Del ahorro a la tacañería

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 7 julio, 2014
Edith Sánchez · 7 julio, 2014

Así como los psicólogos, economistas, sociólogos y todos los expertos de las ciencias humanas ven con preocupación el aumento de consumidores maniáticos, también estudian a sus opuestos: los ahorradores compulsivos. Es más difícil definirlos porque la frontera entre quienes son sanamente ahorrativos y los tacaños de oficio, no es muy visible.

El punto es que para la mayoría de nosotros el dinero es un recurso limitado. No podemos ir por ahí gastándolo de manera indiscriminada, sin que se nos despeine un pelo. Pero también ocurre que en ocasiones llegamos a sobredimensionar el papel del dinero y terminamos siendo restrictivos hasta con aquello en lo que no deberíamos serlo.

La psicología del tacaño

Tacaño es el que es capaz de causarse daño o causarle daño a otro, con tal de no gastar dinero. Solo van de vacaciones muy de vez en cuando y siempre a la casa de un amigo o familiar, para no gastar en hotel. No encienden la calefacción hasta que no estén al borde de la hipotermia. No salen de casa, si no los invita otro. Dejan que los demás paguen la cuenta.

Esos casos representan al tacaño típico, un poco caricaturizado. Pero hay una tacañería un poco más sutil, que no es tan fácil de detectar.

Es el caso de las personas que ahorran “por si hay alguna eventualidad” o “para llegar a la vejez sin dificultades”. Las razones, en este caso, son muy válidas. Pero no siempre obedecen a una actitud sana, si, por ejemplo, restringen su vida al máximo en función de ese futuro que quizás nunca llegue. No necesariamente va a presentarse la calamidad temida. Ni siquiera sabemos si vamos a llegar a viejos.

Lo que diferencia al tacaño del ahorrador es la proporción entre lo que gasta y de lo que deja de gastar, en función del futuro. Un ahorrador normal no tendría por qué guardar más del 10% de sus entradas económicas. Un ahorrador normal sabe que no puede dejar el dinero mucho tiempo quieto: lo invierte. Muchas familias ni siquiera pueden ahorrar ya que el ingreso no se los permite. Entonces, ¿deberían dejar de comer para tener una vejez satisfactoria o para sortear alguna catástrofe?

El ahorro sano

Ahorrar no es solamente bueno, sino también necesario. Todos deberíamos tener la sana costumbre de guardar ese 10%, o al menos el 5% de cada uno de los ingresos que recibimos. Te sorprenderías al comprobar lo que puedes llegar a acumular a mediano y largo plazo.

Otra cosa es privarnos de las comodidades básicas para sentir la triste satisfacción de ver que el saldo en el banco crece. O guardar dinero debajo del colchón y ver que cada vez aumenta más el montón, mientras vivimos al borde de la indigencia. Todos sabemos de esos casos: personas que mueren y dejan una fortuna enterrada debajo de una baldosa, mientras vivían como mendigos.

El impulso de atesorar responde a una resolución deficiente de la etapa anal en la niñez. La educación restrictiva que exige retener las materias fecales hasta el límite y castiga severamente por no hacerlo, desata esas tendencias hacia el ahorro compulsivo. También las experiencias traumáticas de privaciones pueden marcar una tendencia a comportarse con tacañería. En ese sentido, la tacañería es fundamentalmente un miedo neurótico, una deuda neurótica con los padres.

Sea cual sea el caso, recuerda que finalmente en la vida nada es predecible. Por más que pienses que atesorar el dinero te va a salvar de situaciones terribles, no es algo que tengas asegurado. Pueden robártelo, puedes perderlo. Por eso no vale la pena que lo guardes, si eso te implica privarte de una mejor vida aquí y ahora.

Imagen cortesía de sari Dennise.