Educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Raquel Aldana
· 7 septiembre, 2015

Las relaciones emocionales establecidas en la infancia conforman gran parte del futuro de una persona. Así, aunque tradicionalmente lo racional ha marcado la práctica de educar, las habilidades emocionales y sociales se encuentran fuertemente vinculadas con las racionales.

Lo que alienta a educar el corazón es la idea de que si hoy nos ocupamos de las emociones, mañana reduciremos la incidencia de problemas derivados de emociones conflictivas. Estos problemas pueden ser simples y cotidianos o verdaderamente graves como la violencia, el suicidio o el consumo de drogas.

Digamos que a través de la educación emocional desarrollaremos un yo sano que determine la liberación y la madurez emocional, obteniendo la sensación de eficacia y de autorrealización.

Al educar el corazón desarrollamos la mente en términos de plasticidad neuronal. Esta capacidad neuronal nos ayudará a moldear circuitos cerebrales más saludables.

heridas del padre ausente

La práctica hace al maestro

Lo que más nos importa es trabajar los momentos en los que nos atrapa una emoción. Es entonces cuando podemos aprender a gestionarlas bien. El aprendizaje es mayor a través de la práctica. Las emociones, al ser conceptos intangibles, pueden resultar complicadas de entender y aprender a manejar sin experimentarlas. Es por ello tan importante, aprovechar las oportunidades en las que el niño sienta emociones. De esta forma, podremos familiarizarlo con ellas y hacerle ver que es normal.

Por ejemplo, los niños a los que se les reconocen las emociones negativas como la ira o el enfado aprenden a regularlas mejor y a afrontarlas con éxito. Sin embargo, tristemente, lo habitual es enfrentar las emociones de nuestros niños; es decir, que si ellos se enfadan, nosotros les castigamos o nos enfadamos con ellos como respuesta. Así pues, la educación a los padres sobre la gestión emocional de sus hijos, también es un factor importante a tener en cuenta. Así, en lugar de castigar a sus hijos por mostrar ira, será más adecuado enseñarles a manejar la emoción de la mejor forma posible.

Esta reacción adulta hace que los niños saquen la conclusión de que no deben compartir ciertas emociones y, como consecuencia, acaben desconectándose de ellas. Esto no ocasiona que la emoción desaparezca en ese momento, sino que produce un entorpecimiento de la confianza entre el niño y sus cuidadores.

madre con hijo

Educar el corazón, una grata tarea

Si bien el término educación emocional resulta muy atrayente, debemos tener cuidado a la hora de llevarla a cabo. Ni todo vale ni nada queda. O sea, que al igual que enseñamos con sumo cuidado a sumar y a restar, debemos implicarnos en instruir al corazón.

La idea es que el niño aprenda a identificar las señales que nos ofrecen nuestros sentimientos y las usen como base para tomar decisiones adecuadas al clima afectivo que se respira en el entorno.

Para esto, debemos transmitir un mensaje claro a los niños: todos los sentimientos están bien, son las conductas las que pueden estar mal. Es clave para el desarrollo emocional percatarse de que todo el mundo siente en alguna ocasión celos, avaricia, desilusión, etc. Sin embargo, lo importante es que se familiaricen con ello y aprendan a expresarlo de la manera adecuada.

Para lograrlo debemos preocuparnos por proporcionarles herramientas que les ayuden a llevarlo a la práctica. Esto es de suma importancia dado que hay muchos niños que temen sus sentimientos, ya que se sienten incapaces de separarlos de su conducta.

Niña con elefante

Emoción y conducta

E muy importante que el niño comprenda que si en alguna ocasión se le ha castigado al expresar la ira, no hay sido por la emoción en sí sino por su conducta. Para ello podemos contarles historias en las que un niño haya sentido esa emoción y su manera de resolverlo. Invitarles a que nos cuenten sus vivencias, a que nos hagan un dibujo o que escriban acerca de ello es una buena idea para ayudarles a que expresen su malestar.

A partir de ello, el niño tiene que aprender a calmarse antes de pensar y de actuar. Sentir emociones negativas es normal, pero tiene que reconocer que la activación que siente se deriva de ésta. Poco a poco, el niño aprenderá que por mucho enfado que sienta, no es sinónimo de que lleve a cabo una conducta negativa. Se le enseñará que las emociones pueden regularse de forma interna sin que tengan consecuencias externas negativas.

No se trata de decir a los niños que se calmen, sino de invitarles a comprender que ciertos estados emocionales son displacenteros para todos. Así, para controlar el comportamiento que deriva de su emoción tienen que comprender que deben tratar su entorno como quieren que su entorno les trate a ellos.

Cualquier estrategia que implique juegos, cuentos y dinámicas divertidas es adecuada para fomentar los principios que hemos comentado. En este sentido, les ayudaremos a desarrollar su capacidad de pensar y planificar de tal manera que puedan evitar situaciones complicadas y desarrollarse felizmente.

Fuente de consulta principal: Emociones destructivas de Daniel Goleman