Tus creencias pueden engañar a tu estómago: este experimento lo demuestra

Tus pensamientos y tus emociones pueden afectar a tu cuerpo, incluso modificando ciertos marcadores biológicos. Descubre cómo lo que crees acerca de tus alimentos puede alterar algunas de tus reacciones biológicas.
Tus creencias pueden engañar a tu estómago: este experimento lo demuestra
Elena Sanz

Escrito y verificado por la psicóloga Elena Sanz.

Última actualización: 25 enero, 2023

Aunque los separemos conceptualmente, lo cierto es que mente y cuerpo están conectados. Nuestros pensamientos y estados de ánimo afectan a nuestra biología más de lo que pensamos, tal y como demuestran ciertas enfermedades psicosomáticas y el conocido efecto placebo. Pero, ¿sabías que, incluso, tus creencias pueden engañar a tu estómago? Así lo demuestra el experimento del que hablamos a continuación.

En realidad, es un fenómeno que se ha comprobado en diversos contextos y situaciones experimentales y viene a poner de relieve una afirmación quizá difícil de creer: con frecuencia no experimentamos las consecuencias de lo que está pasando, sino de lo que creemos que está pasando. Y, en muchos casos, esta relación es medible incluso a través de marcadores biológicos.

Mujer pensando

Así pueden influir tus creencias en el estómago

Como decíamos, la idea de que las creencias influyen en la biología no es nueva. Las investigaciones referentes al efecto placebo han demostrado que pensar que se está obteniendo un remedio para el malestar puede proporcionar beneficios similares a obtenerlo realmente. Del mismo modo, su contraparte, el efecto nocebo, muestra cómo una expectativa de empeoramiento o de efectos adversos nos lleva a padecerlos en mayor medida que si no lo esperamos.

Ahora, esta interconexión entre mente y cuerpo se ha investigado en el contexto de la nutrición, revelando como nuestras expectativas hacia la comida pueden variar la forma en que el cuerpo la procesa. Uno de los estudios más interesantes al respecto, publicado en la revista Health Psychology, midió el comportamiento de la grelina (sustancia responsable del apetito) en función de las creencias respecto al alimento que se ingiere.

En este caso, se dividió a los participantes en dos grupos y a ambos se les ofreció una bebida de 380 kcal. Sin embargo, a unos se les dijo que iban a consumir un batido de 620 kcal (el típico que tomamos por gusto y por placer, pese a saber que no es recomendable). Y a otros se les dijo que tomarían un batido saludable y nutritivo de solo 180 kcal (ese por el que optamos por salud, pese a que no resulte muy apetecible).

Se midieron los niveles de grelina (un marcador biológico del hambre) en tres momentos:

  • Antes de iniciar el experimento.
  • Durante el periodo anticipatorio. Un momento en que los participantes ya sabían qué clase de batido iban a tomar y mientras observaban y calificaban una imagen (engañosa) impresa del batido y sus componentes.
  • Después del consumo, tras beber el batido y calificarlo.

Resultados sorprendentes

Los resultados fueron sorprendentes, ya que evidenciaron que la grelina se había modificado en función de lo que los participantes creían que estaban consumiendo, y no en función del valor nutricional real de lo que consumían.

En concreto, en la medición del periodo anticipatorio, quienes esperaban el batido «indulgente» experimentaron un aumento moderado de la grelina (lo que implica un deseo fisiológico por el batido que anticipan). En cambio, quienes esperaban el batido «sensato» mantuvieron los niveles casi planos.

Por otro lado, tras consumir el batido, los niveles de grelina descendieron de forma dramática en quienes creían haber consumido el batido altamente calórico, permaneciendo casi iguales en el otro caso. Todo esto evidenció que el organismo responde a las expectativas más que a la realidad. Y que, en cierta forma, tus creencias pueden engañar a tu estómago.

Esto, por ejemplo, puede afectar a quienes buscan hacer dieta consumiendo alimentos etiquetados como sanos, pero que en realidad contienen un porcentaje alto de azúcar y grasa. Así, no solo estarían consumiendo un alimento insano, sino que, al considerarlo dietético, puede que su grelina no se suprima adecuadamente y continúen sin sentirse saciados.

Otros estudios al respecto

Esta no es la única vez que se han observado este tipo de hallazgos. Y es que se llevó a cabo un experimento similar al anterior con pacientes con diabetes tipo 2. Los participantes tomaban una misma bebida, pero se les inducía (mediante etiquetas engañosas) a pensar que lo que estaban consumiendo tenía más o menos azúcar.

Al medir sus niveles de glucosa en sangre tras la ingesta, se observó que esta medida varió en función de lo que la persona creía acerca de su bebida y no basándose en la realidad. Así, quienes pensaban haber tomado una bebida más azucarada mostraron aumentos mayores de glucosa que el otro grupo.

Y un efecto similar se observó en un estudio diseñado para evaluar las creencias acerca de la propia dieta en la pérdida de peso. En este caso, ambos grupos siguieron una dieta equilibrada o isocalórica, pero solo a uno de ellos se le hizo creer que estaba en un régimen deficiente en calorías.

Tras participar ambos grupos en las mismas sesiones de ejercicio durante varias semanas, se observó que en el grupo experimental se había reducido el porcentaje de tejido graso, la masa corporal y el IMC, y no así en el grupo control.

Hombre bebiendo

Tus creencias pueden engañar a tu estómago, pero no tus pensamientos

Un buen volumen de estudios, incluidos los anteriores, llaman la atención sobre el importante papel de las creencias en el metabolismo de alimentos. Por supuesto, esta no es la única variable que interviene, pero los procesos psicológicos parecen tener un efecto significativo sobre las reacciones fisiológicas, mayor al que comúnmente consideramos.

En cualquier caso, los anteriores hallazgos no deben hacernos caer en el pensamiento mágico o ilusorio de que podemos controlar nuestra fisiología con la mente. Y es que solo por anticipar que un alimento va a tener un cierto efecto, no va a tenerlo necesariamente.

Las respuestas del cuerpo no se basan en lo que piensas de manera puntual, sino en lo que crees con certeza. Por ejemplo, las personas diabéticas saben que el azúcar afecta al nivel de glucosa, y esa es la realidad que vivieron en el experimento.

En cualquier caso, la relación mente-cuerpo necesita ser estudiada en mayor profundidad, a fin de poder utilizarla a nuestro favor en cuanto al cuidado de la salud y el bienestar se refiere.

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