El amargor de las lágrimas no derramadas

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas
24 enero, 2019
Las lágrimas no derramadas duelen porque se acumulan en nuestro interior en forma de malestar. Es entonces cuando la impotencia y el desánimo se apoderan de nosotros. ¿Por qué no lloramos?

A veces, una profunda angustia nos invade, se forma un nudo en nuestra garganta y nuestra mente parece quedar secuestrada en un callejón sin salida. La tristeza sale a escena, mientras que la impotencia por lo sucedido nos atrapa. No podemos hacer nada, por mucho que lo intentemos. Ni siquiera las lágrimas tienen el valor de asomarse a través de nuestros ojos, para caer por nuestras mejillas y ayudarnos a desahogarnos. ¿Qué sucede? ¿Por qué no lloramos?

Son muchas las personas que tras sufrir una situación negativa de gran impacto son incapaces de liberar su dolor. Lo sucedido les ha conmovido tanto, que de, algún modo, han quedado bloqueadas, encerradas en un sufrimiento que les arrebata cualquier posibilidad de expresar cómo se sienten.

Es una sensación amarga. Quieren llorar y no pueden; incluso, desearían poner palabras a eso que les invade, pero son incapaces. El problema es que el malestar se hace cada vez más grande; como si, poco a poco, las lágrimas no derramadas, les ahogasen por dentro. Profundicemos.

«Casi muero por todas las lágrimas que no derramé».

El caballero de la armadura oxidada, Robert Fisher-

Mujer triste para representar la autofobia

¿Por qué no puedo llorar?

La imposibilidad de llorar puede estar asociada a diversas causas: desde una enfermedad hasta bloqueos emocionales; de ahí que, en primer lugar, sea importante descartar cualquier causa a nivel fisiológico.

Por ejemplo, el síndrome de Sjögren es un trastorno autoinmunitario que se distingue por la destrucción de las glándulas que producen las lágrimas y la saliva, aunque también puede dañar otras partes del cuerpo. Lo que provoca síntomas como el ojo y la boca secos. Por esta razón, es importante acudir al médico, antes que asumir que lo ocurrido se debe a problemas psicológicos, como una depresión.

Causas psicológicas

Una vez descartadas las causas fisiológicas es momento de navegar por el universo psicológico de la persona para saber qué sucede. En este caso es importante tener presente que no todas las personas gestionan los problemas de igual modo. Cada uno tiene su forma particular de enfrentar la realidad, sus tiempos de reacción y su bagaje de estrategias. Por ello, habrá quien sea capaz de liberar sus emociones fácilmente, quien necesite un mayor tiempo para procesar lo sucedido y quien, por alguna razón, quede bloqueado debido al fuerte impacto.

Así, cuando el problema tiene un origen psicológico, suele estar relacionado con una mala gestión de las emociones. Lo cual puede ser algo puntual, pero también derivar en depresión junto a otros factores. Incluso, si la imposibilidad de llorar se experimenta durante un proceso de duelo y este se alarga en el tiempo, podría indicar la presencia de un duelo patológico.

No obstante, es importante tener presente qué significa llorar para la persona, ya que, en ocasiones, existe la creencia de que es algo negativo o de personas débiles, por la educación recibida. De ahí, que muchas personas tiendan a reprimirlo por temor a ser consideradas como frágiles o vulnerables, hasta convertirse en un automatismo. O incluso, puede que les dé miedo entrar en contacto consigo mismas. El problema es que esto no favorece la salud y, a veces, facilita la acumulación de ira, rabia y agresividad o incluso, la somatización.

“Las lágrimas derramadas son amargas, pero más amargas son las que no se derraman”.

-Proverbio irlandés-

La liberación emocional de las lágrimas

William Frey, doctor del Saint Paul Ramsay Medical Center, asegura que las lágrimas son tan necesarias como las sonrisas. Si bien es cierto que no tienen el poder para resolver aquello que nos sucede, suavizan tensiones, alivian la tristeza y facilitan a la persona conocerse y conectar con los demás.

Las lágrimas son parte de nosotros, son un mecanismo de defensa y desahogo, es decir, un modo de liberar la tensión acumulada, independientemente de la situación. Por ello, es importante permitirse expresarlas. Lauren Bylsman, investigadora de la Universidad de Pittsburgh, afirma que llorar ayuda al cuerpo a volver a su estado de homeostasis, es decir, a recuperar el equilibrio, tras haber sido alterado.

Al llorar se liberan adrenalina y noradrenalina, hormonas que se segregan en exceso en situaciones estresantes y que pueden resultar peligrosas. Esto produce una sensación de tranquilidad y desahogo en el organismo, por lo que el cuerpo se relaja.

Ojo con lágrima

Según un estudio llevado a cabo por el bioquímico William H. Frey, las lágrimas que se derraman por una situación negativa o dramática, liberan endorfinas, prolactina, cloruro de potasio y magnesio, así como adenocorticotropina y leucina-encefalina. Así, se alivia nuestro malestar, tanto físico como emocional, debido a la sensación que produce ese estallido emocional.

Técnicas de desahogo emocional

Reprimir el llanto o ser incapaz de llorar conlleva una acumulación de malestar. Es como estar a la deriva en un océano de sufrimientos, sin tener ningún salvavidas ni tierra a la vista. No obstante, existen algunas estrategias que pueden ayudarnos a descargar la tensión acumulada y, finalmente, comenzar a expresar nuestras primeras lágrimas:

  • Vaciado de mente. Es una técnica para descender hacia nuestras profundidades. El primer paso es preguntarse qué es aquello que nos entristece o que nos impide encontrarnos bien. Una vez identificado, trataremos de respondernos en primera persona: me siento…, me duele que… y seguidamente, pensaremos en cómo actuar en el futuro y qué podríamos hacer para alcanzar la tranquilidad que tanto necesitamos.
  • Escritura terapéutica. Escribir es una forma de sacar al exterior cómo nos sentimos, es decir, de liberar sentimientos y desenredar esa madeja interior que tanto nos paraliza. Este ejercicio consiste en escribir sobre nuestros sentimientos sin pensar como queda. Lo importante es hacerlo de forma natural.
  • Revisar creencias. Indagar sobre nuestra concepción sobre el llanto es importante. Quizás puede que descubramos ciertas restricciones o mitos que si los desterramos nos permitan llorar. Pensamientos como «Llorar es de débiles», «los hombres no lloran» o «llorar no va a solucionar nada» son un ejemplo de ello.
  • Hablar con una persona de confianza. Recurrir a esa persona que nos escucha, que nos acoge y apoya puede ser una opción para sentirnos comprendidos y liberar cómo nos sentimos. Ahora bien, no vale todo el mundo, sino aquellos que nos transmiten confianza, seguridad y calma.

Como vemos, llorar es un acto liberador y saludable. Es capaz de transformar la tensión experimentada en una expresión de nuestro mundo interior. Nos ayuda a liberar la presión interior de la que, a veces, somos presos; es decir, facilita la descarga emocional y nos relaja. De esta forma, comenzaremos a sentirnos más seguros y podremos observar lo ocurrido desde otra perspectiva.

Además, las lágrimas también comunican; de hecho, son consideradas como una llamada a la empatía y al apoyo de los demás. Aparecen cuando las palabras no alcanzan a describir lo que desborda el alma, cuando somos incapaces de describir cómo nos sentimos por su intensidad.

Llorar no es signo de debilidad, sino de valentía. Del valor para comunicar la profundidad de nuestros sentimientos, de cómo nos encontramos. Como decía el escritor estadounidense Washington Irving “Hay algo sagrado en las lágrimas. No son señal de debilidad sino de poder. Son las mensajeras de una pena abrumadora y de un amor indescriptible”.

«Las lágrimas son la sangre del alma».

-San Agustín-