos saber qué hay detrás de cada uno de ellos. Así, tras la envidia o los celos, suele estar la baja autoestima. Tras la comunicación agresiva hay una mala gestión emocional y falta de habilidades sociales. Por tanto, el mejor remedio para modelar los defectos y convertirnos en virtudes nos obliga en gran parte de los casos a acudir a terapia psicológica. Hacerlo, puede cambiarnos la vida. Tengámoslo presente.