Burnout: el síndrome de quemarse en el trabajo

Judith Francisco · 12 noviembre, 2017

El burnout se define como la sensación de malestar producida por un sobre-esfuerzo relacionado con el trabajo. En la persona, este malestar, suele ser la consecuencia directa de un estrés muy intenso y/o muy prolongado, de manera que esta presión termina superando sus recursos (defensas psicológicas) para afrontarlo. Además, su incidencia es mayor en aquellos trabajos que forman parte de las redes de apoyo o ayuda (médicos, enfermeros, psicólogos, etc.).

La persona afectada puede manifestar el síndrome de diferentes maneras. En este sentido, uno de los síntomas más visibles sería la desmotivación, que provoca que la calidad y la cantidad de la asistencia disminuya. Por tanto, podríamos decir que se considera un estado de agotamiento físico, emocional y mental producido por la continua sobreimplicación en situaciones muy demandantes emocionalmente.

Maslach, una de las autoras más destacadas en este campo, lo define como un síndrome caracterizado por el “cansancio emocional que lleva a una pérdida de motivación que suele dar paso a sentimientos de inadecuación y fracaso”.

Los tres ejes sobre los que se articula el burnout

Los tres ejes sobre los que se articula el síndrome de burnout serían:

  • Cansancio y agotamiento emocional: las personas con este síndrome tienen la sensación de no ser capaces de ofrecer más ayuda o más soporte de calidad al paciente o al familiar que tenemos delante, lo que a menudo les hace sentir impotentes. El profesional no puede dar más de sí a los demás, y se siente cansado y fatigado en el plano psicológico, y muchas veces también en el físico.
  • Despersonalización en el trato: a causa del proceso anterior, el profesional adopta un trato de indiferencia. Se muestra más distante con el paciente o el familiar, de manera que no cumple con su trabajo como debería o como lo haría en condiciones normales.
  • Sentimientos de fracaso por falta de realización personal y/o profesional: a largo plazo, esto hace que el trabajo no produzca tanta satisfacción como antes y el profesional empiece a encontrarse con sentimientos de fracaso o de no realización. Se caracteriza por la frustración -la impotencia de la que hablábamos en el primer punto-, la baja autoestima y la desilusión hacia los logros profesionales.

Se trata de una cadena o un proceso que se va retroalimentando, de manera que no tiene por qué seguir un mismo orden en todos los profesionales ni su evolución siempre es gradual. Por otro lado, lo que sí suele suceder es una “escalada de la sintomatología”, de manera que el primer síntoma, salvo que medie una intervención, suele dar paso a los demás.

Esto no quiere decir que todos los profesionales implicados en redes de apoyo, relacionados en su oficio con la muerte o la enfermedad, tengan que desgastarse. Hay profesionales que, ante trabajos tan duros como los cuidados paliativos o la oncología, salen fortalecidos. Que la moneda caiga de uno u otro lado va a depender muchos de los recursos de afrontamiento y de la regulación que haga la persona de sus propias emociones.

“Tener cerca la muerte te enseña a vivir”

Afrontamiento del burnout

Existen determinados elementos (experiencias, personas, situaciones, etc.) que no podemos cambiar o sobre los que no tenemos un control absoluto. Aconteceres que son como son. Aconteceres que nos gustaría que fuesen de otra manera, que nos parece injusto que sucedan, que no deberían ser.

Pero… son así, sin más. En este sentido, para poder cuidarnos, resulta conveniente distinguir entre lo que se puede y lo que no se puede hacer; entre lo que es, y lo que debería ser. Esto nos protegerá de la impotencia, la frustración, la culpa y la ira.

Es importante aceptar que:

  • Somos responsables de lo que hacemos, no culpables. Siempre se puede elegir cómo reaccionar ante lo que ha ocurrido.
  • Todos tenemos límites y necesitamos cuidar las relaciones: tanto de la que mantenemos con nosotros como de las que mantenemos con los demás.
  • El dolor y el sufrimiento nos afectan: es normal, somos personas. Esto nos servirá para descubrir más sobre nosotros mismos.
  • Las emociones tienen sus propias reglas y difícilmente se someten a los dictados de la razón. Eso es así, incluso aunque seas profesional sanitario.

Mujer joven con burnout delante de su escritorio

Recursos eficaces frente al burnout

Para el tratamiento del burnout se suelen utilizar dos recursos psicológicos con efectos terapéuticos muy poderosos. Hablamos de la aceptación y la compasión. Ambos tratan de liberar tensión y permiten mantener la motivación y la voluntad para dirigir nuestra energía de manera proactiva. En este sentido, la proactividad consiste en tomar decisiones por uno mismo, hacerse cargo de lo que uno hace sin justificarse en algo externo.

De esta manera, la aceptación y la compasión nos permiten marcarnos unos objetivos reales y alcanzables, y nos guían para que finalmente los logremos. Se trata de enfocarse en lo que uno quiere, no en lo que uno teme. Para ello, es importante buscar información adecuada e invertir en formación de calidad. Por ejemplo, entrenarse en técnicas como el mindfulness, que se basa en la atención plena enfocada al momento presente.

Los procedimientos de autorregulación también están cobrando mucha importancia en este campo. Con procedimientos de autorregulación nos referimos a aquellas estrategias que nos permiten controlar la propia conducta (emocional, cognitiva y motora), para lograr una adaptación a la situación, y a las circunstancias que la enmarcan.

En definitiva, el planteamiento general que subyace es sencillo: recobrar el control sobre las elecciones personales importantes (como es dedicarse a ayudar a los demás) que permitan desempeñar la tarea elegida de la manera más efectiva y con el menor coste emocional posible.