El amor no es una palabra, es un acto

04 Junio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por el psicólogo Marcelo Ceberio
¡Cuántas veces se intenta definir al amor y cuántas son las oportunidades en las que pensamos que a la definición le falta “sustancia”! Marcelo Ceberio, doctor en Psicología, nos define y nos habla sobre el amor.
 

El amor, como concepto abstracto, resulta muy difícil de definir: desde poetas, psicólogos hasta neurocientíficos han intentado colocar un sello distintivo y asertivo en su definición y siempre nos queda la sensación de que no define al término en totalidad.

Lo cierto es que el amor puede definirse a través de la acción, lo que muestra que el amor posee una definición absolutamente subjetiva. Profundicemos.

Hoja con forma de corazón para representar el amor

De familias y parejas

La familia puede ser considerada como la célula nuclear de la sociedad y una matriz de intercambio donde se cuecen a fuego lento creencias centrales, estructura de significados, funciones, identidad, etc. Así, se constituye como uno de los pilares principales de la vida psíquica de las personas.

A posteriori, en el proceso de individuación -del somos al ser individual-, todo este cúmulo de conceptualizaciones, traducidos algunos en mandatos de origen, se encarnan en cada uno de sus miembros, que reproducirán -por oposición o adhesión- en otros grupos, parejas o constituciones de otras familias.

Por otro lado, en la pareja, la familia será siempre la matriz, el baremo y el patrón de referencia para cada uno de sus integrantes. Son ellos quienes proveen de un sentimiento de identidad independiente que está mediatizado por el sentido de pertenencia.

 

Desde esta perspectiva, una pareja puede ser definida como un sistema conformado por dos personas, voceras de dos sistemas que fueron conformados, a su vez, por cuatro sistemas que, a su vez, fueron constituidos por ocho sistemas y así en una relación geométrica ad infinitum.

Así, una pareja puede definirse como dos personas de igual o distinto sexo procedentes de dos familias de origen, que instauran un vínculo con proyecto y objetivos comunes de desarrollarse en equipo y brindarse el apoyo y la motivación necesarias en un espacio propio que excluye a otros. Además, sus miembros se relacionan con el entorno como pareja y conservan, a su vez, los espacios individuales de relación consigo mismos y de relación social.

Una pareja es interdependiente: una fracción se comparte y se depende y otra fracción cuida los espacios de autonomía.

Esta descripción demarca claramente las fronteras de la consolidación de una pareja a la que cabría agregarle que ambos cónyuges son portadores de pautas, normas, cultura, funciones, códigos, mandatos, valores, creencias, significados, ritos, estilos de emocionar y procesar información, etc., que es lo que trae cada uno de los integrantes en su maleta y que está dispuesto con mayor o menor resistencia a intercambiar y acordar.

De la sinergia de todos esos componentes que trae cada uno a la relación, se construirá una pareja. Es decir, de la misma manera que en el proceso de individuación familiar pasamos del somos al ser, en la construcción de la pareja del ser vamos al somos. Es decir, lo que cada uno aporta a la relación (propiedades y atributos) conforma una pareja con identidad propia: la identidad de pareja.

 

Si bien un integrante puede tener algunas de sus propiedades en común con su compañero, por lo general existe la complementariedad: «que tienes tú que no tengo yo, que tengo yo que no tienes tú». Y es en esta matriz relacional donde radica la esencia del vínculo.

Sin embargo, estas mismas diferencias que dan la estocada en la elección, pueden ser categorizadas como antagonismos y fuente de reclamos de un partenaire a otro con el paso del tiempo. Por ejemplo, se pueden exigir características que nunca se tuvieron.

Se trata de un fenómeno procedente de los crecimientos individuales y de la pareja, un coletazo negativo que conlleva discusiones y que puede dar lugar a descalificaciones, agresiones y diferentes tipos de defensas donde uno de los cónyuges es desacreditado por el otro. Pero… ¿qué hay del amor?

Pareja enfadada por conductas destructivas

Enamorarse

Una de las características distintivas de la pareja humana con otras parejas de animales es el amor. Muchos han sido y son los autores que han intentado definir al amor. Románticos, poetas, científicos, artistas, terapeutas se han embarcado en semejante tarea, imponiendo desde sus modelos de conocer las más disímiles descripciones.

 

Es cierto, que como la mayoría del repertorio de términos abstractos, el amor resulta sumamente difícil de explicar, más aún cuando se apela a recursos racionales o que competen a la lógica.

Tratar de traducir al amor a significaciones racionales e imponerle, si se quiere, una cuota de lógica, puede sumergirnos en una profunda complicación. El biólogo Humberto Maturana señala que «el amor no tiene fundamento racional, no se basa en un cálculo de ventajas y beneficios, no es bueno, no es una virtud, ni un don divino, sino simplemente el dominio de las conductas que constituyen al otro como un legítimo otro en convivencia con uno«.

El amor es un sentimiento que emerge poderoso de las fauces del sistema límbico. No pasa por el tamiz del hemisferio izquierdo, racional y lógico, aunque a veces se intentan evaluar cuáles fueron las características, particularidades o actitudes por las que una persona ha enamorado a otra. Es, entonces, cuando el amor se piensa, pero se piensa cuando ya se halla instaurado. O cuando se duda. Cuando no se está convencido que el sentimiento hacia el otro es el amor.

El partenaire enamorado siente y convierte ese sentir en acciones que tratan de ser consecuentes y coherentes. Y el amor, eso es, un sentimiento. A diferencia de la emoción que es intempestiva, el sentimiento involucra variables emocionales, cognitivas y pragmáticas y un factor fundamental: el tiempo, que es el encargado de ejercer las tres variables anteriores.

 

Aunque, en ocasiones, el amor se confunde con otras emociones. Estar enamorado no es estar entrampado, enlazado, atrapado, cazado, enganchado o preso. Esas son falsas concepciones del amor, son sentimientos y emociones que confunden y que tienen su progenie en enlaces psicopatológicos, disfuncionalidades comunicacionales y engarces de tipos de personalidad.

En el amor siempre hay una cuota de pasión, pero la pasión no es obsesión. La pasión motiva, la obsesión agota; la pasión promueve pasión, la obsesión asfixia; la pasión entusiasma, la obsesión enloquece; la pasión atrae y la obsesión genera rechazo.

Básicamente, entonces, afirmamos que el amor no es una palabra, sino un acto; es decir, el amor no tiene definición precisa, sino que es definido en el seno de la pragmática mediante acciones que conllevan interacciones.

Un ser humano traduce en gestos, movimientos, acciones, palabras o frases -orales o escritas- la necesidad de hacer saber al otro, de transmitirle, ese afecto profundo. Una transmisión que encierra la secreta expectativa de reciprocidad amorosa, de complementariedad relacional, que produce en el protagonista el saber que no está solo en semejante empresa (el amar sin ser amado es una de las causales más frecuentes de la desesperación).

Además, esta transmisión busca la creencia de una seguridad. Una utópica seguridad, ya que la búsqueda de reaseguramiento amoroso hace que se descuide el presente de amor en pos de reafirmar el futuro hipotecándolo. Y ese descuido posee lamentables consecuencias cuando la mirada preocupada se centra en adelante y no en mientras y durante.

 

Quien encanta a quien

Cuando dos personas se encuentran y aparece el deseo amoroso en ellas, la comunicación verbal se activa. Las palabras fluyen en armonía, aunque a veces los temores al rechazo bloquean ese libre fluir. Las frases se impostan casi poéticamente. Hasta en los menos histriónicos, la impronta seductora impregna las palabras.

Aparece cierta cadencia en el discurso, cierta tonalidad en el hilván de las frases. La gestualidad se modifica. La mímica es más sutil y los movimientos se encorvan y enlentecen. Los ojos se entrecierran, la boca se mueve de forma más provocativa y las miradas retroalimentan todo este juego. Todo un complejo comunicacional que intenta cautivar y seducir al otro en pos de generar unión amorosa.

La génesis de una buena relación de pareja se halla, entre otras cosas, en estar con el otro de la misma manera y la misma libertad que cuando estamos con nosotros mismos.

Pareja mirándose

Neurobiológicamente, cuando dos personas se encuentran, hay fluidos endocrinológicos y bioquímicos que se segregan.

 
  • El estómago se endurece y se detona en ansiedad lo cual produce mayor apetito que se traduce en voracidad. Aunque en otras ocasiones, se produce el fenómeno contrario: el estómago se cierra y no deja el libre paso a la ingesta alimenticia.
  • La secreción de adrenalina aumenta, colocando a la persona en una alerta hipervigilante.
  • Los músculos se tensan y se está pendiente de las actitudes del otro que serán significadas como señales de atracción o aceptación, indiferencia y rechazo.

Todas estas son las alertas que acompañan al deseo amoroso. Alertas que, de ser correspondidas, hacen que se conforme una pareja. El crecimiento del vínculo, léase el conocimiento del otro en sus valores, gustos, virtudes y defectos, etc. genera una complementariedad que permite el lento avance hacia la conformación de una familia si se desea.

El establecimiento de la relación posibilita descender los niveles de romanticismo (tanto verbales, paraverbales, etc.). No porque se está menos enamorado, sino porque varía cualitativamente, puesto que en dicho período romántico, los amantes están preocupados por ser correspondidos en el amor, por tanto, hacen cosas que cautiven al partenaire y son hábiles detectores de cuáles son los detalles que seducen al otro e intentan ponerlos en juego. Es una etapa en la que se trabaja para asegurar la relación, más allá de los efluvios químicos e instintivos que acompañan al proceso.

Ahora bien, el establecimiento de la relación no implica dejarse estar en la pareja, todo lo contrario. Una pareja es un trabajo relacional amoroso que debe desenvolverse toda la vida.

 

La cotidianeidad, la rutina, el trabajo, el ejercicio de la parentalidad, los crecimientos evolutivos dispares, entre otros, son atentados contra la estabilidad de la relación. Por lo tanto, el amor debe trabajarse para continuar creando nuevas definiciones de amor que devengan en nuevas acciones que generen un crecimiento no solo de la pareja sino del amor mismo.