Dulce cuento de San Valentín - La Mente es Maravillosa

Dulce cuento de San Valentín

Yolanda Fernández Lago 16 febrero, 2014 en Emociones 0 compartidos

Aquella noche mientras la Princesa Ranita dormía plácidamente entre sus sábanas de seda, vestida con su mejor camisón lleno de mil puntillas y otros tantos encajes y bien arropadita bajo un edredón de plumón de oca, tuvo un sueño maravilloso:

Soñó que se celebraba una espléndida fiesta en la charca. Las suaves luces que procedían de la multitud de farolillos de colores que se habían colgado con elegancia entre las copas de los árboles, envolvían el ambiente. Para los invitados se había servido agua fresca de manantial en jarras de fino cristal y había fuentes repletas de frutas cuidadosamente peladas y primorosamente cortadas en pequeños trocitos para facilitar su degustación. Para todos aquellos que quisieran tomarse un descansito entre baile y baile, se habían dispuesto cómodas sillitas bajo los árboles más frondosos.

Todos en el Reino de la Charca habían trabajado duro durante meses para que la fiesta fuera todo un éxito. La Reina Ranita se había encargado de hacer la lista de invitados. Los folios se habían ido amontonando en la mesa del despacho real. Por lo que el Monarca se había visto obligado a eliminar nombres y más nombres para acortar la extensa lista de la Reina, facilitando así que los presentes pudieran sentirse cómodos en el espacio de la charca. La joven Princesa Ranita se encargó de elegir la cubertería y la mantelería más acordes con una fiesta al aire libre. Buscaba algo discreto, que no desentonase con al alcurnia de los invitados y que tuviera un toque de elegancia.

El Príncipe Sapito no tardó en aparecer en la fiesta. Iba engalanado con su último traje hecho a medida por el mejor sastre del Reino de la Charca. Llevaba su corona dorada resplandeciente y el traje rojo característico de los sapitos de su rango. Se había aseado primorosamente, pues olía a colonia de Agua de Fresas y a crema corporal hidratante de miel y almendras.

La Princesa Ranita supo desde el primer momento que algún día sería su esposo. Y el Príncipe Sapito supo desde el primero momento que algún día sería su esposa. Durante toda la velada la Princesa Ranita y el Príncipe Sapito no dejaron de mirarse y buscar sus ojillos de enamorados entre las cabezas de los invitados. Pero si el Príncipe Sapito era tímido, aún más lo era la Princesa Ranita y ninguno se atrevió esa noche a dar el paso y confesar su amor. La Princesa Ranita de lo silenciosa que estaba parecía una estatua con los pies anclados en el verde del campo. El Príncipe Sapito parecía tener los pies pegados con superglue, loctite, u otro pegamento extra-fuerte. Ninguno de los dos encontró las fuerzas necesarias para romper ese encantamiento que los mantenía sujetos al suelo. Así que la fiesta terminó y los invitados se fueron despidiendo uno a uno de los anfitriones.

Y nadie pudo impedir que se sucedieran las estaciones en el alegre Reino de la Charca…

El viento del Otoño se llevó con él las hojas de los árboles y las flores traviesas terminaron por esconderse ante el mal tiempo. Cuando los copos blancos del Invierno se posaron sobre la charca, el frío adormiló a los árboles y los habitantes del reino se acurrucaron en sus hogares al abrigo del fuego. Al llegar la Primavera todos los habitantes del Reino de la Charca comenzaron a asomar tímidamente sus naricillas, mientras la naturaleza bostezaba para desperezarse de la tristeza y disfrutar del buen tiempo calentándose con los primeros rayos de sol.

Y al llegar el Verano, todo sucedió igual que en su sueño. Aunque en esta ocasión con un final feliz:

Era la fiesta de celebración del 80 cumpleaños del Rey Rodrigo. La charca se había adornado con farolillos de colores y olorosos ramos de flores silvestres reposaban justo en el centro de cada mesa de buffet. El apuesto Príncipe Sapito la encontraba en medio de la multitud. La ranita estaba preciosa vestida con su traje de fiesta para el baile. El Príncipe le daba un tierno beso en la rente y poniéndose de rodillas pedía su mano y se comprometían por siempre jamás.

Yolanda Fernández Lago

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