Cuando la nostalgia se olvida del presente

Fátima Servián Franco · 17 septiembre, 2016

La película “Media noche en París” de Woody Allen explica la nostalgia como negación del presente a través de la vida de su personaje principal. El nombre de esta falacia es el síndrome del complejo de la edad de oro, y se trata de la idea errónea de que un período distinto es mejor del que vivimos. Ese fallo de la imaginación romántica se suele dar en las personas a las que les cuesta enfrentarse con el presente.

Media noche en París es una comedia cinematográfica que nos muestra la vida como algo que no es tan mágico como nuestros sueños, pero donde sí podemos ser dueños de nuestras propias decisiones.

La realidad del personaje principal en su presente no es agradable, es menospreciado por su novia y la familia de esta. Se siente solo, cuando en su pasado la imagen que proyectaba era muy distinta: alegre, respetado, con muchos amigos y un amor nuevo que le hace querer quedarse y dejarlo todo.

Su deseo de quedarse anclado en una época pasada es una forma de negar su presente. Un presente lleno de compromisos que lejos de llenarle, le aburren. Debido a su cobardía y a su falta de determinación, en vez de enfrentarse a ese presente huye a un pasado ficticio donde sí encuentra todo lo que no tiene en el momento actual. Al final  al realidad se impone y tendrá que tomar una complicada decisión.

“La nostalgia es una manera romántica de estar triste”

-Mario Quintana-

El síndrome del complejo de la edad de oro

El síndrome del complejo de la edad de oro es un síndrome cinematográfico que retrató Woddy Allen. Una versión atenuada de este complejo con tintes de realidad ocurre en el pensamiento melancólico, cuando consideramos que un tiempo pasado fue mejor que en el que vivimos. Todo gira alrededor de ese tiempo, las aficiones, las obsesiones, los comportamientos, intentado recuperar ese tiempo.

Cuando nos vienen a la mente recuerdos de nuestra infancia o momentos pasados que consideramos que son mejores que los actuales, creyendo que las cosas distintas siempre implican un retroceso, en cierta parte estamos rozando el síndrome del complejo de la edad de oro. Este complejo también nos llevará irremediablemente a vivir abrazados al pasado, en consecuencia nunca estaremos satisfechos con lo que tenemos.

Mujer mirando por la ventana con lluvia

En las relaciones amorosas también se suelen dar a menudo estos patrones. Esto ocurre cuando pensamos que alguna relación que hemos tenido en el pasado es inmejorable y que si en el futuro tenemos otra, siempre estará por debajo de esta. Pensar de esta manera nos llevará inevitablemente a buscar lo que ya hemos tenido con una persona totalmente distinta, lo que nos conducirá a las comparaciones y a no valorar lo que realmente tenemos en el momento presente.

“Incluso el pasado puede modificarse, los historiadores no paran de demostrarlo”

-Jean Paul Sartre-

La nostalgia como negación del presente

La nostalgia es definida como el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido y ahora no se tiene o ha cambiado. Los estudios muestran que la nostalgia nos hace más empáticos y sociales. Cuando nos ponemos nostálgicos, recordamos un pasado reflejado en una combinación de muchos recuerdos diferentes, todos integrados, en cuyo proceso se han filtrado todas las emociones negativas.

El neurólogo y psiquiatra Alan R. Hirsch apunta que la nostalgia favorece la tendencia a olvidar con más facilidad lo negativo, quedándonos con los aspectos positivos de los recuerdos. Por eso tenemos presentes las buenas experiencias de la infancia, los amigos, el recreo, los juguetes, y olvidamos los ratos no tan buenos, los suspensos, los castigos, las horas aburridas de clases.

Experiencias sin duda gratificantes, pruebas de que nuestra vida tiene un sentido que en su mayor parte hemos marcado nosotros. Así, la memoria es la encargada de decirnos quienes somos, sin que esto pierda sentido con quienes hemos sido. Entender esta evolución es precisamente lo que tiene que hacer que volvamos al pasado, sin quedar atrapados en él.

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No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca existió