El alma, de no entregarse con toda el alma, se va muriendo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 10 abril, 2018
Valeria Sabater · 16 noviembre, 2016

El alma, de no entregarse con toda el alma, se va secando. De nada sirve ofrecerse a medias y con reticencias, porque la vida se saborea entera, a besos, a mordiscos y con todas las risas, con la pasión de esos valientes que saben que solo los abrazos recomponen espacios rotos y que ni los años ni el tiempo borrarán nuestros ánimos.

Existe una una leyenda celta del siglo XIV que nos da una imagen muy simbólica de todo esto. En esta cultura existe una “yegua blanca” que supuestamente habita en el mundo onírico. Se alimenta de los miedos, de las pesadillas y de las almas de las personas tristes. Las va cogiendo una a una para introducirlas en las grietas de las rocas o en los huecos de los tejos.

CAballo blanco representando al alma

Dejar que la tristeza o el desánimo eche raíces en nuestro ser es mucho más que una maldición. Así lo vio en su momento el viejo folclore de nuestros pueblos y así lo ve la psicología actual.

Son muchas las causas que derivan en este estado crepuscular donde se nos van los ánimos, las ganas, las pasiones… Sin embargo, hemos de ser capaces de propiciar un nuevo amanecer. Un nuevo ciclo.

Lejos de intensificar aún más este estado hasta ser vencidos por la yegua blanca sobre la que cabalga el jinete de la depresión, debemos salir de los huecos de nuestros tejos, de esos espacios solitarios para ser capaces de abrazarnos de nuevo a la vida y a las oportunidades.

“El alma se coloca en el cuerpo como un diamante en bruto, y debe ser pulida, o el brillo nunca aparecerá.”

-Daniel Defoe-

 

Cuando el alma se siente cansada

Byung-Chul es un filósofo coreano asentado en Alemania cuyos libros son ya toda una referencia. En uno de sus títulos, “La sociedad del cansancio”,  habla de una realidad concreta a la vez que conocida. A día de hoy, el ser humano cuenta con un enemigo voraz e implacable: él mismo y su incapacidad de amar a los demás de forma auténtica.

Según este interesante autor, el fallo estaría en nuestro narcisismo insano. En la actualidad, el SER ya no tiene importancia, lo único que da valor al ser es el PARECER, el exhibirse. De ahí el poder de la publicidad, de las redes sociales, de las modas, habitadas por el amargo abismo de la falsedad….

Escena de la película Melancolía

Nos estamos olvidando poco a poco de algo esencial: el valorar la existencia del otro. Hemos de aprender a reconocernos a nosotros mismos a través del amor que damos a los demás, a través de la amistad, de la humildad o incluso del altruismo.

El alma que se siente cansada es el reflejo de un corazón errático, de una brújula sin norte o de un tren sin pasajeros. Le falta algo, le falta pasión y la valentía de darse la oportunidad de amar con plenitud.

Algo que ya vimos, por ejemplo, en  la película Melancolía de Lars von Trier, al conocer a Justine, ese personaje deprimido e incapaz de amar que reacciona solo cuando un planeta está a punto de destruir la Tierra. Es entonces cuando descubre la existencia del otro.

 

La pasión del despertar

Es posible que muchos nos sintamos de este modo. Dormidos, apáticos, enfermos de mal humor y faltos de ánimos para amar con toda nuestra alma.

Tal vez se deba a una decepción, a un fracaso anterior o puede incluso que a esa especie de anhedonia vital que caracteriza a muchas personas. Derivar en esta entropía emocional es peligroso. Es iniciar un desapego vital y una renuncia, es arrancar días a nuestro calendario.

“Nada grande se ha hecho en ese mundo sin una gran pasión”

-Friedrich Hegel-

La pasión es lo único que nos puede salvar. Es ese combustible para la voluntad, esa esencia para el compromiso del día a día donde lograr que todo cobre sentido e importancia.

Porque poner música a las partituras de nuestra vida es algo que puede conseguirse si empezamos por las cosas más sencillas, las más elementales. Te lo explicamos a continuación.

 

Reiniciar el alma es cuestión de voluntad y creatividad

Mujer sobre un lago
La pasión requiere combustible para crecer. Hemos de ser capaces de encontrar un motivo, algo que nos ilusione, que nos identifique y en lo que comprometernos. Una forma de conseguirlo es dejándonos contagiar por la energía vital de otras personas: compartiendo unas mismas aficiones, unos mismos espacios y un mismo proyecto.

A su vez, hemos de ser conscientes también de que la vida rutinaria es la que más debilita nuestra alma. Queda claro que estamos obligados a llevar ciertas pautas, a cumplir ciertas cosas. Sin embargo, estas rutinas anestésicas dañan nuestros talones hasta enlentecernos.

Así pues, y en la medida de lo posible, hemos de ser capaces de introducir acciones nuevas en el día a día. Algo por lo que valga la pena levantarse.

La pasión es nuestra isla refugio. Para alimentarla necesitamos determinados nutrientes: el sentido de la curiosidad y el entusiasmo, la gratitud, la reverencia, la participación…

Para vivir con pasión, hemos de descubrir también qué la frena. Qué detiene su expresión, su vitalidad y qué aspectos languidecen nuestra alma. A veces es esa rutina, en otras ocasiones, son personas que nos impiden “renacer”, apreciar la oportunidad del momento. Hay que identificar a esos “vetadores” de felicidad y desactivarlos.

“Nos envejece más la cobardía que el tiempo, los años arrugan la piel pero el miedo arruga el alma”

-Facundo Cabral-

La necesidad de trascender

En su pirámide de necesidades, Abraham Maslow acuñó un término  ue no debemos olvidar: la autorrealización. Cuando las personas hemos cubierto todas las dimensiones anteriores relacionadas con la fisiología, la seguridad o el reconocimiento, llega esa cumbre donde hemos de ser capaces de “trascender”.

Hablamos de ese crecimiento personal y emocional donde nuestros esfuerzos deberían ir más allá de los egos. Este potencial creativo solo lo podemos alcanzar eligiendo la pasión antes que el miedo, el rumor de la vida y el amor antes que esos agujeros donde nos lleva la yegua blanca de nuestros temores.