¿Cuáles son las causas de la desigualdad de género?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 3 marzo, 2018
Judith Francisco · 3 marzo, 2018

La desigualdad de género es un fenómeno social y cultural en el que se produce una discriminación entre personas debido a su género, básicamente entre hombres y mujeres. Además, no es un fenómeno inocuo, ya que su impacto se deja notar en diferentes planos: laboral, social, familiar, etc.

A nivel social, por ejemplo, la mujer puede aparecer subordinada al esposo o al padre. A nivel económico, la mujer sigue recibiendo sueldos más bajos que el hombre desempeñando el mismo puesto de trabajo (brecha salarial). Las tareas domésticas o el cuidado de los niños todavía se siguen concibiendo como tareas más vinculadas a la mujer que al hombre. Así podríamos seguir completando una larga lista.

Frente a ella, el feminismo o la perspectiva de género permiten mirar el mundo desde otro punto de vista. Sin embargo, cambiar nuestra perspectiva puede provocarnos desconcierto o malestar. Es por eso que el objetivo de estas líneas es aclarar nuestra mirada, para poder estar y relacionarnos con el mundo de un modo más justo.

Para ello, empecemos desde el principio, cuando hablamos de desigualdad de género… ¿A qué nos referimos con género? ¿Qué queremos decir con un constructo tan amplio?

Munecos de género separados por una línea

Qué es el género y cómo se estructura

El género puede desglosarse en tres niveles o perspectivas:

  • Plano sociocultural: desde esta perspectiva, el género es un sistema de organización social que otorga mayor poder y privilegios a los hombres, y que se apoya en una serie de creencias que legitiman y mantienen esta estructura social. Los valores, costumbres, tradiciones, estereotipos, junto a las leyes de un país rigen el modelo de organización social.
  • Plano relacional: el género es un proceso dinámico de representación; una representación de lo que significa ser mujer u hombre en situaciones cotidianas, lo que a su vez influye en cómo se comportan hombres y mujeres y en cómo son tratados.
  • Plano personal: a este nivel, el género es un aspecto que también influye sobre la identidad y de las actitudes personales. Sería el conjunto de expectativas, intereses, fantasías y creencias que están asociadas a modelos más o menos aceptables de lo que significa ser un hombre masculino o una mujer femenina en una cultura concreta.

Aunque el género es expresado de forma diferente en distintas culturas y el grado de subordinación de las mujeres varía a lo largo del tiempo y el espacio, es muy complicado encontrar alguna en la que las mujeres tengan más ventajas políticas y sociales que los hombres. Un ejemplo de este desequilibrio o desigualdad de género se ve reflejado en los altos índices de violencia contra las mujeres (abuso sexual, secuestros, violaciones, maltrato y violencia de género, acoso sexual, etc.).

¿Qué es el patriarcado y qué implicaciones tiene?

El patriarcado designa un orden social que establece el sexo como marca para asignar a cada persona actividades, funciones, relaciones y poderes específicos. Esta red estructurada de poderes, jerarquías y valores propone unos modelos de masculinidad y feminidad como universales y opuestos entre sí.

Se considera que las mujeres están naturalmente más capacitadas para la vida privada, la maternidad y el cuidado de la familia, mientras que los hombres estarían naturalmente más dotados para el mando, el gobierno y la ambición. Desmontar estas creencias que actúan como mandatos sociales sobre el hombre y la mujer es uno de los objetivos prioritarios del feminismo.

Mujer por debajo de hombre

El patriarcado, como modelo social, se sustenta sobre unos mandatos o imperativos sociales, muy distintos a su vez para hombres y mujeres. Algunas de las creencias o imperativos de la concepción de la mujer son:

  • La mujer es cuidadora y responsable del bienestar ajeno. Su valía está en su capacidad de entrega y servicio a los demás. El cuidado de otras personas y la responsabilidad hacia ellas ocupa el centro de su vida.
  • Predisposición natural al amor. Se fundamenta en la idea de que las mujeres sólo son seres completos cuando pertenecen a alguien.
  • La maternidad como imperativo de la identidad. La mujer sólo es feliz y está satisfecha de sí misma cuando es madre.
  • La mujer ha de ser bella y deseable. La belleza nos hace visibles y aceptadas socialmente, convirtiéndonos en objeto bajo la mirada y valoración del otro.

Por el contrario, los imperativos de los hombres como seres masculinos serían los siguientes:

  • La masculinidad se sostiene en el poder y la potencia, y se mide por el éxito, la superioridad sobre las demás personas, la competitividad, el estatus, etc.
  • La hombría depende de la agresividad y la audacia y se expresa a través de la fuerza, el coraje, el enfrentarse a riesgos, la habilidad para protegerse y utilizar la violencia como forma de resolver conflictos.
  • La masculinidad se sostiene en la capacidad de sentirse calmado e impasible, autoconfiado y autosuficiente, ocultando sus emociones. Supone, además de fortaleza, una gran seguridad y confianza en sí mismo. El hombre no puede permitirse sentir miedo y, si lo tiene, tendrá que disimularlo.

¿Qué podemos hacer para cambiar estos patrones de desigualdad de género?

Teniendo en cuenta lo expuesto, sería lógico que nos preguntásemos si el modo de vida que estamos llevando actualmente, en referencia a los patrones de desigualdad de género, es adecuado. Del mismo modo, si todo lo anterior nos incomoda, es el momento de buscar la manera de aportar nuestro granito de arena para transformar la situación actual. Así, a lo largo del tiempo, se ha llegado a la conclusión de que para vencer esta desigualdad de género existen distintas claves, dependiendo de si somos hombres o mujeres.

Hombre y mujer en una balanza sin comparaciones

La mujer, por su parte, tiene la responsabilidad y el derecho de buscar la soledad y cuidarse a sí misma para cambiar estos patrones. La búsqueda de un espacio propio para ser (aficiones, gustos, etc.) también se convierte en un modo de resistencia a estos mandatos; así, de acuerdo con este pensamiento, una línea de actuación del feminismo es promover la autonomía femenina.

En el caso de los hombres, el camino iría más en la dirección de la educación de los afectos y la corresponsabilidad. Ser hombre no es incompatible con la expresión y reconocimiento de los sentimientos propios y ajenos ni tampoco con responsabilizarse, empatizar y atender a las necesidades ajenas; ideas que suelen estar ausentes en los procesos de socialización primaria (infancia). Así, la incorporación de estos contenidos a los programas educativos es una estrategia clave para la transformación social.