El amor platónico: el deseo perpetuo por lo que nos falta

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 13 febrero, 2018
Alicia Escaño Hidalgo · 23 abril, 2017

Platón decía que solo amamos aquello que deseamos y solo deseamos aquello que nos falta. Parece que ya en la época del conocido filósofo, existía el sentimiento tan devastador que aun hoy en día perdura y cada vez se enraíza con más fuerza en cada uno de nosotros: la insatisfacción permanente con la vida, un deseo imposible.

Es como si siempre nos faltase algo. Da igual que a los ojos de los demás, nuestra vida pueda parecer envidiable o que no tengamos de qué ni por qué quejarnos. En nosotros existe un vacío que no sabemos ya como tapar.

En las relaciones de pareja es donde solemos encontrarnos con más frecuencia este sentimiento, ese amor platónico. Hay tantas personas que necesitan un amor a medida, idealizado, perfecto…

Esta visión nostálgica y romántica de las relaciones, ese amor al enamoramiento -que no a una persona concreta- es lo que les hace estar siempre insatisfechos. Así, su idea del amor no está basada en la realidad, sino en la fantasía de lo que podría ser o podría haber sido.

Hay veces, no muchas, que ese deseado amor platónico se hace realidad. Es entonces cuando la persona entra en un estado de exaltación en el que se siente embriagado y en el que cree haber tapado esa carencia que la hacía sufrir tanto.

El problema es que pasado un tiempo, empiezan a perder interés y vuelven a la misma dinámica platónica a la que están acostumbrados: desear algo inalcanzable y regodearse en su sufrimiento.

Niña en un barco rodeada de corazones

Amor platónico, deseo y placer

Existen multitud de personas que solo encuentran placer o agrado en el deseo. Parece que añorar, soñar, ilusionarse e idealizar es el motor que las hace vibrar. Sin embargo, cuando estas personas obtienen eso que soñaban, se aburren. Una vez que tenemos lo que supuestamente nos completaba, ya no hay cabida para el deseo y la proyección.

Lo que hemos conseguido no es más que algo real, imperfecto y parece que nunca cumple las expectativas del que anhelaba tenerlo.

¿Qué es lo que ocurre finalmente? La persona platónica abandona, escapa en busca de nuevo de esa dosis de carencia, de ese deseo que es lo que realmente le hace sentir vivo, aunque sufra, se trata de un sufrimiento con cierto matiz dulce y adictivo.

Piensa que debe existir algo mejor, algo que mantenga su ilusión día tras día como si fuese el primero y, si no es así, es que todavía no lo ha encontrado: su misión será seguir con la búsqueda para materializar ese amor platónico.

Pensamos en demasiadas ocasiones que la felicidad está en otra parte y que si pudiésemos acceder a ese lugar donde supuestamente nos está esperando, se acabaría toda nuestra insatisfacción.

Pero finalmente descubrimos que no es así, que realmente ya lo tenemos todo para poder sentirnos plenos y que si supiésemos modificar ciertos matices -que rara vez cuestan dinero- de nuestro día a día no tendríamos que buscar la felicidad en otra parte.

El problema es que hacer esos cambios la mayoría de las veces nos aterra, nos instala en la ansiedad y en la inseguridad y nos quedamos anclados en lo que podría haber sido.

Aprender a amar lo que no nos falta

Chica durmiendo sobre un corazón simbolizando amor platónico
El deseo por lo que todavía no hemos conseguido es siempre legítimo y en muchos casos no deja de constituir una motivación positiva. Pero cuando ese deseo se convierte en necesidad y en consecuencia, en un doloroso sufrimiento, entonces nos bloqueamos y nos sentimos vacíos, permanentemente descontentos y anhelantes.

Esta manera de vivir, paradójicamente, no nos permite vivir. No somos libres, sino esclavos de una idea que nos dice como debería ser nuestra vida.

Es preciso entonces aprender a amar lo que no nos falta, lo que está en nuestra vida: ya sea la pareja, el trabajo, los amigos, nuestra ciudad. Todo ello encierra multitud de aspectos positivos que muchas otras personas desearían, a su vez, tener.

Se trata de la visión particular de uno mismo, hay que limpiarse las gafas empañadas de rutina y desilusión y de cambiar voluntariamente aquellos aspectos que no encajan. Además, se trata de hacerlo con ilusión y, en la medida de lo posible, que la motivación sea el miedo.

Si somos capaces de apreciar y agradecer cada día lo que está en nuestra vida hoy, el sentimiento de “echar en falta” dejará de anclarnos en una ilusión permanente. Viviremos el presente, nos alegraremos de lo que nos sucede, aceptaremos las adversidades y extraeremos siempre una enseñanza o una parte positiva.

Abandonemos el amor platónico, los viajes mentales al futuro, así como la queja repetida y constante que hastía hasta al más estoico. Quédate donde estás, arriesga y cambia lo que no te guste de tu vida, pero no anheles la perfección ni un imposible que nunca llegará. Lo que tienes ya es lo perfecto, es lo que debe ser, ¿por qué no empiezas a aprovecharlo?