El día en que dejé caer mis complejos me sentí libre

El día en que dejé caer mis complejos me sentí libre

Valeria Sabater 11, enero 2017 en Psicología 1768 compartidos
mujer complejos

Pocas sensaciones pueden ser más catárticas, satisfactorias y liberadoras como dejar ir nuestros complejos. La expresión del propio ser y ese “me quiero tal y como soy” actúan como auténticas armas de poder, como caricias para nuestra autoestima y como férreos escudos ante las críticas vacías y los comentarios destructivos.

Hasta no hace mucho el tema de los complejos era un territorio propio y distintivo de la jerga psicoanalítica. Un lugar donde términos como “el complejo de Edipo”, “el complejo de Bovary” o “complejo de Electra” daban forma a una especie de comodín o cajón desastre, donde intentar clasificar cualquier comportamiento o rasgo de personalidad.

La palabra “complejo” fue introducida por Carl G.Jung y popularizada más tarde por el psicoanálisis freudiano. Sin embargo, bajo toda esta espesa arboleda de terminologías e intentos de categorizar el comportamiento humano hay una raíz central indiscutible: el sentimiento de inferioridad.

Dentro de los objetivos más elementales de la psicología, el poder detectar y comprender el origen de esas respuestas que genera la mente ante los “supuestos” defectos o carencias autopercibidas es casi como quitar los clavos que sujetan la puerta de un sótano que lleva tiempo cerrado. Hablamos de un espacio privado donde se respira una atmósfera que necesita ser ventilada, oxigenado por nuevos enfoques y por la luz de una buena autoestima.

Cabe decir que no es fácil. El proceso para romper o reformular esos esquemas de pensamiento tan autodestructivos requieren tiempo y mucha delicadeza terapéutica. Al fin y al cabo, como dijo el propio Freud una vez, en ocasiones bajo un complejo determinado puede esconderse un auténtico trauma. 

Analicemos este tema en detalle.

Chico vestido rojo

El origen de los complejos: un laberinto vivencial

Resulta curioso ahondar en la etimología de esos términos que utilizamos tan a menudo. La palabra “complejo” deriva del latín “complectere”, y significa abrazar, abarcar. Así, hablamos de una especie de abrazo de oso, donde quedar atrapados entre sus fieras garras para formar un solo ser, una misma entidad donde conviven depredador y presa.

Asimismo, otro dato que nos llama la atención es que en cualquier definición de manual se nos dice que los complejos se alimentan de nuestros propios pensamientos irracionales. Frases como “soy como una ballena por todos estos kilos de más”, “soy un cobarde, una avestruz que esconde la cabeza” o “valgo menos que un “0” a la izquierda”  son frases que retroalimentan de forma implacable el sentimiento de inferioridad.

Ahora bien, hay matices que es necesario aclarar: esos pensamientos irracionales llegan muchas veces de situaciones reales, puntuales y dolorosamente específicas. La mayoría de nuestros complejos tienen su origen en la infancia. Una familia que infravalora a sus hijos, que los lastima verbalmente a través de la ironía o el desprecio, genera profundos traumas.

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Más tarde, esos traumas se afianzan en la adolescencia. La falta de autoestima y de estrategias útiles para defenderse y encarar, hace que el joven quede abrumado ante ese mundo casi selvático de algunos colegios e institutos. Lugares donde toda carencia, particularidad física, comportamental o incluso “genialidad” es muchas veces cosificada y cruelmente señalada.

Decir adiós al sentimiento de inferioridad

El sentimiento de inferioridad es ese virus ante el cual es bueno desarrollar una adecuada inmunidad. Caminar por nuestros senderos vitales con una autoestima frágil y el autoconcepto escondido en el sótano de nuestra mente, genera graves consecuencias. Las relaciones afectivas, por ejemplo, pueden trasformarse en auténticos vínculos de cautividad, ahí donde uno tiene el poder y el otro calla y asume.

Nadie es más que tú y tú no eres más que nadie. Este uno de los mejores lemas para tener presente en nuestro día a día, sin embargo las zarpas de es oso que nos abraza gusta de recordarnos una y otra vez lo insignificantes que somos, los defectos que nos mancillan y que quien se refleja ante tu espejo, no merece sonreír.

No es lo adecuado: es necesario confrontar estos esquemas de pensamiento.

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Claves para el cambio: sí a recuperar mi autoestima

No hay un camino fácil. Para recuperar nuestra autoestima es bueno ascender por un sendero zigzagueante y pedregoso, donde solo la voluntad y la valentía nos permitirán alcanzar una cima. Un alto en el que por fin, poder gritar “me quiero tal y como soy, estoy bien, soy una persona hermosa, capaz y digna de construir mi felicidad”.

  • Los complejos se nutren de la propia infravaloración. A veces ese sentimiento de inferioridad está inoculado por una familia, por una infancia o adolescencia compleja. Otras veces, puede ser innata, vinculada a un tipo de personalidad.
  • Saber por qué pensamos como pensamos y qué hizo que desarrolláramos esa atribución personal tan destructiva es siempre de gran ayuda.
  • Asimismo, debemos tener muy claro un aspecto: la persona que no se quiere y se infravalora es infravalorada. Hay que cambiar el discurso, la actitud, el tono y el trato. Para ello, lo primero que haremos es dejar de compararnos con los demás: la única referencia válida a la que hacer caso eres TÚ MISMO.
  • Exprésate. Encuentra un canal donde te sientas bien, donde puedas reafirmarte, descubrirte y quererte. El baile, el deporte, la pintura o la escritura son escenarios maravillosos donde canalizar emociones.
  • Reflexiona ahora sobre los escenarios y las personas a las que estás vinculado/a. ¿Te respetan? ¿Te permiten ser tú mismo? ¿Te hacen sentir bien?… En ocasiones, “reciclar”escenarios y personas es un modo de recuperar la autoestima y dejar caer muchos complejos que otros solían reforzar en nosotros.

Para concluir, recuerda siempre que no estamos en este mundo para sufrir o para encerrar nuestra maravillosa esencia vital en la cárcel de los complejos. Merecemos ser libres, felices y auténticos, y ante todo vivir nuestra propia realidad, no la que otros nos marcan.

Imágenes cortesía de Hilda, Emma Uber

Valeria Sabater

Soy psicóloga y escritora. La curiosidad por el conocimiento humano es mi cerradura particular, la psicología mi llave, la escritura, mi pasión.

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