Dolor crónico: la enfermedad invisible

Paula Murillo · 5 agosto, 2017

Cuando sentimos dolor, el proceso para eliminarlo o al menos aliviarlo parece sencillo: acudimos al médico, nos indica el tratamiento adecuado y el dolor desaparece. Pero no siempre es así. Uno de los grandes desafíos para las distintas disciplinas médicas es el dolor crónico. ¿Qué sucede cuándo nada alivia?, ¿cómo controlar algo tan desordenado y agotador como el dolor constante?

La persona que sufre dolor crónico siente como si miles de agujas estuvieran clavadas en su cuerpo de manera constante, afectándola esta situación no solo a nivel físico, sino también a nivel emocional, cognitivo y relacional. Así, el estrés continuo al que la persona está sometida junto a los impedimentos que el dolor crónico le produce hará que en determinados momentos sus concepciones sobre el mundo y la vida se tambaleen, junto a sus relaciones.

“Hay dolores que matan: pero los hay más crueles, los que nos dejan la vida sin permitirnos jamás gozar de ellas.”

– Antonie L. Apollinarie Fée –

Esta situación no solo será difícil para la persona que tiene dolor crónico,  las personas allegadas como sus familiares y amigos también experimentarán cierta dificultad, sobre todo cuando el desconocimiento, la incomprensión o el agotamiento toman las riendas. Ya que al haber conocido distintos tipos de dolor a lo largo de sus vidas creen tener la capacidad de empatizar. Sin embargo, al ser algo tan subjetivo y dependiente de las propias sensaciones es muy difícil que logren ponerse en la piel de la persona que lo sufre.

¿Qué puede hacer la psicología con el dolor crónico?

El dolor es una advertencia de nuestro cuerpo que nos indica que algo no está bien. Pero ¿qué sucede cuando tras haber realizado las recomendaciones médicas el dolor persiste? La vida puede volverse una amenaza para la persona que lo padece. Las actividades del día a día se plantearán casi como un sufrimiento y se puede llegar a ver el futuro con desesperanza.

Mujer con dolor tirada en el suelo

Esta sensación de estar a merced del dolor como si se fuera una hoja al viento es altamente dañina para la autoestima de quien lo padece. Aunque bien es cierto que el grado de incapacidad del dolor crónico depende de la situación de cada persona. No obstante, independientemente del grado de autonomía y funcionalidad que se experimente, la situación suele vivirse como limitante y frustrante.

En términos generales, según los expertos se entiende que hay dolor crónico cuando este se prolonga durante más de seis meses y no se alivia con tratamientos médicos ni quirúrgicos. Y aunque existe medicación para aliviar la sintomatología, la psicoterapia también puede ser de gran ayuda en estos casos.

Al margen del alivio y los efectos prácticos en el día a día, trabajar desde la aceptación y el empoderamiento de la persona desde la psicología, puede reforzar y aumentar la sensacion de “control sobre la propia vida”.

“La alegría y el dolor no son como el aceite y el agua, sino que coexisten.”

– José Saramago – 

Desafiando al dolor

Existen varias técnicas para afrontar el dolor crónico. A continuación, nos centraremos en las expuestas en el “Manual del dolor” (Moix y Kovacs, 2009).

Una de las principales fórmulas para crecerse ante cualquier adversidad es conocer cómo funciona aquello que nos está desestabilizando. Desde el entendimiento y la conciencia del problema se trazan mejores estrategias y se rebaja el nivel de tensión acumulada por incertidumbre.

Así, hacerse expertos en procesos atencionales y en cómo dirigir dónde ponemos el foco de atención es elemental para tomar conciencia de nuestro poder sobre el dolor. De este modo, entrenar nuestra atención para dirigirla a estímulos relajantes será de gran ayuda, en lugar de centrarnos en ese dolor que erosiona.

“El hombre a quien el dolor no educó siempre será un niño.”

 – Nicolás Tommaseo –

Otro aspecto importante a tener en cuenta es conocer que el malestar generado por el estado de ánimo bajo fortalece y alimenta la enfermedad. El miedo, el estrés, la sensación de cansancio o los problemas para dormir aumentan el dolor. Sabiendo esto, podremos trabajar en sentido contrario, es decir, enfocando las emociones, los pensamientos y los comportamientos hacia un mínimo de bienestar en lugar de contribuir a que el dolor aumente. Por mínimo que sea, irá a nuestro favor.

Mujer de espaldas con la cabeza hacia abajo con dolor crónico

Manos a la obra

Una vez entendido que poniendo de nuestra parte podemos enfocar el problema desde el punto de vista de la acción se puede comenzar a trabajar en ello. Algunos de los puntos principales de los protocolos de actuación son:

  • La relajación y la respiración: son esenciales para aliviar la tensión muscular. Relajarse no sólo consiste en tumbarse y desconectar físicamente a nivel muscular, existen otros métodos como ir al cine, comer en un restaurante, escuchar música, hablar por teléfono con un amigo, pasear… que también sirven para desconectar.
  • Las emociones: son otro punto fuerte del proceso. Conocerlas, saber cómo afectan al círculo del dolor y trabajar técnicas de distanciamiento puede ser de gran ayuda.
  • Comunicar de una manera sana: es lógico que ante una situación de dolor crónico la queja forme parte del discurso continuo. Trabajar la forma de expresarnos y comunicar el mismo mensaje pero de distinto modo ayudará a mejorar las relaciones personales.
  • Recuperar viejas y sanas costumbres: es normal que en el proceso se aparten actividades que resulten placenteras y que se dejen de hacer actividades cotidianas, al ser más costosas. Pero recuperar viejas dinámicas, incluyendo poco a poco actividades gratificantes contribuirá a la reconstrucción del nuevo plan vital.
  • Trazar plan con nuestro terapeuta: saber cuáles son los filtros de pensamientos y las distorsiones cognitivas que nos impiden transformar nuestra forma de pensar es fundamental.

“Todos los dolores que nos alejan son dolores perdidos.”

– Simone Weil –

Como vemos el dolor crónico no solo es una enfermedad que repercute a nivel físico sino que afecta también a nuestros pensamientos, relaciones y emociones. Un problema invisible pero de mucho peso en el que es fundamental poner de nuestra parte para mejorar.