El alta terapéutica

27 Diciembre, 2019
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Loreto Martín Moya
El alta terapéutica puede llegar a suscitar, tanto en el cliente como en el terapeuta, emociones de diversa naturaleza.

Terminar bien una terapia es una tarea que requiere conocimiento y sensibilidad: hablamos de un paso, cuanto menos, delicado en la reconquista de la autonomía. De hecho, el alta terapéutica supone el cierre a un proceso que puede haber resultado crucial en la vida de muchas personas. Por ello, este momento tan importante no puede realizarse de cualquier manera.

Aunque la gran mayoría de profesionales conocen cómo hacer una buena evaluación e identificar cuál es la mejor intervención a plantear, son menos los que le dan la importancia que merece el alta terapéutica. De hecho, muchas veces el alta terapéutica ni siquiera está incluida dentro del propio proceso terapéutico.

Vélez y Alveiro (2008) ya atajaron el alta terapéutica en su artículo El proceso de terminación en psicoterapia de tiempo limitado: aspectos clínicos y técnicos. A continuación se exponen las principales conclusiones a las que llegaron.

Chica en el psicólogo

La terapia, ¿un proceso finito o infinito?

Los problemas son fenómenos que siempre van a acaecer en la vida de las personas. No hay individuos libres de obstáculos o reveses, a los que la fortuna cumpla siempre sus deseos o minimice sus miedos, a los que la valentía libere de limitaciones. Todos, alguna vez, nos hemos sentido y nos sentiremos emocionalmente desbordados.

Las personas, en tanto que somos personas, vivimos, experimentamos, siempre vamos a tener nuevos retos que afrontar. La terapia psicológica no busca que la persona sea feliz durante el máximo tiempo posible; o que jamás vuelva sentir pesar o tristeza. Si este fuera su objetivo, la terapia no acabaría nunca.

De hecho, aún con un proceso terapéutico como apoyo, los sujetos volverán a sentirse tristes, volverán a sentir ansiedad y volverán a tener preocupaciones.

La terapia psicológica es finita porque su meta no es terminar para siempre con las llamadas “emociones de valencia negativa”, sino que lo es porque su objetivo es dotar a la persona de herramientas válidas, útiles y suficientes para hacer frente a las exigencias del medio que se planteen en cada momento.

Por estas razones, parece buena idea que, para una buena cantidad de casos, la terapia sea acotada en el tiempo. Si esta no acabara, la persona nunca podría recuperar su autonomía, cuando el psicólogo ha de buscar que su cliente no le necesite.

Vélez y Aveiro citan en su artículo a Frieda Fromm-Reichman, pionera y exponente de la terapia psicoanalítica, en relación al asunto que nos ocupa. Para ella, la terapia debe acabar:

Cuando el [paciente] haya logrado un suficiente grado de compenetración duradera en sus operaciones interpersonales y su dinámica como para que le permita, en principio, manejarlas adecuadamente.

El duelo por la finalización del tratamiento

Estos autores exponen los problemas que surgen en la finalización de la terapia bajo el nombre de “duelo”. Por ello, encuentran muy relevante, dentro del propio proceso de finalización, atajar los sentimientos y emociones que la “despedida” genera en el cliente.

Por esto, hablamos de “proceso de finalización” y no “sesión de finalización”. Cuando un terapeuta determina que la terapia está llegando a su fin, debe de iniciar un proceso que puede durar varias sesiones en función de cada caso.

Algunos de los sentimientos que pueden aparecer ante el fin de la terapia son: preocupación, rechazo, culpa, enfado, fracaso, desmoralización o sensación de esfuerzo perdido.

La correcta gestión de estos sentimientos es vital para que no interfieran con el proceso de cierre del sujeto; para que no se sientan desamparado y para que sus sentimientos de autoeficacia no se disuelvan. Vélez y Alveiro aconsejan no despreciar la importancia que el psicólogo puede tener para el paciente como punto de apoyo.

El fin forzado: el alta que no es alta

La terapia psicológica no solo termina cuando se da el alta terapéutica a los clientes por haber alcanzado los objetivos de la misma. De hecho, muchas terapias acaban de manera abrupta, sin demasiado tiempo para realizar un cierre en condiciones.

En ocasiones, la terapia ha de acabar porque esta ya no ayuda. Ya sea porque no se ha establecido una buena relación terapéutica, porque el cliente no se desprende de sus resistencias tiempo después de haber iniciado el proceso o por causas que pueden ser desconocidas, el psicólogo puede decidir terminar la terapia.

El fin forzado de la terapia es incluso más relevante que el alta terapéutica, porque va a determinar la relación que el cliente tendrá con la psicología y la terapia en el futuro. Vélez y Alveiro citan a Bostic, Shadid y Blotcky (1996), que estudiaron las emociones que las terminaciones forzosas provocaban  en los clientes. Resaltamos:

  • Experimentación de abandono.
  • Creencia de que es irrelevante para el terapeuta.
  • Sentimientos de culpabilidad por lo hecho (o no hecho) en el proceso terapéutico.
  • Pensamientos como “la terapia no sirve para nada”.
  • Sentimientos de angustia.
Psicólogo dando alta terapéutica

¿Cuándo es el mejor momento para introducirla?

Dependiendo de la terapia y del cliente, la idea del alta terapéutica deberá de ser introducida en un momento o en otro. El asunto del cierre, como hemos visto anteriormente, puede suscitar múltiples emociones en el cliente, y por ello la duración de la terapia es especialmente relevante.

Por norma, el cierre de la terapia llevará más tiempo cuanto más fuerte sea la alianza terapéutica. Por ello, Bostic et al. refieren que, en terapias de más de un año, sería conveniente anunciar la terminación de la terapia por los menos con tres a seis meses de anticipación.

Aunque la terapia continúa durante esos meses, es también un período donde se pueden revisar los progresos de la persona desde que sabe que el proceso tiene fecha límite.

Asimismo, la naturaleza del propio cliente es igual de relevante. Si nos encontramos frente a un sujeto impulsivo, quizás sea buena idea retrasar la introducción del alta terapéutica, puesto que puede querer terminar la terapia en el momento en el que se expone el tema. Esta anticipación excesiva para las características del cliente podría impedir varios meses de trabajo terapéutico.

Por último, es conveniente mencionar que no todos los fenómenos que ocurren en el proceso de cierre de una terapia son responsabilidad del cliente. De hecho, muchos terapeutas, sobre todo los noveles, experimentan también emociones contradictorias al entender que van a abandonar las sesiones con alguien con quien, por ejemplo, se podía tener una excelente alianza terapéutica.

El terapeuta puede sentir culpabilidad, alivio o tristeza, pero en ningún momento estas emociones deben contaminar el final de la terapia.

Bostic et al. entienden la terminación de la terapia de la siguiente manera:

“La terapia no termina con la última sesión, ya que las mismas técnicas y métodos practicados en la terapia pueden ser invocados por el paciente en la continua búsqueda de la auto-comprensión. Hay que replantear la terminación como una conclusión en el logro de una nueva perspectiva y nuevas habilidades”.

  • Vélez, P. y Alveiro, D. (2008). El proceso de terminación en psicoterapia de tiempo limitado: aspectos clínicos y técnicos. Revista CES Psicología, 1(2), 58-68.
  • Bostic, J., Shadid, L. & Blotcky, M. (1996). Our time is up: forced terminations during psychotherapy training. American Journal of Psychotherapy, 50(3), 347-359.