¿Ayudamos por empatía o por ansiedad?

23 Octubre, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Elena Sanz
Ver a alguien en apuros nos provoca angustia y aliviarle la detiene. Dada esta concatenación, ¿podemos hablar de solidaridad? Para contestar, exploremos la evidencia científica.

Cuando ayudamos a un familiar, a un amigo o a un desconocido por la calle nos sentimos altruistas y bondadosos. Acudir en favor de una persona necesitada nos hace creer que somos mejores personas, con altos valores y una moral elevada. Igualmente, cuando nos negamos a ayudar nos sentimos egoístas; y del mismo modo juzgamos a quienes rehúsan ofrecer su apoyo a otros. Pero, ¿y si la conducta de ayuda no fuese precisamente un acto desprendido?

¿Alguna vez te has parado a pensar cuáles son las motivaciones ocultas tras tu deseo de ayudar y ser generoso con otros? ¿Estás seguro de que siempre te mueven emociones de comprensión y empatía? ¿Y si el deseo por contribuir al bienestar de la otra persona no fuese la razón de tu solidaridad? Ciertas investigaciones exploran estos planteamientos, llegando a interesantes conclusiones.

Persona ayudando a otra

¿Ayudamos por empatía o por ansiedad?

Las conductas prosociales emitidas por los seres humanos han sido objeto de estudio e investigación durante décadas. ¿Por qué ayudamos?, ¿nacemos con dicha predisposición o es un aprendizaje cultural? Estas y otras cuestiones al respecto han sido estudiadas y debatidas por numerosos autores.

Se ha comprobado que, a nivel cerebral, observar a otra persona sufriendo activa las mismas redes neuronales involucradas en el procesamiento del dolor en primera persona. Es decir, en cierta medida somos capaces de experimentar el dolor ajeno como propio.

Pero, ¿qué es exactamente lo que sentimos en dichas situaciones? La hipótesis que parece contar con más apoyo empírico es la que afirma que, ante la visión de una persona necesitada, podemos reaccionar de dos modos diferentes:

  • Por un lado podemos reaccionar con angustia, disgusto, preocupación u horror ante la situación del otro.
  • Por otra parte, podemos experimentar compasión y comprensión, podemos sentirnos genuinamente conmovidos.

El hecho de que se despierten unos u otros sentimientos dependerá de diversos factores. En primer lugar, del contexto concreto de sufrimiento en que se encuentre el individuo, pero también de la disposición personal de quien lo observa. Ante un mismo hecho, dos personas pueden tener reacciones diferentes; y un mismo individuo puede reaccionar de forma distinta ante dos situaciones de dolor ajeno.

¿Cuál es nuestra motivación?

Cualquiera que sea el caso, tanto si se despierta en nosotros la angustia como la compasión, es probable que ayudemos a quien lo necesita. No obstante, las motivaciones en cada caso serán muy diferentes.

Cuando experimentamos alarma, disgusto o preocupación, nuestro patrón de actuación es egoísta; es decir, ayudamos al otro para aliviar el malestar que nos causa verle en apuros. Por el contrario, si nos sentimos conmovidos, actuaremos bajo una motivación realmente altruista, encaminada a aliviar el sufrimiento del otro y no el nuestro.

Esta realidad se constató en varios estudios realizados con estudiantes universitarios. En ellos se comprobó que el tipo de patrón de ayuda que se ponía en marcha dependía de los sentimientos experimentados. Es decir, en quienes se activaba la angustia, actuaban bajo la motivación de reducirla y en quienes se activaba la compasión y actuaban con el objetivo de reducir la necesidad del otro.

No podemos elegir qué tipo de respuesta se despierta en nosotros, por lo que no podemos afirmar que uno de los grupos sea más o menos solidario que el otro a nivel moral. Además, en uno de los estudios se produjo un hecho interesante: cuando ayudar tenía un coste personal elevado, aquellos que tendían a sentir empatía genuina mostraron un patrón de actuación egoísta. Parece que el hecho de que existiera un sacrificio personal anulaba el impulso altruista inicial.

Manos de dos personas agarrándose

¿Somos seres solidarios?

Estos hallazgos aumentan la ambigüedad siempre existente respecto a la cuestión de hasta qué grado los seres humanos somos realmente solidarios, altruistas y generosos. Ya sabíamos que, en muchas ocasiones, ayudar nos proporciona un sentimiento de gratificación; pero ahora sabemos también que es posible que ayudemos también para evitar nuestro propio malestar.

Entonces, estando tan involucrados nuestros propios sentimientos, ¿es posible afirmar que nos mueve realmente la preocupación por el otro? En cualquier caso, y sea cual sea la motivación latente, los comportamientos prosociales son beneficiosos. Ayudan a quien los recibe y, según parece, en muchas ocasiones también a quien los realiza. Por lo mismo, es importante seguir fomentándolos de cara a una convivencia social más satisfactoria.

  • Batson, C. D., O'Quin, K., Fultz, J., Vanderplas, M., & Isen, A. M. (1983). Influence of self-reported distress and empathy on egoistic versus altruistic motivation to help. Journal of personality and social psychology45(3), 706.
  • Batson, C. D., Fultz, J., & Schoenrade, P. A. (1987). Distress and empathy: Two qualitatively distinct vicarious emotions with different motivational consequences. Journal of personality55(1), 19-39.